RW ¿Tienen doble los payasos?, es una pregunta lícita y tal vez no siempre una que convenga hacer. Hay una confusión desde el principio —que algunos quieren sea de principios— entre el clown y el payaso.
Para los niños de provincia (por lo menos de la provincia americana) el payaso es la risa; desconfían del clown, que a veces no se ríe, que incluso a veces está triste. El payaso es directo, como una cachetada; el clown espera se tenga eso que llaman conocimiento de la vida antes de entregar el rostro a la misma —u otra— cachetada.
Ambos, sin embargo, viven más que del grito estentóreo, de la sonrisa; o quizá del recuerdo del espectador —que alguna vez se soñó debajo del maquillaje y desnudo ante un espejo que es él mismo. El payaso es la libertad, sólo los libres pueden jugar al clown.
Que es lo que hace Zimmermann. Transmitir que pese a todo podemos ser libres (pero no de nosotros mismos). La libertad al fin y al cabo no es sino el nombre de la cadena que incita a pensar. Y a seguir. A terminar para volver a empezar. Sin que nada ate al exterior.
No hay muros ni espejos. Es —el clown, el payaso— una persona con su mirada adentro. Quizá la mayor diferencia entre ambos es que vemos a uno con otros, y al otro consigo mismo. Ninguno está siempre acompañado. Ninguno está siempre solo.
Oscar Zimmermann, quién sabe, descubrió su vocación en la desaparecida Escuela de Educaciòn Experimental Artística, en Santiago de Chile; puede haberla pulido en España, después, en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid; o acaso todo ocurrió después, en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica, en Santiago. O todo fue un largo proceso sin fin.
Porque trabajó el oficio, por ejemplo, con Eric de Bont, Antón Valen, Andrés del Bosque, Alain Veilleux, Tony Caluga, Joao da Silva, Vladimir Kriukov, Dario Levin y otros. Puede que un payaso, o un clown, nazca, pero forzosamente también se hace.
Y a veces quieren dejar de serlo.
Es la historia de este payaso. Una a media rral, a medias fantasiosa, a medias cierta, a medias mentirosa. Zimmermann habla 32 años de carrera escénica; de cansancio, del suicidio. No suyo, sólo del clown, el que hace reír y del que todos se ríen. Está cansado del rol, hastiado del oficio. Quiere ser él mismo, no el otro, a lo sumo un actor, pero no más el tonto ni el hazmerreír del barrio.
El que debe morir es Maletín, y públicamente en un escenario y delante de testigos: el público, como debe ser. Lo que ignora es que su otro yo se resistirá a morir.
En fin… Hay payaso para rato.
Ficha técnica
Idea Original: Oscar Zimmermann.
Dramaturgia: Carlos Genovese.
Dirección: Christian Ortega.
Elenco: Oscar Zimmermann, Isabel Orellana, Kristian Cáceres, Enzo Gnecco.
Escenografía: Belén Abarza.
Música: Andreas Bodenhofer.
Vestuario: Pablo de la Fuente.
Producción: Niza Solari – Rossana Soto.
Diseño gráfico: Eugenia Prado.
Fotografía: Álvaro Hoppe / Nelson Campos.
Sitio Web: Felipe Cabeza.
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