Jul 27 2006
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Opinión

América: – ALGUNOS ASUNTOS NUNCA SON JURÍDICOS

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

No hay nada que temer, dijo el capitán del Titanic. Conviene recordarlo: Edward Smith tenía 26 años de carrera impecable cuando la White Star le confió el mando del malhadado buque construido a prueba de naufragio. Hoy, si algo se recuerda de la tragedia –porque fue una tragedia, no un drama– son imágenes de una película estúpida en la que un muchacho con aspecto de violador de gallinas enamora a una chica mofletuda e indecisa antes de hundirse en las aguas del Atlántico.

Con la misma soberbia del marino, pero quizá con mayor ignorancia, los probos magistrados de la Corte Internacional de La Haya levantaron sus cansados ojos de los expedientes y sentenciaron –con una disidencia– que sí, ¿por qué no?, que las plantas de celulosa española y finlandesa a orillas del río Uruguay serán perfectamente inofensivas. Papel. Los expedientes, informes, escritos y fallo se escribieron sobre papel.

Algún día no lejano esos ministros, o sus hijos, nunca se sabe, comprarán un regalo para sus nietos, sobrinos o amantes y lo llevarán o harán enviar a esos nietos, sobrinos o amantes, dentro de una preciosa caja de cartón envuelta en un delicado pliego de papel cuya historia se remontará hasta un río muerto y una tierra estéril. Probablemente ninguno de ellos –ministros, parientes o amantes– viajen nunca hasta las costas de los grandes ríos-madre de América.

fotoPlantas de celulosa; gigantescos complejos metal-mecánicos; crianza de peces; emprendimientos mineros que arquitecturan paisajes como los de la Luna; ciudades inhóspitas cuyas torres exigen más y más combustible para producir la energía que mueva sus ascensores, proporcione agua a sus habitantes, retire sus deshechos, las ilumine, calefaccione en invierno y refresque en verano, etc…; represas que matan la agricultura y la ganadería y terminan de liquidar los bosques que no alcanzaron a convertirse en chips o incendio, marcan desde la segunda mitad del siglo XX el lugar donde estuvo el futuro del “continente del futuro”.

Tal vez por aquello del choque de las civilizaciones, petróleo mediante, los herederos de las “grandes tradiciones europeas” (léase más o menos inglesas) han invadido y destruido sin vuelta por ahora dos países; por eso de ser un “pueblo elegido” (de un dios que expulsa y se deleita en la venganza) los muy mestizados nietos de Israel las emprenden contra sus primos árabes, nietos ellos, a su vez, de la dulce muchacha que consoló al anciano por estar convertido en un higo seco el vientre de su esposa; por eso del “peso de la cultura” la Europa a la que miran las islas hacia el occidente del Canal de la Mancha calla …y aprovecha a saldar antiguas cuentas; y por eso de que uno nunca sabe qué harán esos bárbaros peludos los países del lejano –desde Europa– oriente ponen la mano sobre la falquitrera y fabrican más porquerías.

En este revoltijo asombroso de cruzas étnicas, olvidos políticos, imbecilidad económica, avaricia, amasijo de sangres y vísceras, ahistoricismo, dormían –¿duermen aún?– los pueblos de América.

En plena marcha –interrumpido por los “acontecimientos”, que otros ígnaros llaman eventos, que se suceden allende la costa libanesa y en la frontera suroeste de Asia–, en plena marcha, decimos, el intento final de “sanear” África y terminar con esos negros salvajes que hace tiempo dejaron de ser cuerpos fijados en postales y osan exigir un sitio en la reducida mesa del banquete del capitalismo mundializado, sangre, sudor y lágrimas América despierta.

Cansados de matar elefantes, leones, tigres, cocodrilos, yacarés, pumas, lobos de mar y de tierra, focas, merluzas, tiburones, atunes, albacoras y ballenas; fatigados de arrasar bosques y robar indias –los indios se pasan a cuchillo–; exhaustos de levantar imperios y mini-imperios que dejan cadáveres insepultos al pie de las ruinas; agobiados por el trabajo de haber enseñado a cultivar y distrbuir, pero sobre todo por vender y consumir opio, heroína, morfina y otras delicatessen, olvidados de la redondez de la Tierra los poderosos imitan a la corte francesa del XVIII: bailan minué del borde del abismo.

La criatura humana es experta en mestizajes y asesinatos. América es el último exponente civilizatorio porque es producto de una civilización levantada sobre el pillaje, la muerte y el estupro. Toda América –sin eufemismos del norte o del sur– se pare como resultado de cópulas entre individuos de linaje dudoso.

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La hermosa mohabita aquí yace –llena de gracia– con el polaco o el húngaro cuyo marcial abuelo bien pudo quemar la propiedad del abuelo suyo; el espigado descendiente de campesinos de Baviera aquí desnuda con delicadeza a la mujer de ojos negros y cabello renegrido cuyos ascendientes llegaron de España para que alguna abuela o algún abuelo apagaran con sus espasmos las estrellas en el mismo lecho con un hijo o hija de estas tierras; aquí, a lo largo y alto de América, frente a los mares de América, los suecos marinos o sembradores de papas cohabitaron con artesanos de cuna italiana; aquí los vascos despistados casaron con gallegos; los capitanes de Castilla con hijas de comerciantes franceses; las mujeres guaraníes –hemosas– fueron tomadas por portugueses; alguna británica o belga enamoróse de un quechua; alguna irlandesa fue tomada por un jinete de las praderas; aquí el islamita encontró estrellas que Mahoma nunca pudo ver y los chinos lucharon guerras en paisajes remotos entre pueblos que desconocían.

Y todo ello por la música de la palabra incomprendida o por el estruendo de la pólvora que se teme.

Acaso esta América, antes de resbalar por el abismo, encuentre el modo de volver a calentar el atanor de la matriz humana, tan única y tan diferente en sí misma. Pero no será fácil. Es decir: será imposible mientras sus mandatarios sigan convencidos de que son pequeños sátrapas, contadores trasmutados en estadistas, abogados convertidos en el fiel de balanzas ajenas, gerentes por cuenta ajena; y sus generales y tenientes saluden con ahinco y dedicación obsecuente a quienes les enseñaron –y enseñan– que la democracia porque viene de afuera con sangre entra, y mientras más sangre mejor; y sus sacerdotes pretendan que adoremos a un dios oscuro y terrible nacido en tierras pequeñas de pueblos desaparecidos.

No será posible sobrevivir si no se detiene el sangriento genocidio de 500 años; la muerte en las calles de El Salvador, Guatemala, Ciudad Juárez, Río de Janeiro, Caracas, Wáshington; los disparos en la selva y montañas de Colombia; los asesinatos en la campiña paraguaya. No será posible si destruyen la tierra mapuche, la pampa helada de la Patagonia, los fiordos del sur del Pacífico, la tundra de Alaska, los bosques –de Oregón al Aysen–, la Amazonia.

Será imposible el mero hecho de la vida –¿azar, voluntad divina, ley velada de las cosas?– si América –nosotros: los americanos– no nos comprendemos y contenemos en lo que somos, porque lo que seamos –recién llegados, originarios “puros” o mestizos– es América: la tierra donde el sol nace y se pone y vuelve a nacer, la tierra que ilumina desde y hacia el infinito la Cruz del Sur y las Nebulosas de Magallanes.

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Tal vez sea eso lo que aprecian los pueblos

–esa gente que vive en casillas y no come tres comidas al día sino tres a la semana, la que vende camarones, tortillas, manzanas, mangos, flores a orillas de los caminos, la que trabaja en la construcción hasta que muere en un accidente que pudo haber sido evitado, la que labra tierra ajena o recoge frutos ajenos, la que sale de pesca y regresa con las manos vacías, la que se enferma en los minerales, la que recoge cartón en las calles–,

esas gentes de aquí y de allá, como una semilla que tardó tanto en germinar. Porque más allá de los nombres hoy usuales: Sandino, Perón, Fidel, Allende, Chávez (César) el subcomandante, Chávez (el venezolano), Morales, en fin, son muchos más los que y vivieron –y viven– entre montes, llanuras y la mar.

Desde los huracanes, las lluvias, la sequía, los árboles y las matanzas, desde “no invocar tu nombre en vano”, asoma no importa si con yerros esa enorme revolución que significa mirar vertical dentro de nosotros mismos para recoger las piezas y finalmente armar el mosaico americano, fabricar los peldaños para llegar a casa.

fotoCada mañana cuando despierto me pregunto si debiera escribir o si sería preferible dinamitar una represa escribió Derrick Jensen (aquí, en esta misma revista) y cabe preguntarse cuánto hay de símbolo en esas palabras. La épica no son los poemas lleno de retórica y furia que recuerdan y cantan glorias añejas de capitanes muertos; la épica es la memoria activa de los pueblos que en ella encuentran la certeza esperanzada de que habrá un lugar para sus hijos y los hijos de sus hijos.

Y nada mueve más que la esperanza.

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