Sep 10 2007
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Cultura

ADDIO A LUCIANO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

√ďpera es una palabra italiana que significa obra. Ya llamaban as√≠ los italianos a las obras que se presentaban en el siglo XV. La historia es larga, con momentos puntuales, como el que marc√≥ Monteverdi en el siglo XVII, no s√© si en su Cremona natal. Rossini, Bellini, Donizetti, Verdi, nombres que hacen de esta √≥pera algo italiano, sin desconocer, claro est√°, la irrupci√≥n de Haydn y Mozart y lo que podr√≠amos llamar el wagnerismo, sin olvidar que fue Francia el segundo pa√≠s en popularizar el g√©nero.

El √ļnico lugar de Europa donde he escuchado √≥pera ha sido en Italia; no he tenido la suerte de ir a otros lugares con ese prop√≥sito. Recuerdos fabulosos y otros tristes. Una √≥pera en verano en las Termas de Caracalla en el coraz√≥n de Roma; un Donizetti en ese templo que es el Teatro San Carlos de N√°poles, un Verdi perdido en el Teatro de la √ďpera de Roma por el simple detalle de no conseguir donde estacionar el auto; una A√≠da con mi hijo mayor para entonces de siete a√Īos por lo que todos me condenaron por llevar pues opinaban que se quedar√≠a dormido cuando el resultado fue un ni√Īo con los ojos abiertos al m√°ximo y expectante durante todo el bel canto; un retardo de avi√≥n que impidi√≥ un acceso a La Scala de Milano, un inolvidable concierto de Carrera en la Festa dell¬īUnit√° del Partido Comunista, siendo este al √ļnico de los tres grandes tenores que logr√© escuchar en persona.

Admiración por los tres grandes tenores que tuvieron el tupé de llevar la ópera a las grandes masas, en una operación condenada por los puristas quienes pensaban que sacarla de los grandes escenarios era una especie de sacrilegio y alabada por quienes pensaron que ponerla al alcance de todos era una maravilla.

Creo haber visto en televisi√≥n casi todos los conciertos que dieron. Pl√°cido Domingo y Carrera eran muy diferentes. Carrera parec√≠a que no llegaba, pero lo hac√≠a. A√ļn as√≠, me permit√≠a hablar de Pavarotti simplemente como Luciano. Durante un tiempo me lo tom√© tan en serio que Luciano era parte de la cotidianeidad. Insist√≠a en que quer√≠a o√≠rlo en La Scala cantando Otelo, hasta que un pacienzudo amigo explic√≥ a este ignorante que eso era imposible, que Pavarotti no estaba hecho para ese papel, que me conformara con ver esa terrible √ďpera de celos y venganzas con Pl√°cido Domingo y, servicial y con buenos deseos, se puso a buscar fechas y escenarios.

Es curioso que siendo yo el √ļnico larense absolutamente ¬ęsordo¬Ľ ‚Äďcomo nos llaman all√≠ a quienes no sabemos distinguir una nota de otra‚Äď siempre me haya sentido a gusto en la √≥pera. Jam√°s debe admitirse (y todav√≠a me irrita cuando lo oigo) que la √≥pera es una pieza de museo. C√≥mo puede serlo una pieza musical que revive conforme al director, que toma nuevos √≠mpetus con la escenograf√≠a, que vuelve a nacer por la voz de un tenor, de un bar√≠tono, de una mezzosoprano. Si bien soy absolutamente ¬ęsordo¬Ľ si oigo un aria cantada por Mar√≠a Callas s√© de quien se trata; su voz era √ļnica, inconfundible. Al igual que la del gran Luciano.

Como tuve la suerte de vivir en N√°poles ‚Äďy de hacerme fan√°tico de las canciones napolitanas‚Äď cuando Luciano las cantaba me parec√≠a que estaba rugiendo el Vesubio. Jam√°s escuch√© una versi√≥n de O Sole Mio como la de Pavarotti. En la √©poca de Caruso tambi√©n hab√≠a tres gran tenores, pero en mi desmemoria no puedo recordar los nombres de los otros dos.

A pesar de la escasa t√©cnica de sonido de la √©poca de Caruso uno puede admirarlo, inclusive en algunas filmaciones. Era simplemente un monstruo. Era histri√≥nico, porque un cantante de √≥pera es tambi√©n un actor. Pavarotti lo era menos. Las comparaciones van a venir, siempre odiosas, y comenzar√°n los cr√≠ticos a preguntarse sobre la grandeza de tantos y tantos espectaculares tenores. Creo que es tan in√ļtil como comparar los grandes de la literatura en procura de estatura y trascendencia.

Al que escuchamos, al que vimos, al que vivimos, fue a este grande hombre llamado Luciano Pavarotti, uno que marc√≥ el tiempo de la indispensable m√ļsica, uno que estuvo en la Catedral de Modena, de frac y de pa√Īuelo en la mano, esperando el momento de ser enterrado para encontrar la inmortalidad. Uno que recordaremos mientras vivamos, hasta un necio escritor de esta provincia llamada Venezuela, uno empe√Īado en imposibles como el de despertar de una conciencia nacional guiada por una inteligencia rediviva, uno que no distingue una nota musical de otra, uno que s√≥lo puede escuchar a los grandes maestros imaginando una pareja que danza para sustituir visualmente su absoluta incultura en la m√ļsica.

A√ļn as√≠ ‚Äďcon un libreto en la mano, ya que aunque hayamos visto una √≥pera varias veces nunca nos recordamos la trama‚Äď hemos seguido, simplemente moviendo los labios, la maravillosa voz de Andrea Bocelli para cantarle Panis Angelicus a unos de los escasos hombres que logr√≥ emocionarnos en estos tiempos oscuros.

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* Escritor.

tlopezmelendez@cantv.net.

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