Sep 17 2008
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Economía

Brasil y su nueva riqueza petrolera: ¿Quién se queda con el oro negro?

Rodrigo Menitto*

Las políticas en torno a la explotación y producción del oleaginoso son diversas. El aprovechamiento del pueblo brasileño de estos beneficios aún son una cuenta pendiente y parece no haber planes para solucionarlo.

En noviembre del 2007 se oficializó el hallazgo de crudo de alta calidad y gas en la camada denominada como pre-sal, a 300 kilómetros de las costas brasileñas y a una profundidad de 6 mil metros de la superficie del mar.

El volumen del negocio petrolero en Brasil ya es de enorme envergadura. Según datos de la revista Examen, el país tropical recaudó en 2006 más de 8 mil millones de dólares, lo que representa un 10 por ciento del PBI (Producto Bruto Interno). Por su parte, el banco suizo UBS calculó que serán necesarias inversiones de 600 mil millones de dólares en los próximos 30 años para extraer los 50 mil millones de barriles que se estima haber en la camada del pre-sal (se llama así porque el crudo se encuentra bajo una gruesa cobertura de sal).

La noticia cayó como una bomba en el mercado nacional e internacional. La propuesta más fuerte por parte del gobierno brasileño está siendo elaborada por el Ministerio de Minas y Energía y por la jefa de la Casa Civil, Dilma Rousseff. Consiste en la creación de una empresa estatal, teniendo como modelo la experiencia noruega, con el objetivo de administrar el ritmo de exploración y extracción, además de un fondo a ser formado con los royalties y la participación gubernamental en el petróleo.

La prensa brasileña se cansó de publicar sobre el tema con informaciones contradictorias y con ataques directos al gobierno de Luiz Inacio Lula da Silva, cuando éste suspendió las nuevas licitaciones de exploraciones para rever los marcos regulatorios y la creación de la estatal. "Empleos fantasmas" (O Globo), "Retroceso" (O Estado de S. Paulo), "un plan para restaurar, por vías transversales, el monopolio estatal, roto en buena hora en 1995" (Folha de S. Paulo), fue lo más suave que se escucho de los medios.

La producción experimental empezará en marzo de 2009 y se confirmará realmente la cantidad exacta de barriles que se encuentran en el fondo del mar. Pero la producción comercial sólo empezará en 2014.

Para muchos puede parecer que la preocupación es excesiva, ya que el país cuenta con una empresa de bandera como la Petrobras. Sin embargo, no lo es. El ex-presidente del Banco Nacional del Desarrollo Social (BNDES), Carlos Lessa, explica las consecuencias de la política de privatización del ex-presidente Fernando Henrique Cardoso (1995-2003) que "vendió 180 millones de acciones y redujo la participación del sector público de un 84 por ciento a un 40 por ciento. De esas 180 millones de acciones, apenas 25 por ciento están en Brasil. Los otros 75 por ciento, sin embargo, se fueron para la Bolsa de Nueva York".

Entre sus accionistas se encuentra uno de los grandes especuladores financieros del mundo, George Soros, que retiene cerca de 800 millones de dólares en acciones. Por este motivo, la empresa tiene como principal obligación y objetivo maximizar las ganancias de sus accionistas y no los intereses nacionales del pueblo brasileño.

Esa preocupación esta en la cabeza del Gobierno de Lula. Por eso, es frecuente escuchar de los funcionarios brasileños que "hoy la Petrobras ya es otro país. Felizmente, es un país amigo". No es lo mismo que una multinacional, pues genera tecnología, empleo especializado y gran parte de su ganancia se queda en tierras brasileñas. Pero no es Brasil.

Este nuevo "El Dorado" exige tomar tres grandes decisiones para el futuro. En primer lugar, si se utilizará las nuevas reservas para transformarse en un país exportador o regular la producción para el consumo interno. Por otro lado, en el caso de criar una empresa estatal que regule la actividad, como hacerla eficiente y no un nido de corrupción concentrado en pocas manos. Y por último, cómo y dónde se aplicar la riqueza producida.

En entrevista para la revista Carta Capital, el profesor del Programa de Planeamiento Energético del Instituto Alberto Luiz Coimbra de Pos Graduación y Análisis de Ingeniaría (Coppe), Alexandre Szklo, dio su visón a partir de varios informes que realizó para distintos organismo del gobierno sobre la eficiencia de la matriz energética.

Uno de los puntos es el bajo porcentaje que se cobra sobre la renta petrolera, actualmente en 54 por ciento. Países como Libia cobran un 80 por ciento, Angola un 90 por ciento y Nigeria un 85 por ciento. Los Gobiernos han ajustado el impuesto debido al fuerte aumento en los últimos tiempos del barril de petróleo que hoy se cotiza arriba de los 100 dólares. Algo que fue aceptado sin problemas por las empresas dado la alta rentabilidad de la extracción.

"La participación necesita aumentar para todas las áreas, ese no es un punto de conflicto. Debería estar arriba de los 70 por ciento", analiza Szklo.

El modelo de empresa estatal pretendido por Brasil es el de Noruega, donde por ley no puede tener más de 60 funcionarios y tiene como principal función de administrar los recursos. "El modelo es muy bien formulado y tiene sentido para Brasil. Puede decidir exportar y después quedarse sin nada, o gerenciar la producción según la demanda interna, pues Brasil no es Arabia Saudita. Tiene una gran población y una industria creciente", advierte el profesor Szklo.

El presidente Lula manifestó intenciones de que los recursos petroleros sean "para la educación y para saldar la vieja deuda de la desigualdad". Sin embargo, para Szklo "no sirve de nada una ley que diga que un 50 por ciento son para la educación y el Gobierno contenga un 90 por ciento para el superávit primario".

Esta modalidad es utilizada por el gobierno en varios momentos para desviar dinero para el pago de la deuda externa.

El pillaje capitalista transformó muchas veces la riqueza de los pueblos en verdaderas desgracias. Las minas plata de Potosí en Bolivia (en tiempos de la colonia) o las plantaciones de banana en Colombia por la estadounidense Unifruit Company, fueron algunos de los símbolos de explotación y robo de los pueblos sudamericanos.

Si la producción del oro negro en Brasil elije la exportación, los ingresos de divisas aumentará en demasía el valor de moneda nacional, favoreciendo la importación y destruyendo la industria nacional. Teniendo como únicos beneficiados las multinacionales exportadoras. Esto sucedió en Holanda en los años 60 y quedó conocido como la “enfermedad holandesa”.

Debe quedar claro que no existe la posibilidad de ahuyentar las petroleras por cambiar los marcos regulatorios, porque en el negocio del petróleo la rentabilidad es enorme. Por este motivo es incomprensible porque el presidente Lula todavía no aumento, a través de un decreto, el impuesto a la renta petrolera. Las multinacionales agradecen, mientras el pueblo pierde millones de dólares por mes.

Si tenemos en cuenta que Brasil es el octavo país consumidor de petróleo en el mundo y que –según calculos de Petrobras- la extracción del petróleo duraría entre 20 a 30 años, la decisión que se tome hoy marcará para siempre el futuro del país.

Sin embargo, el pueblo brasileño mira el debate de forma lejana y ausente. Si las clases populares no son concientes que sólo a través de la movilización y la organización serán capaces conquistar sus recursos naturales para forjar un futuro de libertad e igualdad, nadie lo hará por ellas.

*Publicado en APM

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