Dic 16 2009
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Economía

Argentina: Qué es y para qué y quienes sirve la inflación

Roberto Briscioli*
El poder económico concentrado en Argentina utiliza como medio de mantener y acrecentar su poder político y económico el mecanismo denominado inflación. Además se utiliza a la inflación como un arma de desestabilización política, dado que afecta principalmente los sectores que perciben ingresos fijos, que por definición son los sectores de la población mayoritarios en cantidad, de más reducida percepción de ingresos y base política del modelo económico surgido en el año 2003.

La operatoria inflacionaria creada artificialmente consiste en incrementar los precios de venta de los bienes y servicios en función de la potencialidad de la demanda global y con independencia de posibles aumentos de costos. Por lo tanto, la inflación pasa a ser un mecanismo para incrementar la tasa de ganancia empresarial, en reemplazo de la inversión productiva como mecanismo genuino de obtener mayores beneficios.

El empresario necesita recomponer su tasa de ganancias invirtiendo en bienes de capital y así obtener mayores ingresos por mayores ventas y simultáneamente disminuir sus costos. Pero cuando la inversión productiva no ofrece seguridad de su recupero en el corto plazo y la obtención de ganancias futuras se torna dudosa o simplemente por una decisión política, se suplanta la inversión con la inflación como una forma segura y rápida de obtener mayores beneficios.

Por ende, la ausencia de inversión reemplazada por la inflación generará recomposición momentánea de la tasa de ganancia, pero determinará una pérdida de competitividad producto de la pérdida de productividad derivada de la imposibilidad de concreción de inversión productiva. Esta carencia de productividad empresarial, producto de la ausencia de inversión, generará a su vez que todo incremento de salarios nominales se traslade inmediatamente a los precios, con lo que los salarios reales permanecerán iguales o, peor aún, se reducirán.

La interpretación “académica” de las universidades y de los medios de comunicación a través de sus “especialistas”, al considerar las causas del fenómeno inflacionario, pasan alternativamente por considerarlo a partir de exceso de demanda olvidando que se trata de un país con altos índices de pobreza e indigencia, o derivado de la “incompetencia” del Gobierno para atraer mayores caudales de inversión extranjera olvidando que se trata de un país dominado por las transnacionales.

En definitiva, más allá de las incongruencias, se trata a la inflación como un derivado netamente económico producto de irregularidades del mercado, provocadas por el accionar equivocado del Gobierno al interferir en el libre juego de la oferta y la demanda. De esta manera se ha instalado en la opinión pública a través de los medios de comunicación afines al poder económico que la inflación es un producto de políticas económicas gubernamentales equivocadas, cuando en realidad los precios varían hacia la suba (nunca a la baja) en función de la decisión política de las pocas empresas “formadoras de precios” por ramas de producción, en su gran mayoría transnacionales. Las pequeñas y medianas empresas se acoplarán necesariamente al proceso inflacionario.

Por consiguiente, la inflación no es un fenómeno económico producto del “accionar del mercado”, sino una toma de decisión política del poder económico concentrado que incluye los medios de comunicación, en el marco de un mercado excesivamente oligopolizado que posibilita los acuerdos de precios empresariales y, por consiguiente, siempre a la suba.

En el modelo neoliberal la inflación sin que desaparezca, nunca será un problema mayor, dado que la demanda global en lo que atañe al mercado interno estará siempre por definición en estado recesivo. Las medidas de política económica propias de un modelo neoliberal basadas principalmente en la reducción de los salarios reales y la precarización del trabajo, implican necesariamente que la mayoría de la población se encuentre por debajo de la pobreza y la indigencia y la mayoría de los que cuentan con trabajo, con sueldos y salarios que apenas superan los niveles de subsistencia. La comprobación de lo anterior puede apreciarse por lo vivido durante los dos modelos más acabados de política neoliberal en nuestro país: al finalizar el gobierno de la dictadura militar surgida en 1976 y al finalizar la “década de la convertibilidad” con la crisis de los años 2001-2002.

La inflación aparece como un problema mayúsculo cuando surgen gobiernos que se resisten a aplicar los principios del neoliberalismo. Es decir, defender el salario real y la creación del empleo. El gobierno actual comenzó definiendo su propuesta de política económica con un tipo de cambio adelantado que promueve la actividad productiva (bienes transables) y minimiza la actividad financiera (bienes no-transables). Es la negación de toda política neoliberal. Esta decisión política provocó el desarrollo de la actividad productiva y creación de empleo. La generación de empleo generó una tendencia al crecimiento de los salarios reales, que se vio favorecido por la implementación de paritarias. La mayor ocupación y mejores salarios provocaron incremento de la demanda, crecimiento del PBI con superávit fiscal. Y en ese momento en que todo parecía volver a la normalidad –y no por casualidad– recrudece la inflación.

En otras palabras, el poder económico inicia el proceso inflacionario no bien surge una demanda potenciada por mayores ingresos salariales, que se verá acompañado en el mismo sentido por el resto de las empresas pequeñas y medianas en la medida que puedan ir trasladando la inflación.

Con la inflación instalada intencionalmente, el Gobierno se encuentra acosado por dos flancos principales: por un lado la inflación atrasará el tipo de cambio y por otro irá deteriorando el salario real. En definitiva, se atacan los dos objetivos fundamentales de un modelo de política económica ajeno a la receta neoliberal: tipo de cambio y salario real.

El tipo de cambio atrasado por la inflación ahora ya no potenciará la actividad productiva y con ello se estancará el crecimiento del empleo y, como consecuencia, caerá en la misma proporción el salario real. Esto último es la situación que hemos vivido a partir de 2007 y hasta el inicio de la crisis económica internacional surgida en Estados Unidos a mediados del año 2008.

La crisis internacional puso en situación de suspenso el proceso inflacionario, debido a una caída en el crecimiento del PBI y la consiguiente retracción de la demanda en nuestro país. Sin embargo, las evaluaciones de un nuevo auge de la economía para el 2010 presagian una nueva embestida inflacionaria como mecanismo por parte de los poderosos sectores económicos minoritarios de apropiarse de los beneficios derivados de la nueva situación pronosticada para los años 2010 y 2011.

Los peligros de una nueva escalada inflacionaria se agravan cuando se considera que en el corto plazo millones de personas están recibiendo y recibirán justas retribuciones por asignaciones familiares, creación de cooperativas de trabajo y compensación a jubilados que perciben asignaciones mínimas. Se estima una cifra superior a los 4000 millones de pesos que serán volcados inmediatamente al consumo de los sectores más postergados, luego de décadas de privaciones. La codicia neoliberal que impregna la mentalidad del poder económico concentrado no dejará pasar esta oportunidad y apuntará sin consideración alguna a estos fondos frescos para apropiárselos a través de la inflación olvidándose de la exclusión social. Posteriormente, desde este sector minoritario y con el aporte de otros afines surgirán las cínicas lamentaciones dignas de un coro de las tragedias griegas, por los altos índices de pobreza e indigencia.

*Docente universitario argentino. Nota publicada en Página12

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