Jul 17 2008
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Política

AL-EEUU: Escopeta no es sonajero

José Luís Fiori*

La reactivación de la IV Flota Naval de Estados Unidos, en la zona del Atlántico Sur, provocará un cambio radical y permanente, en las relaciones militares de EE UU, con América Latina. Fue por esto que sorprendieron tanto, las primeras explicaciones estadounidenses, respecto a la reactivación de su Flota – creada en 1943, y desmantelada en 1950 – que habría sido una simple decisión “administrativa”, tomada con objetivos “pacíficos, humanitarios y ecológicos”.

La mentira no es un pecado grave en el campo de las relaciones internacionales. Por el contrario, mentir o decir medias-verdades, con competencia, fue siempre un arte y una virtud esencial de la diplomacia entre las naciones. Por lo tanto, no fue esto lo que llamó atención, en la declaración de las autoridades estadounidenses, fue su falta de respeto por la inteligencia de los interlocutores, y su menosprecio respecto a la impotencia de los gobiernos afectados por su decisión. Incluso si hablase también de la necesidad de “combatir la piratería, el tráfico de drogas, de personas y de armas”, sin explicar, a la vez, porque que la IV Flota no fue reactivada durante la Guerra Fría, o incluso, después de la Revolución Cubana y de la Crisis de los Cohetes, de 1962, cuando el “flujo ilegal de armas y personas”, y el “tráfico de drogas” era igual o mayor que ahora.
 
Por esto, tuvieron gran repercusión las declaraciones “correctivas”, de las autoridades navales de EE UU, efectuadas en la Base Naval Mayport, en Florida, el 11 de julio de 2008. En particular, el discurso inaugural del almirante Gary Roughead, jefe de Operaciones Navales de la Marina Americana, quien redefinió el objetivo principal de la nueva Flota, destinada a “proteger los mares de la región, de aquellos que amenazan el libre flujo del comercio internacional”, a la vez que advertía, a los incrédulos, que “nadie debe engañarse: porque esta flota estará lista para cualquier operación, a cualquier hora y dondequiera, en un máximo de 24 a 48 horas”.
 
Con respecto a la protección del comercio marítimo, todos los expertos saben que sólo tiene capacidad de proteger el “libre flujo del comercio mundial”, aquel que también tiene la capacidad de interrumpirlo. Es decir, quien tiene poder para proteger, también tiene el poder de excluir competidores, si fuere el caso, cuando se provoca la competición entre los estados y los capitales privados, como está aconteciendo, al iniciarse el siglo XXI. Después de casi una década de crecimiento continuo y acelerado, la economía mundial enfrenta en este momento, una disparada de los precios, de la especulación y de la escasez de algunas productos fundamentales, como es el caso del petróleo, de los alimentos y de los minerales estratégicos.
 
Y en este momento, ya está en curso una nueva “carrera imperialista”, entre las grandes potencias, que luchan por su seguridad energética y alimentaria, exactamente como aconteció al final del siglo XIX e inicios del siglo XX. Una competición que ya llegó a África, y deberá alcanzar América Latina, de forma todavía más intensa, gracias a sus recursos energéticos, a sus grandes reservas minerales e hídricas, y a su inmensa capacidad de producción alimentaria, muy superior a la de África.
 
En particular, en el caso de Brasil, que deberá ser – pronto – el mayor exportador mundial de alimentos, y uno de los grandes exportadores de petróleo, además de ser el principal “propietario” de las aguas y de la biodiversidad amazónica. Existiendo un agravante, en el caso brasileño, desde el punto de vista de las autoridades norteamericanas: el hecho de ser el país que está liderando los procesos de creación de la Unión de Naciones del Sur (UNASUR) y el Consejo Suramericano de Defensa, organizaciones que excluyen a los EE UU y vacían el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, y la Junta Interamericana de Defensa, que son controlados por los norteamericanos.
 
Esta historia, sin embargo, trae una lección importante para el futuro de América Latina, y de Brasil en particular. Hace un siglo, más o menos, el almirante y geopolítico Alfred Mahan, se destacó por su defensa militante de la idea de que los EE UU jamás sería una “gran potencia”, apoyándose únicamente en su desarrollo económico. Para tener estatuto internacional, requeriría de una escuadra naval capaz de proyectar el poder americano alrededor del mundo, como había hecho Inglaterra, en el siglo XIX [1].
 
El almirante Mahan ejerció gran influencia personal, sobre el presidente Theodore Roosevelt, a comienzos del siglo XX, y después se transformó en el mayor símbolo del poder naval americano, de todos los tiempos.
 
Con razón, porque menos de medio siglo después de su muerte, EE UU ya era el mayor poder naval de la historia de la humanidad, controlando todos los mares y océanos del mundo, con sus siete Flotas Navales. En este momento, Estados Unidos acaba de reactivar su IV Flota, pero podrá crear muchas otras, si quisiera, sin atentar contra el Derecho Internacional, sin necesidad de utilizar las aguas soberanas de otros estados, y sin necesidad de dar explicaciones a nadie. Obedeciendo sólo a sus cálculos estratégicos y a su poder de construir y distribuir barcos militares alrededor del mundo, como había propuesto Alfred Mahan.
 
Según el sociólogo alemán Norbert Elias, la dura verdad es que, “si algún Estado fuese más fuerte o se creyere más fuerte que sus vecinos, siempre habrá la posibilidad de que intente obtener ventajas, lo que puede ocurrir de diversas formas, hostilizándolos, haciendo exigencias o invadiéndolos y anexionándolos [..] y sólo existe una posibilidad de que un Estado con mayor poder de ejercer la violencia sea impedido de explotar al máximo su porción de poder relativo: él sólo puede ser reprimido por otro Estado equivalentemente fuerte o por un grupo de estados que consigan controlar las rivalidades entre sí en grado suficiente para favorecer su potencial combinado de poder”[2]
 
 
[1] Mahan, A.T. (1890/1987), The Influence os Sea Power Upon History 1660-1783, Dover Pubçlications, Inc, New York,
 
[2] Elias, N.,(1990), Envolvimento e Alienação, Bertrand Brasil, Rio de Janeiro, p: 213 e 214
 
* Profesor Titular de Economía Política Internacional del Instituto de Economía de la Universidad Federal de Río de Janeiro

 

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