Fragmentos del Nuevo Mundo
RW
Establecer contacto, quizá conocer, forjar relaciones de amistad o de servidumbre, aprender y enseñar, en fin, incluso mezclar linajes con extraños es sueño antiguo de nuestra especie que la ciencia ficción ha explotado en centenares de relatos y novelas en los últimos cien años. Ese contacto con el ajeno, el otro, el misterioso, ese maridaje e intercamnbio genético, empero, no será novedad cuando se produzca en las estrellas —si se produce, si es posible que se llegue a producir—. En cierta forma ya ocurrió.
Ningún científico en sus cabales en la actualidad se muestra proclive a asegurar que el animal humano está solo en el Universo. Parafraseando a Paracelso, el médico-alquimista del siglo XVI, podríamos decir que si creemos que Dios hizo los cielos y la Tierra, ¿por qué tememos creer que pudo haber Él también dado vida a ovejas que pastan en campos de fuego y a otros seres en mundos distantes?
En absoluto vinculado a doctrinas herméticas, Stephen Hawking señaló o que no es irrisorio pensar en otras civilizaciones, alienígenas, y que tal vez
la humanidad debiera tomar recaudos ante un eventual encuentro con esas criaturas; sospecha que sus intenciones pudieran no ser pacíficas.
Si visualizamos la historia de nuestra especie resulta imposible, tal vez muy arriesgado, no coincidir con el cosmólogo inglés. Desde la primera lección de historia en la escuela y hasta la lectura de las más recientes noticias aprendemos que no erraba San Francisco: homo homini lupus, el hombre es el lobo del hombre.
Las culturas antiguas siempre se las arreglaron maravillosamente para darle en la cabeza a los extraños —aunque los extraños vivieran al otro lado del río que separaba sus territorios—.
Y si, cándidos optimistas, queremos pensar que tal costumbre es propia de seres atrasados y que la ciencia, la educación, el desarrollo económico y la tecnología permite establecer relaciones de paz y justo comercio, recomendable sería informarse acerca de lo que ocurre en, por ejemplo, Afganistán o que parece irá a suceder con los descendientes de los antiguos persas.
El hecho es que ya ha habido sobre la Tierra contactos entre culturas sin nada en común y entre gentes en nada muy parecida.
El fragmento de la carta escrita por Américo Vespucio a Lorenzo de Médici a mediados del último año del siglo XV lo establece sin lugar a dudas.
Navegamos, dice el explorador, "24 días con viento fresco y sin ver tierra alguna, y al cabo de 24 días avistamos tierra, y encontramos haber navegado al pie de 1.300 leguas desde la ciudad de Cádiz, por el rumbo de lebeche".
La descripción del universo encontrado tras desembarcar con 16 hombres en ese suelo es, ante un paisaje no hostil, la misma que podría hacer un astronauta: "fuimos a tierra, y la encontramos tan llena de árboles, que era cosa maravillosa no sólo su tamaño, sino su verdor, que nunca pierden las hojas; y por el olor suave que salía de ellos, que son todos aromáticos, daban tanto deleite al olfato, que nos producía gran placer".
Ciertamente, además, parecen alienígenas los pobladores de tanta isla y playa como las que visitaron. En una aldea, de no más de 12 casas, hicieron buenas migas con mujeres bien formadas y tan bellas como altas, que los trataron con mansa
curiosidad u de buen talante. Tanto que de inmediato los civilizados europeops quisieron raptar a dos de ellas para obsequio del rey.
No lo hicieron porque se integraron al encuentro los varones del poblado, altos también, y fuertes...
En fin, no es el documento completo, pero —y no por su antigüedad precisamente— digno de leer en estos tiempo en que tanto se habla de guerra de civilizaciones, choques por motivos religiosos y tecnologías dominantes. Vistas las diversas relaciones de los viajes a las Indias occidentales que constituyen los primeros "encuentros del tercer y cuarto tipo" con culturas desconocidas pueden, quizá, hacernos entender cuánto falta todavía por caminar.




Por esta época, hace dos siglos, la mayor parte de la geografía americana se sacudía por un terremoto ajeno a sus volcanes, por una tormenta que no conmovió sus mares ni campos; eran los habitantes —o parte de ellos— quienes conspiraban en sus casonas, repasaban, los que sabían de eso, conocimientos de estrategia militar. Eran los vagidos de la independencia. Hoy es el tiempo de la reflexión.
Muy pocos imaginan siquiera lo difícil que es en Estados Unidos nadar contra la corriente, enfrentar lo que se denomina "valores establecidos" propios de las capas dominantes de esa sociedad, que se derraman como una extraña y fatal ambrosía permeando, maniatando, sumergiendo en el dormir a todos los sectores sociales del país e incluso haciendo que otros, más allá de las fronteras nacionales, sueñen con el sueño americano. Sueño del que a veces algunos despiertan en prisión y otros perdidos en el desierto —o baleados.



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