Ago 2 2006
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Economía

Bebés, niños. – MATERIAL GASTABLE, MUY ECONÓMICO Y SILENCIOSO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Fabrizio y Jordano, dos de los 140 bebés peruanos que fueron sometidos a un experimento de la empresa Ventria Biosciences con sustancias derivadas de arroz transgénico, muestran alergias desde entonces, según declararon sus madres a la prensa (La República, Perú, 20 de julio de 2006).

Según el testimonio de Diana Canessa Garay el año pasado llevó a su bebé de ocho meses al Hospital del Niño, en Lima, con un cuadro de diarrea severa.  Una médica le ofreció entonces administrarle un “suero de arroz”, lo que la joven de 24 años aceptó ya que no tenía razones para desconfiar de la “autoridad médica”, y le preocupaba lograr la pronta recuperación de su único hijo.  Firmó entonces la autorización que le pedían para poder administrarle el medicamento, sin comprender realmente las consecuencias que podría tener.

Diana no sabía entonces que su hijo –que ahora tiene dos años– pasó a ser objeto de un experimento de una empresa biotecnológica estadunidense que no estaba autorizado en Estados Unidos, con sustancias no aprobadas para el consumo en ninguna parte del mundo.

Según la madre, luego de que le dieron este suero, el bebé comenzó a manifestar alergias y actualmente es “enfermizo, delicado, alérgico a todo”.  Agrega “me engañaron, sólo querían experimentar con mi bebito”.

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El experimento, que ahora ha sido denunciado por varias organizaciones internacionales y peruanas de derechos humanos, consumidores, ambientalistas y la Asociación Médica Peruana, consistió en administrarle a un grupo de bebés con diarrea, un suero de arroz con las proteínas recombinantes lactoferrina y lisozima, producidas en Estados Unidos en base a arroz transgénico modificado con genes humanos sintetizados (ver Addenda)

Justamente, la posibilidad de provocar alergias de los fármacos recombinantes producidos en plantas transgénicas, es uno de los riesgos que varias organizaciones estadunidenses, incluyendo el Center for Food Safety (Centro para la Seguridad de los Alimentos), habían alertado a las autoridades de su país cuando Ventria solicitó aprobación para cultivar este tipo de arroz en California.

De acuerdo con el informe de ésta y otras organizaciones, sustentado con
numerosas referencias científicas, las proteínas recombinantes –derivadas de organismos transgénicos– no son idénticas a las producidas naturalmente.  Las diferencias pueden ser tan sutiles que en laboratorio pueden ser difíciles de detectar.  Sin embargo el sistema inmunológico de los seres humanos sí es sensible a estas diferencias y puede generar anticuerpos, que en algunos casos llevan a la reacción crónica a muchos otros alimentos o sustancias a los que antes el paciente no era alérgico.

En la respuesta que emitió a los cuestionamientos de Asociación Pro Derechos Humanos de Perú, el director del Instituto Especializado en la Salud de Niño, doctor Dante Figueroa Quintanilla –uno de los responsables del experimento– argumenta, entre otras cosas, que “en la medicina moderna se emplean lícitamente proteínas recombinantes para mejorar la salud de las personas, por ejemplo insulina, hormona del crecimiento, factores de coagulación y hematopóyeticos”.

Justamente, en todo los casos citados por Figueroa Quintanilla han habido problemas de algún tipo, pero como ya es común en el caso de los transgénicos, la poderosa industria biotecnológica se ha ocupado de que sean escasamente difundidos y poco conocidos.  Es inexcusable que un director de hospital, que firma su acuerdo para exponer a bebés a un experimento con proteínas recombinantes, no las conociera, o peor aún, no las tomara en cuenta.

La insulina recombinante, uno de los ejemplos más usados por los promotores de los transgénicos para señalar los supuestos beneficios de estos productos, conlleva una historia de ocultamiento y manipulación sobre sus efectos dañinos. 

En 1999 la Asociación Diabética Británica, dio a conocer un extenso informe –que había ocultado varios años debido a las “donaciones” que reciben de empresas farmacéuticas y de edulcorantes que también contienen transgénicos– según el cual habían recibido quejas de casi el 10 por ciento de sus miembros (equivalente a 15 mil personas), directamente asociados con el cambio de la insulina animal a la insulina transgénica.

Los daños informados iban desde malestares leves hasta la ausencia de síntomas previos al coma diabético, que es muy grave porque puede llevar al paciente a la muerte, al no tomar medidas para enfrentarlo.  Se ha documentado también la generación de anticuerpos en el caso del uso de factores de coagulación y hormonas de crecimiento. 

En un caso particular (MGDF) fue retirado de las pruebas clínicas porque la formación de anticuerpos provocaba hemorragias.  En otros casos, siguen en circulación pese a que se conocen sus efectos dañinos, en parte porque las empresas los ocultan o minimizan, en parte porque eliminan otras alternativas o cuentan con poderosos cabilderos –lobistas– para impedir que se conozca la verdad y se tomen acciones consecuentes.

Igual que con los transgénicos agrícolas, son abultados los expedientes ocultos de los transgénicos de uso farmacéutico, ya que si se conocieran en totalidad, no habría justificación para que estuvieran en el mercado.

En el caso de Ventria en Perú, parece que, además, están dispuestos a seguir el triste camino que han recorrido muchas empresas farmacéuticas de usar a las poblaciones del Tercer Mundo para hacer experimentos no autorizados en su país.

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* Investigadora del Grupo ETC –Ecología, Tecnología y Concentración–, asociación ciudadana de origen estadounidense anteriormente llamada Rural Advancement Foundation International.
En: ALAI AMLATINA (http://alainet.org).

Addenda

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Del “experimento” aludido en el texto puede leerse en esta revista, por la misma autora, Bebés como conejillos de indias.

No se crea, empero que el sacrificio de las empresas biomédicas se limita a conseguir “voluntarios” en América Latina o África. Allí donde existe una población empujada por la pobreza –y avalada por la ignorancia– el desinterés de edstas corporaciones se hace presente sin ocultar los colmillos. Incluso en Estados Unidos, como lo muestra el artículo de Anthony Barnett, publicado aquí por Piel de Leopardo.

Los niños no sólo son objeto de manipulaciones seudo médicas propias de añejos filmes de terror o de ciencia-ficción; se obtiene de ellos una singular plusvalía por medio del trabajo, como en Honduras (a href=”http://www.pieldeleopardo.com/modules.php?name=News&file=article&sid=2204″>Matar la infancia es un buen negocio, para no ir más lejos, o gracias a la libre emprresa dedicada al comercio y el turismo sexual en todo el mundo (Un ejemplo en  América Latina: los niños, la calle, la cárcel y la muerte, aunque, claro, en estos casos son un poco mayores: nueve, diez, once y más años.

Tampoco la pasión agónica de la infancia termina aquí. En Líbano la piadosa estructura del Estado de Israel les ha encontrado un nuevo uso como dianas para controlar la puntería de sus artillleros –continuando el ejemplo de Gran Bretaña y Estados Unidos en Serbia, Afganistán, Iraq y otros países beneficiados.

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