Mar 17 2011
365 lecturas

Política

Arabia Saudita interviene militarmente en Bahrein

Alfredo Jalife-Rahme*

El extático aroma de la revolución del jazmín del paradigma tunecino arrecia en Yemen, se renueva en Líbano, penetra el reino hashemita de Jordania, despierta intensamente en Irak, amaga con difundirse a Siria y alcanza hasta Azerbaiyán, en el incandescente transcáucaso (la frontera hipersensible de Rusia).

 

¿Puede ser detenida la fragancia envolvente de la revolución del jazmín que ha penetrado los cuatro rincones del mundo árabe y aguarda propagarse a todos los confines del planeta mediante la gran revolución del desempleo de jóvenes y mujeres del siglo 21? La extática revolución del jazmín lleva dos triunfos: uno apoteósico en Egipto y otro simbólico en Túnez, la cuna de la revuelta árabe de inicios del siglo 21.

 

No todo es fragancia en el despliegue de la revolución del jazmín cuando Libia, mediante una vigorosa contraofensiva, ha sitiado sus efluvios en las afueras de Bengasi, cuyos rebeldes contestatarios fueron enviados ingenuamente al matadero por la perfidia de la OTAN.

 

El sector duro de Arabia Saudita –que no comulga con las ideas reformistas del príncipe Al-Waleed Bin Talal expuestas en The New York Times (ver Bajo la Lupa, 13/3/11)–, a la cabeza de un contingente de las seis petromonarquías del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) –con la tácita bendición de Estados Unidos, que expele toda su hipocresía democrática a la luz del día–, interviene en Bahrein con el fin de detener sus emanaciones libertarias.

En vísperas de la trascendental sucesión monárquica en Arabia Saudita, que afectará la correlación de fuerzas tanto en el superestratégico golfo Pérsico como en los mundos árabe e islámico, su sector intransigente optó por cruzar riesgosamente el Rubicón para intentar detener la revuelta de Bahrein, sede de la quinta flota de Estados Unidos y uno de los principales centros financieros de Medio Oriente.

El Rubicón lo constituye el puente Rey Fahd, de 24 kilómetros, que vincula la región oriental chiíta del reino wahabita (entre 15 y 30 por ciento de la población mayoritariamente sunita, según quien realice el conteo) –la principal producción y reserva de petróleo del mundo–, a la isla de Bahrein (750 kilómetros, un poco mayor a Cozumel), que cuenta con una población chiíta mayoritaria (75 por ciento), gobernada por una minoría dinástica de sunitas desde hace más de 200 años.

La intervención de Arabia Saudita, a solicitud del monarca de Bahrein, donde se ha decretado una emergencia de tres meses, ha sido condenada como invasión por Irán y de ocupación foránea por el principal partido opositor Wafaq (chiíta) de la isla, mientras Jay Carney, simpático portavoz de Obama, se desvive en demostrar bizantinamente que el despliegue militar no es una invasión (Reuters, 14/3/11).

¿Qué será entonces?

El problema de Estados Unidos, carente de una política consistentemente comprensiva y congruente, es que ya se quedó sin discurso con dos retóricas diametralmente opuestas en Libia y Bahrein ante el mismo aroma del jazmín que desea convertir de forma perversa en mefitismo, de acuerdo con sus egoístas intereses unilaterales que colisionan con la evolución democrática de los pueblos árabes, a los que había confinado a la catatonia durante medio siglo para controlar las principales reservas de hidrocarburos del planeta.

No parece que Irán acuda, by the time being, a la defensa militar de sus correligionarios chiítas en Bahrein, quienes aún no han podido ser sometidos por los tanques sunitas del CCG, cuyos efectivos ascienden a 3 mil 500 (más de tres veces lo publicitado), según Debka (15/3/11), presunto portavoz del vilipendiado Mossad.

 

Dos días antes de la intervención del CCG, fraguada en medio del desvío de la atención mundial debido al postsunami en Japón, nada menos que Bob Gates, secretario saliente del Pentágono, había visitado la superestratégica isla.

 

El portal propagandístico texano-israelí Stratfor (14/3/11) se ha consagrado a amarrar navajas entre sunitas y chiítas y, más que nada, a abultar el espantapájaros de la amenaza iraní a lo largo y ancho del golfo Pérsico y la península arábiga: los países del CCG han resuelto, con el apuntalamiento de Estados Unidos, confrontar a Irán en Bahrein.

Stratfor, una oda a la desinformación global, asevera que la respuesta de Irán se escenificará en Qatif, oasis costero chiíta en la provincia oriental de Arabia Saudita, muy cerca de Ras Tanura, donde se producen 5 millones de barriles al día (la mayor del mundo).

Ha quedado claro que los megaespeculadores de Wall Street y la City buscan un precio mínimo de 200 dólares el barril, de aquí al verano, y cuyo designio pasaría por el incendio de la ciudad chiíta de Qatif en Arabia Saudita, lo cual detecta impecablemente un editorial de The Financial Times (14/3/11): las tropas sauditas en Bahrein representan una escalada que empuja al movimiento masivo de reformas en los brazos de los revolucionarios. Es también un error de juicio y un fracaso de los nervios que podrían sentenciar al Golfo a un conflicto interminable, independientemente del resultado en Bahrein en el corto plazo.

El editorial británico –portavoz de la globalización neoliberal– considera mera sofistería política la propuesta del CCG de adoptar una zona de exclusión para intervenir (sic) en la guerra civil en Libia cuando la política occidental se ha vuelto cínica e incompetente. A su juicio, la intervención saudita levanta la puja y garantiza la radicalización de los reformistas, además de invitar a Irán y a sus aliados (v.gr Hezbolá) a inmiscuirse en los asuntos de la península arábiga.

En su reunión ministerial, el G-8, cada vez más castrado y castrante, no pudo ponerse de acuerdo sobre la zona de exclusión celestial en Libia (por cierto, una medida ya muy tardía), mientras se pronunciaba por la transición democrática en Bahrein (BBC, 15/3/11). ¿Cómo puede operar tal transición cuando Estados Unidos, líder del G-8, ha tolerado la intervención del CCG?

El portal israelí Debka (15/3/11), en la misma frecuencia de su correligionario Stratfor, apuesta a la potencial (sic) colisión militar entre Arabia Saudita e Irán sobre Bahrein. Por cierto, el rotativo hebreo Haaretz (15/3/11) alardea que la embajadora de Bahrein en Estados Unidos, Houda Ezra Ebrahim Nonoo, sea judía.

Hay que tomar con sumo cuidado la declaración farisaica de Estados Unidos de que no existe solución militar en Bahrein (Reuters, 15/3/11).

Hillary Mann Leverett, anterior funcionario del Consejo de Seguridad Nacional y del Departamento de Estado, aduce que la esencia misma de la política del poder en Medio Oriente está cambiando del poder-duro militar, donde Estados Unidos tiene la ventaja, al poder-blando, donde la República Islámica de Irán y sus aliados tienen la ventaja(Al Jazeera, 15/3/11).

Sería un grave error de juicio que Irán contrarreste militarmente la neurosis bélica del CCG, que huyó hacia delante con su intervención que parece, primero, prevenir el derrocamiento de la frágil monarquía de Bahrein y, luego, pretende modular gradualmente las inevitables reformas y la evolución libertaria de la isla, bajo la batuta de Estados Unidos, que busca preservar su importante base militar.

Descontando una exterminación improbable de chiítas, Irán no corre prisa cuando tiene ganada la partida democrática–perdón, demográfica– en Bahrein.

*Analista internacional mexicano,columnista de La Jornada

  • Compartir:
X

Envíe a un amigo

No se guarda ninguna información personal


Su nombre (requerido)

Su Email (requerido)

Amigo(requerido)

Mensaje

Añadir comentario