RW No se trata de los fuegos de San Telmo que temían los navegantes de antaño, aunque no son chispas, al menos, las que escasean en éste, uno de los barrios antiguos, tradicionales, y tanguero, comercial y bohemio —y quizá el más pequeño en extensión— de Buenos Aires.
Cada domingo millares de turistas —extranjeros, provincianos, de otras áreas de la ciudad— recorren por la calle Defensa, entre la avenida Independencia, la Plaza San Pedro Telmo y el Parque Lezama, por curiosidades y antigüedades a veces legítimas para llevarse un recuerdo de la Capital Federal argentina.
Para ellos San Telmo es eso: una feria de pulgas donde comprar un vidrio formado (aunque sea de manera apócrifa), un viejo disco de 78 rpm, restos de un juego de copas de dudoso cristal, revistas viejas y millares de chucherías que se expenden por necesidad o por mero negocio. En ocasiones todavía es posible encontrar una pieza valiosa no vista por la oleada anterior de paseantes.
Pero así como San Telmo con su viejo mercado de abasto barrial de fines del XIX convertido en otra cosa, no tiene que ver con con el patrono de los marinos, San Erasmo de Formia (Sanct’ Elmo), tampoco se reduce a la feria callejera dominical instalada en la plaza o a la melancolía o nostalgia que pueda despertar un automóvil de la primera mitad del siglo XX puesto en alguna vitrina.
El emplazamiento está dedicado a San Pedro González Telmo y forma un cuadrilátero entre el “el Bajo”, al este, el Paseo Colón que orilla casi el Río de la Plata y una suerte de meseta por el oeste, la calle Piedras; hacia el sur, la avenida Caseros y el montículo del Parque Lezama y caminando hacia el norte se llega fácil a la Avenida de Mayo y la Casa de Gobierno.
En torno de un templo jesuita en la segunda mitad del siglo XVIII fue poblándose; hacia mediados del XIX era un sector elegante, hasta que la fiebre amarilla, allá por 1870 hizo huir a sus moradores. En lo sucesivo sería habitado por inmigrantes. En la actualidad luce con abandonado orgullo el mote de República de San Telmo, que lo diferenció alguna vez entre los barrios del sur de Buenos Aires.
Ya no es San Telmo nido y foco de poetas, algún pìntor, muchos tangueros. Algunos bares de otra época sonríen al noctámbulo con algunas putas pobres con sonrisa buena (en otras áreas las putas son más caras); tango se escucha debidamente comercializado —pero de todos modos una expriencia— y es posible comer una pizza económica con un tintillo del mismo jaez; otros restoranes hay, con ínfulas y prosapia de buena cocina criolla o de reminiscencias italianas.
El empedradado es disparejo todavía en algunas calles y aunque la luna por allí no rueda como por Callao, sí brilla como en ninguna otra parte de la Ciudad Autónoma, especialmente después de lluvia nocturna. Sobreviven viejas casonas de pisos altos, edificios con ventanas art decó, conventillos remodelados.
Este cortometraje le fue dedicado en 1998, no mucho ha cambiado del rostro edilicio de San Telmo, y en más de un café, un bar, un boliche cualquiera un trago de ginebra quizá permita viajar por el tiempo sin tiempo de la urbe.
Son cien años de imágenes del barrio y material histórico del archivo de Roberto Di Chiara. Su duración es de segundos más de 32 minutos.
Cortesía de Roberto Di Chiara (www.robertodichiara.com).
El filme se encuentra aquí.
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