Oct 6 2006
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Economía

Bolivia, estaño, muerte. – HUANUNI, EL SOL QUE NO ASOMA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Parte de la explotación del mineral de estaño de Huanuni corre por cuenta del Estado: es una mina organizada y con buenos niveles de seguridad para trabajar; la otra parte es un país diferente. Los llamados cooperativistas no son más que pirquineros pobres. Gente honrada que no extrae las piedras detrás del sueño de hacerse ricos, sino por el puro empeño de sobrevivir. Parte del problema –si un drama puede ser también un problema– es que muchos de esos cooperativistas son manipulados por intereses ajenos a los propios.

Ante el estallido del conflicto en el mineral no faltan voces –y no a sotto voce– que responsabilizan al ministro de Minas Wálter Villarroel, conocido dirigente del sector y socio de la Cooperativa La Salvadora –una de las cuatro de la zona de Huanuni–, de ser parte de un proyecto que persigue asociarse con capitales extranjeros para sacar el estaño.

fotoSegún los detractores de Villarroel, el plan consiste en la explotación del yacimiento vía una administración social mixta con capitales foráneos, de lo que resultaría la virtual vuelta a expopiar al Estado del estaño que hasta 1999 estuviera en manos privadas. Huanuni fue concesión de Allied Délas, una empresa británica que habría quebrado fraudulentamente ese mismo año.

En mayo de 2006 el periódico La Prensa señalaba que en febrero de 2006 “el representante de la inglesa Gran Thornton, Malcolm Shierson, y el presidente de la Cooperativa Playa Verde Ltda., Severo Miranda Choque, en representación de Nueva Karazapato, La Salvadora y Los Libres, acordaron negociaciones secretas para la compraventa de acciones que la inglesa RGB tenía en Huanuni por un contrato de riesgo compartido.(…) Gran Thornton, en representación de RGB, acordó la venta de acciones por US$ 1.400.000 a las cuatro cooperativas.

“Durante las negociaciones reservadas, los cooperativistas elaboraron un contrato de opción de compra de acciones, que debió ser suscrito en marzo de este año en la capital del Perú, Lima, según documentación que está en poder de la (estatal) Comibol, que luego de cuatro años rompió silencio y decidió tomar acciones”.

En febrero de este año, pues, se veían venir “conflictos de tipo social entre los trabajadores sindicalizados y las cooperativas de Huanuni”.

Por entonces el ministro Villarroel se hallaba enfrascado en buscar “consenso entre los mineros sindicalizados (trabajadores de Comibol) y los cooperativistas” para explotar Huanuni, informaba La Patria en el mes de julio. Para muchos representantes del trabajo organizado, políticos de izquierda e incluso miembros del gobierno la presión sobre Huanuni se debió a la política minera favorable al capital privado que impulsaba el ministro, citando en aval de sus sopechas el acuerdo por 20 años con la Jindal Steel, una transnacional de la India, para explotar el yacimiento de hierro de El Mutún.

La gente de Huanuni tiene una larga tradición de lucha. Sangre les costó en 1919 conseguir la jornada de ocho horas diarias en el mineral. Otros hitos son la estructuración de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia en 1944, la unidad del sindicalismo en 1959 y la reciente recuperación del estaño para el Estado.

En 2003, cuando la marcha hacia La Paz que dió al traste con el gobierno de Sánchez de Losada –fugado a EEUU– los mineros de Huanuni –los mismos que fueron atacados por los engañados cooperativistas hace pocas horas– plantaron cara al ejército y su infantería mecanizada. Las tropas apoyadas por tanques no pudieron el 15 de octubre de 2003 detener a poco más de dos mil trabajadores.

fotoLos cooperativistas, en todo caso, difícilmente carguen con la responsabilidad ideológica de lo sucedido esta vez en Huanuni. Como suele ocurrir demasiado a menudo la falta de conciencia, la pobreza y el actuar demagógico de los que se erigen en sus representantes y dirigentes los hace actuar como carne de cañón de quienes aspiran a manejar el mineral y les prometen, una y otra vez, una vida mejor a cambio de otro esfuerzo para que la mina sea “de todos” y no del Estado impersonal e ineficiente.

Carecen de tecnología, seguridad e implementos de trabajo. En ese desolado paraje, entre el polvo y las piedras, se mueven niños, mujeres y ancianos. Las labores en la mina son a pura fuerza humana mantenida gracias a la hoja de coca. Su mayor protección ante las explosiones y en caso de derrumbe es el casco. Si no fuera por éste y la ropa, no se los podría distinguir en la mayor parte de los casos de los antiguos mitayos que arrancaban casi con sus puras manos el oro de Potosí.

Mientras la Comibol ha logrado organizar su parte del yacimiento sobre bases modernas y cautelando condiciones humanas de trabajo, los cooperativistas, hasta no hace mucho, pagaban no menos de cuatro vidas cada mes para sacar estaño del yacimiento.

Los nueve muertos y más de 30 heridos en esta localidad a poco menos de 300 kilómetros al sur de La Paz no lo fueron por seguir un sueño, lo fueron porque la pesadilla de Bolivia aún no acaba.

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