La tragedia española refleja los problemas inherentes al euro
Paul Krugman*

¿Qué pasó, pues? España es materia para una lección sobre los problemas que entraña una unión monetaria sin integración fiscal y laboral. Primero hubo un gigantesco auge en España, en buena medida espoleado por una burbuja inmobiliaria (y financiado por flujos de capital procedentes de Alemania). Ese auge trajo consigo la subida de los salarios. Luego estalló la burbuja, dejando al trabajo español sobreapreciado en relación a Alemania y Francia y disparando el desempleo. Provocando también enormes déficits presupuestarios, sobre todo a causa del colapso de los ingresos, pero también debido a los esfuerzos hechos para limitar el incremento del desempleo.
Si España dispusiera de moneda propia, sería la ocasión de devaluar; pero no es el caso.
Por otro lado, si España fuera como Florida, sus problemas serían harto menos graves. El déficit presupuestario no sería tan grande, porque los gastos de seguridad social vendrían a cubrirse desde Bruselas, como la Seguridad Social y Medicare vienen de Washington. Y habría una válvula de seguridad en materia de desempleo, porque muchos trabajadores emigrarían a regiones con mejores perspectivas. (Tampoco los salarios habrían subido tanto al comienzo: la inmigración lo habría evitado.)
El caso es que nada de eso tiene que ver con un gobierno manirroto; lo que pasa es que España refleja los problemas inherentes al euro, que ahora más que nunca aparece ante nuestros ojos como una unión monetaria llevada demasiado lejos.
* Premio Nobel de economía en 2008




Establecer contacto, quizá conocer, forjar relaciones de amistad o de servidumbre, aprender y enseñar, en fin, incluso mezclar linajes con extraños es sueño antiguo de nuestra especie que la ciencia ficción ha explotado en centenares de relatos y novelas en los últimos cien años. Ese contacto con el ajeno, el otro, el misterioso, ese maridaje e intercamnbio genético, empero, no será novedad cuando se produzca en las estrellas —si se produce, si es posible que se llegue a producir—. En cierta forma ya ocurrió.
El cine tiene su gramática, arquitectura, mitología; construye su historia a contrapelo de su vertiginosidad, y la escribe con su caligrafía peculiar. Probablemente las diferencias —algunos dirán antinomias— entre el gran cine épico y el filme intimista deban anotarse a cuenta de quién las ve. Como todo arte y obra del ingenio humano es único y florece en la diversidad.



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