Jun 21 2007
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Cultura

Bibliotecas… – FIDEL Y PINOCHET: UN LEGADO DISTINTO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Alguien dijo que la grandeza de un hombre no se mide por su estatura, así como la grandeza de un pueblo no se mide por el número de sus componentes. Habría que extender esta afirmación y decir que el valor del legado que un hombre hereda a la humanidad no se mide por el número y el tipo de libros que posea su biblioteca. Sería absurdo, ¿verdad? Tan idiota como juzgar el valor intelectual de un hombre por su ropero, o por la cantidad de lechugas que conserva en su refrigerador.

Para el escritor Jorge Edwards mezclar lechugas con poesía puede ser nerudiano… o puede ser idiota. Pero deja de serlo en ambos sentidos cuando su intención es, una vez más, enlodar a la revolución cubana.

Leemos por ahí que el escritor Jorge Edwards compara la biblioteca de Fidel Castro con la de Augusto Pinochet remarcando la coincidencia en la escasez de libros de poesía y literatura que exhibirían sus anaqueles.

(Artículo que puede leerse aquí)

Habría sido curioso y hasta anecdótico constatar esta sutileza si no fuera porque proviene de un acérrimo enemigo de Fidel que, en un hecho tan notable como lo de las bibliotecas citadas, ha pasado más de treinta años haciendo equilibrios parado en la cuerda floja de un izquierdismo en el que Fidel ha sido el principal blanco de sus diatribas.

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Es por eso que queda diáfanamente claro que el escritor chileno no utiliza el supuesto contenido de la biblioteca de Fidel como una curiosidad a lo mejor digna de Ripley viniendo de un genio intelectual como lo es Castro, sino como un dardo más lanzado contra el líder revolucionario que hace muchos años lo expulsó de Cuba con una sonora patada en el trasero. Sólo que ahora su furibundo anticastrismo lo ha llevado a salirse de madre al compararlo con el más grande de los analfabetos que ha producido la historia de los personajes públicos chilenos: el dictador Augusto Pinochet de quién resulta incluso sorprendente pensar que haya tenido siquiera una biblioteca.

La intención de Edwards está clara: no se trata de comparar bibliotecas ni de criticar la “mala relación con la poesía y el mundo del arte” que, también dentro de las críticas de Jorge Edwards, tenía o tiene Fidel Castro. Tampoco el objetivo de este nuevo “streap-tease moral del señorito chileno” como calificó a Edwards el poeta español Jacobo Muñoz, se queda sólo en reponer en el tapete de la discusión los numerosos desencuentros que han tenido las revoluciones triunfantes con ciertos sectores de la intelectualidad a nivel mundial.

Su intención, bastante burda por lo demás, es usar el subterfugio de los libros para que algún lector desprevenido extrapole el parangón Fidel-Pinochet que él hace, al ámbito de lo que cada uno ha representado para sus países.

En otras palabras, lo que Edwards busca es homologar a Fidel con Pinochet no en cuanto al asunto del contenido de las bibliotecas de ambos, que es un recurso absurdo e incomprobable, sino en cuanto al daño que ellos habrían infringido por igual a sus respectivos pueblos en todo orden de cosas. Es, por lo demás, el argumento preferido en Chile por la centroderecha democratacristiana para ocultar su complicidad con la gestación de la dictadura de Pinochet al igualarlo a Fidel Castro, argumento que últimamente también tienta a los “renovados” de Escalona y compañía que se han sumado a los ataques anticubanos para ocultar su propia traición al legado del socialismo allendista.

Por sus bibliotecas los conoceréis.

Si de comparar se tratara, cayendo deliberadamente en la trampita edwardiana de meter a Fidel y a Pinochet en el mismo saco, bastaría con una rápida revisión de lo que fue la política en educación, en salud, en la distribución de la riqueza, llevada a cabo por la dictadura chilena y confrontarla con los logros en estos mismos aspectos obtenidos por la revolución cubana.

En Chile estos pilares de la sociedad revistieron tal grado de destrucción en provecho de la minoría plutócrata a la que sirvió Pinochet, que ni siquiera hoy, a casi 20 años de terminada la dictadura, ha sido posible reconstruirlos con un mínimo grado de justeza para las clases desposeídas.

Son esferas en las que precisamente la revolución cubana ha tenido sus más resonantes éxitos, reconocidos incluso por Naciones Unidas, no obstante el bloqueo feroz del imperialismo acentuado estos últimos años al cesar la ayuda que el campo socialista prestaba a la Cuba revolucionaria. Como usted ve, son logros bastante más importantes que el número y el contenido de los libros que el líder cubano pudiera tener en su biblioteca.

Pero, en fin, dejemos de lado estas comparaciones incomparables entre la revolución cubana y la dictadura de Pinochet y centrémonos en el fondo de una crítica lanzada al rostro de la revolución no sólo por Jorge Edwards, sino por amplios sectores de la intelectualidad de izquierda en el mundo que se vieron afectadas por el dogmatismo que prevaleció en el mundo socialista del siglo XX.

Si hacemos abstracción de las intenciones reales del escritor al hacer esta comparación ilógica entre bibliotecas, y nos vamos al hecho concreto de la relación entre una revolución socialista, así sin apellido geográfico, y el arte, tendremos que reconocer una verdad inobjetable: Jorge Edwards tiene razón. La actitud de la revolución cubana, independiente de los libros que Fidel tuviera o no en sus estanterías, así como la de los países del fenecido bloque socialista frente al arte y sobre todo frente a la literatura, fue siempre conflictiva y, honestamente hablando, un eslabón más de la cadena de errores que terminó estrangulando estos procesos sociales que representaban, al menos en sus inicios, la esperanza de una nueva alborada para la humanidad.

Las restricciones, y en muchos casos la represión abierta, desatada por los partidos comunistas y los gobiernos revolucionarios en contra de la libertad de pensamiento, la persecución contra las posiciones filosóficas, religiosas y artísticas, contribuyó a fomentar un poderoso anticuerpo, intrínsecamente distorsionado, en el seno de las sociedades socialistas que terminaron por incorporar estos errores de una conducción sectaria a fallas propias de socialismo.

Este cúmulo de abusos y de represión de las camarillas gobernantes contra el creacionismo, no el de Huidobro sino el instinto creativo innato del ser humano, terminaron por tapar y desvirtuar los reales valores de la revolución, lo que fue manejado hábilmente por las fuerzas reaccionarias internas e internacionales para alejar el necesario apoyo que los intelectuales debían otorgar a estos procesos.

Cuando Jorge Edwards escribió su libro Persona non grata, los movimientos revolucionarios latinoamericanos se encontraban en su máximo auge y formaban parte de un avance formidable del socialismo en el mundo que iba derrotando al imperio del capitalismo prácticamente en todos los terrenos, no sólo en el de las armas con la inminente hecatombe del ejercito norteamericano en tierras vietnamitas, sino incluso con la nueva perspectiva que abrió la revolución chilena a nivel mundial: la posibilidad cierta de derrotar a las fuerza reaccionarias por medio del sufragio, es decir en el propio terreno de la democracia burguesa.

En medio de este brutal enfrentamiento, para muchos revolucionarios, incluyendo el propio Allende que condenó duramente el libro de Jorge Edwards, las críticas contenidas en él eran contraproducentes, extemporáneas y sólo servían para llevar aguas al molino del imperialismo norteamericano que acosaba a Cuba en todos los terreno y a la oligarquía criolla en Chile, que se había deslizado ya por el terraplén del complot golpista.

Pero, obviando la situación mundial que pudiera esgrimirse para calificar de inoportuna la obra, ¿se trataba en realidad de un ataque gratuito a la revolución más querida y admirada por los pueblos latinoamericanos y por el resto del mundo?

El “affaire” Padilla y el señor embajador.

En el momento en que Jorge Edwards llega a La Habana como embajador plenipotenciario del gobierno popular de Salvador Allende para instalar y consolidar las flamantes relaciones entre ambos gobiernos, se encuentra en plena ebullición el caso Heberto Padilla y, con menos resonancia, cierta nebulosa nunca disipada sobre el fondo del pensamiento también crítico de José Lezama Lima, aunque haya muerto bajo el alero de la revolución.

El caso Heberto Padilla revistió, según se recordará, gran resonancia por la represión desatada por los aparatos de seguridad sobre este intelectual disidente, su prisión y su posterior autocrítica pública auspiciada por la misma UNIAC, Unión de Escritores y Artistas Cubanos, que un par de años antes lo había galardonado por su obra poética Fuera de Juego.

Fue, sin duda, un feísimo asunto que, lejos de proteger a la revolución cubana de un escritor que, sin desmerecer su obra, era uno de los tantos intelectuales a los que la vorágine del proceso estremeció en todo sentido, sólo acarreó un desprestigio y una desilusión en las filas de los más fervientes admiradores de esa gesta latinoamericana, entre ellos prestigiosos intelectuales que firmaron la Carta de los 100 en defensa de Padilla, encabezados por Jean Paul Sartre.

La actitud del gobierno cubano impactó más hondamente porque se esperaba que un estadista de la talla de Fidel, no caería en los exabruptos represivos de los países comunistas del este europeo en donde penaba todavía la sombra siniestra de Stalin.

Lo más decepcionante de la medida represiva tomada contra Heberto Padilla, la cárcel y más aún su autocrítica caricaturesca a la que fue obligado como alternativa a su excarcelación, fue lo innecesario y abiertamente torpe de la medida. El G2 cubano, como la KGB soviética, justificaban su existencia para desarticular los complots auténticamente peligrosos para esos procesos, cuyos hilos los movía la CIA y los otros servicios secretos del capitalismo imperialista. Pero no para censurar escondiendo en los calabozos a quienes usaban el arma de las letras para oponerse a un régimen que probablemente no entendieron en muchos de sus aspectos sociales y económicos.

Continuando con el honor que hacemos a la verdad, en la época que hoy vivimos, a la luz de lo que se conoció demasiado tarde en cuanto a los graves errores de las camarillas seudorevolucionarias con sus respectivos socialdictadores, hay que aceptar que muchas de esas críticas estigmatizadas como contrarrevolucionarias, tenían un gran trasfondo de verdad. No fueron ellos sino nosotros, los que oficiábamos de revolucionarios intachables, los que no supimos comprender a tiempo el enorme daño que se estaba haciendo a una ideología que, a pesar de todo eso y mucho más, continúa siendo una esperanza a la que hay que desbrozar del dogmatismo con el cual se revistió de manera innecesaria.

La verdad de una crítica o la crítica de una verdad

Aclarado el reconocimiento de lo que un comienzo fue la base real que llevó a Jorge Edwards a escribir su Persona non grata, podemos ahora diferenciar las críticas profundas esgrimidas desde el seno de la izquierda, de aquellas como las que hasta el día de hoy mantiene el “señorito Edwards” a quien le calza mucho más lo que Haydée Santamaría, a nombre de Casa de las Américas, le dijera a propósito del mismo tema a Mario Vargas Llosa, al que calificó como “la viva imagen del escritor colonizado, despreciador de nuestros pueblos, vanidoso, confiado en que escribir bien no sólo hace perdonar actuar mal, sino que permite enjuiciar a todo un proceso grandioso como la revolución cubana, que a pesar de errores humanos, es el más grande esfuerzo hecho hasta el presente por instaurar en nuestras tierras un régimen de justicia”.

Profunda verdad la de Haydée Santamaría si se toma en cuenta que esto fue dicho a mediados de 1971. Premonitor ante un Vargas Llosa que abjuró de lo que había adorado sin necesidad que el G2 le pusiera una pistola en la nuca y que llegó al punto de convertirse en abanderado presidencial de un importante sector de la burguesía pudiente del Perú, y de un Edwards que, además de no tener la calidad literaria de Vargas Llosa, se convirtiera en un furibundo detractor de la revolución cubana, el niño mimado de los contrarrevolucionarios de Miami, cuya última contorsión ha sido esta de homologar a Fidel con Pinochet.

En Chile, que vivía los álgidos años de la Unidad Popular cuando ocurrió el caso Padilla, muchos escritores de izquierda levantaron su voz de protesta sin necesidad de abandonar las trincheras de la izquierda consecuente. Quizás si lo dicho por Antonio Avaria al referirse al tema criticando la actitud represiva adoptada por el gobierno cubano ante Heberto Padilla en un extenso artículo publicado en mayo de 1971, es lo que mejor refleja la diferencia entre el seudoizquierdismo oportunista y una actitud ideológica madura cuyo objetivo es pulir las aristas de un proceso que por su dinamismo, no estaba exento de éste y muchos otros errores. Dijo Avaria:

“La discusión sobre el ‘el caso Padilla’ y sus consecuencias resulta verdaderamente fecunda sólo dentro de una opción de izquierda. Más explícitamente sólo tienen plena autoridad moral para ventilar este asunto los que han adherido a la revolución cubana. Sólo a ellos les duelen los problemas internos del socialismo en Cuba y les duele cualquier situación que ponga en peligro el crecimiento de la revolución en Latinoamérica”.

El rebrote de los procesos revolucionarios en América requiere no olvidar los errores para evitar las recaídas que malogren este auspicioso presente. Pero también requiere salir al paso de la manipulación engañosa de estos errores cuya crítica aparentemente constructiva, oculta el típico manejo subliminal del que tanto gustan los travestis de la ideología.

De lo que no cabe duda, es que mucho más allá del origen del problema, el señor Jorge Edwards ha continuado siendo para la izquierda latinoamericana, una “Persona non grata”.

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* Escritor.

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