Abr 22 2005
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Ambiente

Aprender del vuelo de las águilas

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Observemos cómo vuelan las águilas. Vuelan de una manera que les es propia. Usan su fuerza solamente para iniciar el vuelo. Baten sus alas y se esfuerzan hasta ganar cierta altura.

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Una vez alcanzada, aprovechan la fuerza de los vientos y se dejan llevar por ellos. Poseen un instinto muy fino para captar corrientes de aire, y saben aprovecharlas.

Si sólo hay brisa leve, planean suavemente. Si irrumpen vientos fuertes, usan la fuerza de esos vientos para volar bien alto y desplazarse a gran velocidad, inclinando a la izquierda y a la derecha sus enormes alas, que pueden llegar a tener más de dos metros de envergadura.

Bien diferentes son las gallinas. Cuando están nerviosas o se echan a correr, agitan mucho las alas, con gran alboroto, pero apenas vuelan unos metros.

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Apliquemos la sabiduría de las águilas a nuestros comportamientos. Nosotros no sabemos entrar en sintonía con la naturaleza. Para empezar, rompemos con ella con nuestro afán de dominarla con violencia y ponerla a nuestro servicio. No nos armonizamos con sus ritmos; al contrario, es ella quien tiene que seguir los ritmos que le imponemos.

Este paradigma está en la base de nuestra civilización hoy globalizada. Nos ha traído incontables beneficios, pero nos ha exilado de la Tierra y nos ha hecho enemigos de la naturaleza. Este proyecto de dominación, por otro lado sin límites internos, puede volverse altamente peligroso. Ha destrozado la infraestructura de la vida al punto de poner en peligro el futuro de la biosfera y de la especie humana.

Por eso, más y más personas buscan hoy una nueva alianza con la naturaleza. Así nació la agroecología, que implica producir interactuando respetuosamente con ella. Un crecimiento económico a lo “agronegocio”, que mata y tala es ilusorio.

Hay que conocer los ritmos de la selva amazónica y utilizar tecnologías adecuadas a esos ritmos. Sólo así se conserva la naturaleza y se colabora con ella para que continúe dándonos sus buenos frutos. Dicho de otro modo: es necesario moderar la lógica de nuestra voluntad y combinarla con la lógica objetiva de la naturaleza, tal como hace el águila en su vuelo.

Nuestro comportamiento es constructivo cuando nace del equilibrio entre nuestro deseo y el deseo inscrito en la naturaleza.

Sabia es la persona que capta las dos lógicas, la de las cosas y la del yo, se armoniza con ellas y las hace converger. Inmadura es la persona y es inconsiderado su comportamiento cuando sólo escucha el propio yo y no deja de decir: «yo sé, yo quiero, yo decido, yo hago», sin escuchar la voz de la naturaleza, como si ésta no existiese.

La tradición del Tao enseña que la persona únicamente se siente plena y realizada cuando su obra imita el vuelo de las águilas: trabaja junto con la naturaleza y jamás contra ella. De lo contrario, siempre queda un poso de vacío y un sabor amargo de falta de plenitud.

Necesitamos desinflar el yo y enraizarlo en la naturaleza. Nuestro yo y la naturaleza forman un todo dinámico siempre en busca de un difícil equilibrio. Ambos, cada cual con su singularidad, deben actuar permanentemente juntos como garantía de una vida equilibrada y discretamente feliz.

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* Teólogo brasileño, uno de los representantes de la Teología de la Liberación latinoamericana. En: www.enredando.org.ar, un proyecto de la Asociación Civil Nodo Tau de la Ciudad de Rosario, Argentina.

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