Jun 22 2010
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Despacito por las piedras

“Altiplano”, una buena lectura en el año nuevo aymara

En medio de tanta discusión sin base empírica, el libro “Altiplano” –editado por la antropóloga Denise Y. Arnold y publicado por la fundación Unir en 2009- es un poco de aire fresco para comprender esta zona de Bolivia que hoy conforma el núcleo hegemónico del proceso de cambio. No por nada, el año nuevo aymara es feriado nacional, aunque ahora se diga que la celebración es andino-amazónica. Con un campo intelectual marcado por las demandas de las ONGs, que tiñen con su propia agenda lo que está o no está en discusión, es celebrable que de una ONG haya salido un libro como éste, que realmente aporta elementos para avanzar en una "discusión densa" sobre las identidades en el Altiplano, lo que se vincula directamente con qué es ser indígena en el siglo XXI y los potenciales comunitarios efectivos.
El libro es de 2009, pero quizás por mi distracción lo descubrí hace algunas semanas. Lástima que las ediciones sean de sólo 500 ejemplares; por algo el debate está tan flojo y lleno de clichés (si no vean, por ejemplo, el artículo “¿Qué es la democracia? El ejemplo de Bolivia”, de Antonio Eguino, en Rebelión [20-6-2010] que no se sabe si es un texto de autoayuda o un discurso político). Rossana Barragán, Alisson Speding, Juan de Dios Yapita, Pamela Calla, David Llanos, Carmen Beatriz Loza y Carmen Soliz aportan sus trabajos para pensar las identidades del Altiplano desde diversas territorialidades (que incluyen los Yungas) y perspectivas (indígenas rurales, indígenas urbanos, etc.). El debate sobre la indianidad urbana que plantea R. Barragán y C. Soliz es particularmente interesante tanto como imprescindible: ahí se deja en evidencia cómo se sigue pensando en indígenas=campesinos pese a que la mayor parte de la población boliviana (incluyendo a los indígenas) ya son urbanos. (Al final, el 52 tuvo su victoria con su campesinización de los indios). Por ello, a falta de mejores argumentos muchos optan por pensar espacios socioantropológicamente densos y complejos, como El Alto, como simples ayllus urbanos.
En una entrevista que le hicimos Félix Patzi (de próxima publicación en el libro "Balance y Perspectivas. Intelectuales en el gobierno de Evo Morales", Le Monde Diplomatique/Fundación Ebert) él explica, por ejemplo, que “hay carpinteros que trabajan en comunidad, en unidad nuclear, familiar y ejercen de manera directa el trabajo”, sin explotar a nadie. Eso puede ser verdad, pero lo que resulta más difícil de explicar –en el traslado de la lógica comunal a la economía nacional, en una suerte de recuperación del populismo ruso del siglo XIX– es cómo fabricar autos o gestionar el Boa o YPFB desde esta perspectiva. Es cierto que usar celulares o Internet, aprovecharse de la ciencia o la tecnología, no transforma en “moderno”, per se, a quien lo hace, pero el problema es pensar cómo el sistema comunal puede producir ese “entorno” demandado por los comunarios (ya que hay consenso en que nadie quiere vivir sin esos bienes y servicios "modernos"). En caso contrario, deberemos concluir que el sistema comunal “necesita” del capitalismo para abastecerse de esas mercancías que el sistema de producción directa “sin explotación” es incapaz de producir. (Ya al socialismo real le ocurrió lo mismo con ciertas tecnologías de última generación, pese a su ideología modernizadora).
Varias de estas discusiones derivan hacia el tipo de modernidad a la que aspiran las poblaciones indígenas y al debate –aun explorado de forma incompleta, al menos en los espacios no académicos- acerca de si existe o no una “modernidad indígena” y en qué consiste. En fin, a discutir, en serio, las posibilidades de trascender al capitalismo si es que ese es el objetivo.
Pablo Stefanoni, Página 7, La Paz

 

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