Abr 23 2009
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Sociedad

Argentina, apoliticismo e inseguridad: la política de los apolíticos

Daniel Cadabón*

Cuando los representantes de la derecha proseguridad se visten de "clase media" y sacuden con su discurso sobre la naturaleza de los males sociales, de la inseguridad y la delincuencia; presten atención, comienzan por declararse apolíticos. Al disertante no le preocupan otros temas de fondo, ni sostiene una mirada amplia sobre la sociopolítica o la economía, él, trata sobre “el aquí y ahora”, sobre las calamidades en las que estamos inmersos por culpa de unos “menores de mierda” que armados utilizan su impunidad legal para matar, sobre la gran tragedia histórica que representa la falta de orden.

El derechista apolítico pronuncia un discurso grave sobre lo que pasa –experiencia pura e irrebatible– “los chorros te matan por 20 pesos…” mientras nos alerta: nos van a matar a todos. Si los escrutan un poco más, aclaran que no hablan desde el punto de vista político –nunca lo hacen– porque no militan en política ni se preocupan por ella. Sólo busca soluciones a un problema que afecta a la sociedad como “cualquier persona común”.

Hace apenas unas semanas, un coro de artistas y de gentiles hombres y mujeres que han vivido siempre de los favores del Estado, entre los que se encontraban cantantes venidos a menos, vedettes televisivas, representantes de los medios, etc. también hicieron su prognosis sobre el tema de la inseguridad de manera simple y brutal “el que mata tiene que morir”.
(La información –y enlace a un vídeo documental– la encuentra en este portal aquí).

Batalla, arma y estrategia, la mano dura, es una de las consignas políticas preferidas de esta derecha supuestamente apolítica, que está dispuesta a hacer rodar cabezas y a establecer un plan de exterminio que afecte a un grupo de argentinos, el que funciona como chivo expiatorio en medio de una situación de crisis económica y política indisimulable.

Hacer política desde su supuesto apoliticismo compensa a todos estos sectores derechistas con toda una serie de ventajas:

– No les es necesario conocer categorías históricas, ni detenerse a analizar los problemas ni el tratamiento que hayan tenido en el tiempo.

– No deben someterse a una determinada línea de pensamiento, con lo cual quedan autorizados para vender cualquier verdura sin rendirles cuentas a nadie.

– Estos arribistas de derecha usan el dolor de los familiares y amigos de las victimas como estandarte de lucha y como el trofeo que les permite tomar notoriedad; al mostrarse heridos por las perdidas de vidas humanas, definen el diagnostico de la trágica coyuntura en términos de muerte, violencia y venganza. Todas reflexiones simples e indignadas que les hace posible presentarse en la escena de un modo respetable y de esta forma desplegar toda su discursiva.

Su meneado apoliticismo calma a la audiencia; refiere a un discurso neutro, actual, empírico, que no aparenta otra intención que la denuncia del sufrimiento social. El terror del relato realiza el resto.

Menores violadores y asesinos que burlan al poderoso Estado y a sus leyes. Pibes de 14 años con una capacidad ilimitada para el asesinato que gozan de las ventajas de la puerta giratoria; mientras las fuerzas de seguridad no tienen nafta en los patrulleros. Adictos al paco, y otras yerbas, con la voluntad quebrada para la existencia humana que, sin embargo, son asesinos por naturaleza.

La audiencia queda paralizada, engatusada o, para usar un término de moda, crispada de indignación.

Los términos del discurso son simples, el acento está puesto en desempolvar los ojos de la “gente”, dueña de una mirada ingenua que no ve nada, pero que no se anima a salir a la puerta de la casa “por las cosas que pasan… vivimos presos mientras los delincuentes están libres”. Los representantes del apoliticismo derechista afirman ver lo que los demás no ven; sus críticos son “garantistas y defensores de los derechos humanos” porque aun no les tocó.

Llamativa es la discordancia entre el que “lo sufrió” y el que sólo puede observarlo con los ojos críticos porque aun no han sido víctimas, amigos o familiares. Se regodean en un “cuando les toque ya van a ver que tenemos razón”. Es como si un médico no nos pudiera extirpar el apéndice sin que a su vez lo tuviera extirpado de su propio cuerpo. Es el “dolor” el que autoriza la opinión y nada más. Es el “dolor” lo que permite la mirada sobre las cosas como son.

¿Y como son en definitiva? Simple, el que mata muere.

La tragedia que rodea la pérdida de una vida humana está, bajo el capitalismo, clasificada y valorada en términos económicos y políticos. Para decirlo de forma simple: para la derecha hay muertos y muertos.

Los pibes que todos los días matan los Balmaceda de la bonaerense en las barriadas de Bunge, Varela o Berazategui tienen un valor despreciable, no despiertan en la audiencia la misma empatía con ese igual “de clase media” que es víctima de la inseguridad.

La empatía, construida desde la prensa, se ha transformado en la dimensión constitutiva del discurso sobre la inseguridad. Los medios explotan esta característica humana a favor de ciertos intereses. Esto se ve en el centimetraje destinado a uno u otro caso.

El pibe víctima de gatillo fácil es invisible. Sólo la movilización de los suyos sobre la comisaría del lugar puede despertar algún interés mediático y siempre para denunciar algún tipo de exceso de parte de los manifestantes. Cuando las contingencias del asesinato comprometen a instancias de Estado (fuerzas de seguridad) no hay pronunciamiento de la derecha supuestamente apolítica.

El pulso político de la estrategia derechista sobre el tema de la inseguridad se mide en el uso político (destaco lo de uso político) que hace del ciudadano común, padre de familia, comerciante, profesional, etc. “al que matan por 20 pesos” que es el que despierta mayor empatía entre los sectores medios.

En su momento, el caso Blumberg no tuvo desperdicio para el análisis de esta cuestión. El “ingeniero” se trepó a la tribuna para provocar una de las manifestaciones más repugnantes de utilización del supuesto apoliticismo en beneficio propio.

Blumberg, hasta que se apagó su estrella, negoció con todas y cada una de las facciones derechistas un lugar entre los estelares electorales. Bajo su influencia se cambiaron leyes, se debatió hasta el hartazgo la necesidad de endurecer el código penal. El kirchnerismo, asustado por la masividad de las marchas nocturnas del “ingeniero” y olvidando su aparente carácter popular, aceptó todo el libreto represivo. Todo un redondo fracaso.

La empatía fabricada por los medios con las víctimas cierra el debate que el cargador vaciado por “un negro de mierda” abre. Matar al que mata se sostiene en una lógica devastadora que entraña un anti humanismo conciente y coherente con el estado de derecho capitalista.

La "clase media" declara que quiere vivir tranquila y sin rendirles cuentas a la política.

Las marchas en contra de la inseguridad se han transformado en un clásico de consignas que defienden esa tranquilidad y el apoliticismo derechista. “Auto reivindicados” como el sector más sano de la sociedad, son conminados por la agitación derechista a una vorágine de enfrentamiento xenófobo en contra de los sectores populares más explotados.

Así como la policía y los punteros políticos reclutan entre jóvenes desesperados y embrutecidos por la miseria social, en los márgenes de la comunidad, a la mano de obra para realizar las tareas sucias del narco y el robo, la derecha espera reclutar entre estos sectores medios la mano de obra necesaria para realizar sus tareas históricamente reaccionaria; ya lo han logrado, en parte, cuando grupos de vecinos son movilizados en contra de los sin tierras o cuando apoyan operativos policiales de desalojo, a los tiros, de familias que se movilizan por la vivienda.

Con un lenguaje prestado, que hace eje en la requisitoria de orden, los sectores medios derechistas, más activos y militantes reivindican en las marchas la vuelta de los milicos o de gobiernos de fuerza que “terminen con el garantismo, que permite que los delincuentes entren por una puerta y salgan por la otra”. Pero no todas son flores y víctimas entre los sectores medios de derecha.

Los reclamos de una mayor represión dejan de lado una visión histórica que compromete a todo un sector de capas medias con el mayor latrocinio y el asesinato más despiadado que se haya vivido en nuestro país: oficiales y suboficiales alistados en las fuerzas de seguridad, todos ellos pequeños burgueses derechistas; tanto desde el punto de vista de sus ingresos como desde de su concepción del orden; funcionaron dentro de los grupos de tareas de la dictadura enriqueciéndose con los valores muebles e inmuebles robados a sus víctimas.

Nunca el delito tuvo un carácter tan sistemático ni tan atroz como en las décadas de los 70 y los 80.

Las violaciones, el robo, el secuestro y el asesinato de estas bandas estatales y para estatales, que usaban la noche y la impunidad como cómplices, nada tenían que ver con la “obediencia debida”; la principal fuente de captación para el alistamiento de estos efectivos estaba en el enriquecimiento ilícito que surgía de sus irrupciones en las viviendas de sus víctimas: trabajadores, estudiantes, padres de familia, comerciantes, profesionales, etc. No sólo asesinaban, se llevaban todo.

Jamás la violación de adolescentes y adultos, la tortura y la perversión en contra de las victimas tuvo un carácter tan metódico y orgánico. A los reclamantes derechistas del orden militarista no les asiste ningún derecho para hablar de inseguridad.

El apolítico pro seguridad se declara partidario de cambiar las leyes aplicando correctivos letales para los delincuentes. Pero el pedido de la pena de muerte y la nostalgia por las épocas de orden no son de ninguna manera consignas apolíticas, todo lo contrario, es política en toda su dimensión.

El verdaderamente apolítico se calla la boca, no opina porque no le interesa, porque no le preocupa, porque no sabe, porque no es.

El hombre es un animal político (conciente o inconscientemente) por su naturaleza social. El declaradamente “apolítico” es un farsante que esconde el cuchillo bajo el poncho y que utiliza el desprestigio que la política de los partidos burgueses se supo ganar durante décadas para afirmar desde una supuesta neutralidad periodística. Cacatúas mañaneras formadoras de opinión.

Los ejemplos abundan.

El viernes 17 de abril en su programa de televisión Mauro Viale, presenta un abogaducho declaradamente apolítico y una madre entregadora de sus hijos (mellizos) a la policía. La idea del programa era mostrar una madre ejemplar (no La madre de Máximo Gorki) sino una madre que la derecha reclama para los tiempos que corren.

La pobre mujer fue desde el principio atacada por el abogaducho apolítico en los siguientes términos: “Que hacia usted mientras sus hijos salían a robar? (…) yo tengo madres (y la pobreza con que se justifican me chupa un huevo) que me piden que saque a sus hijos de la cárcel para que vuelvan a robar y así mantenerlas”. El ataque del abogaducho “sacado” fue frontal, declarando que la responsabilidad por el delito es compartida por la díada madre-hijo. Qué diferencia hay entre esta postura y la de los generales, curas, policías y derechistas de todo pelaje cuando preguntaban a las madres de desaparecidos: “¿Y usted. que hacía, eh?"

No hay nada apolítico es esta pregunta, es de la misma estructura y del mismo funcionamiento ideológico que bajo la dictadura. El abogaducho, por más afectado que se encuentre por la inseguridad, es un fascista.

La reivindicación de las épocas de plomo de la dictadura, se expone más sutilmente en las marchas cuando surgen los comentarios sobre la falta de derechos humanos a las víctimas del delito o se pide la presencia de las Madres de la Plaza. Némesis tardía de un videlismo resentido y vigente entre los sectores “más sanos de la sociedad”, que ahora no conformes con el pedido de “maten a los negros”, dobla la apuesta y demanda maten a las madres de los negros.

¿De que otra manera podemos entender la demanda de “control de la natalidad” que apareció en la última marcha en repudio por el asesinato de Daniel Capristo en Lanús?

El pedido de control de la natalidad muestra una derecha desbocada. Es la declaración de guerra en contra de los pobres (“Son ellos o nosotros”). Transformada en la mano que mece la cuna; los antiabortistas de derecha, fomentan que se mate en las mujeres pobres el derecho de ser madres.

¿Cuál es el método propuesto? ¿La esterilización forzosa?

La demanda de control de natalidad por más minoritaria que aparezca es de vieja data entre los sectores medios de derecha. “Los pobres no saben ser padres –dicen– tienen un montón de hijos a los que no pueden criar”. La falta de trabajo, de vivienda de salud, de educación deja de ser una responsabilidad del Estado capitalista y pasa a ser una responsabilidad subjetiva de la familia pobre.

El derechismo pro capitalista del pequeño burgués enceguecido por la crisis económica le reblandece el cerebro. Como se ve, ya no es sólo la pena de muerte a menores, directamente es un pronunciamiento para evitar que nazcan. La teoría es acabar con la pobreza terminando con los pobres. Lo que no hace el hambre o las enfermedades de la pobreza o los mosquitos del dengue o la pena de muerte, que lo haga la esterilización forzosa de las mujeres pobres.

Sin embargo queda una esperanza de que estas marchas por la inseguridad entren en crisis con estas consignas reaccionarias y tomen una dirección correcta en el tratamiento del problema.

La última marcha realizada por el camionero Daniel Capristo en Lanús dejo ver otro tipo de consignas que apuntan al centro del problema. La complicidad político-policial con la delincuencia fue denunciada, la complicidad de jueces y fiscales venales con la delincuencia también estuvo presente en las denuncias. El reaparecido “que se vayan todos” puede alimentar el debate político sobre la necesidad de que para terminar con las lacras de la delincuencia hay que terminar con los capitalistas, funcionarios, fuerzas de seguridad y punteros políticos que se alimentan de ella.

La derecha no tiene respuesta al problema de inseguridad, como tampoco a la crisis capitalista. La respuesta está en el debate político de los trabajadores y el pueblo.

*Periodista, escritor.
Despacho de www.argenpress.info

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