Oct 18 2004
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Cultura

Buenaventura Durruti, la vida es lucha y forja la historia

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Varios veteranos anarquistas espa√Īoles, como Peirats y Federica Montseny, afirmaron que Durruti no era √ļnico, que hubo varios Durrutis. Sin duda fue as√≠ en esos a√Īos de lucha y entrega generosa. Entonces homenajearemos a esa generaci√≥n a trav√©s de esta humilde y breve semblanza de Buenaventura Durruti.

Los hitos fundamentales de su vida se entrecruzan y son los mismos de los de la clase obrera espa√Īola de los a√Īos 20 y 30 del siglo pasado. S√≥lo que la imagen de Buenaventura Durruti trascendi√≥ su marco espacial y temporal y a√ļn sobrevive en √©stos tiempos ¬ędesutopizados¬Ľ.

Recordemos que en los infames tebeos (comics infantiles) de la era franquista, que recorrieron el mundo de habla hispana, los villanos eran caricaturas grotescas de los facistas con sus proletarios monos oscuros y el jefe de los malos era una caricatura grotesca de Durruti con su conocida gorra de mec√°nico. En cambio es com√ļn en la filmograf√≠a espa√Īola de √©stos √ļltimos 20 a√Īos en pel√≠culas cuyo tema transcurre en las primeras d√©cadas, la menci√≥n idealizada y ben√©vola a Durruti y sus compa√Īeros.

El historiador brit√°nico Hugh Thomas, recuerda que Durruti era calificado por sus enemigos como ¬ęmalhechor, asesino y rufi√°n¬Ľ. Para otros, y resume a R. Sanz, Romero y Llarch, era ¬ęun h√©roe indomable… que re√≠a como un ni√Īo y lloraba ante la tragedia humana¬Ľ.

Peirats menciona que cuando la contrarrevolución desmantela las comunidades socializadas de Aragón para reinstaurar la propiedad privada, un militar del partido comunista en Caspe destroza con exclamaciones soeces y rabia un retrato de Durruti. Del sectarismo, al autoritarismo y a la estupidez, las distancias son cortas.

fotoCitemos a un escritor que no es af√≠n al anarquismo, Ilya Ehrenburg, que conociera personalmente a Buenaventura desde 1931: ¬ęNing√ļn escritor se hubiera propuesto escribir la historia de su vida; √©sta se parec√≠a demasiado a una novela de aventuras…Este obrero metal√ļrgico hab√≠a luchado por la revoluci√≥n desde muy joven. Hab√≠a participado en luchas de barricada, asaltado bancos, arrojado bombas y secuestrado jueces. Hab√≠a sido condenado a muerte tres veces: en Espa√Īa, en Chile, en Argentina. Hab√≠a pasado por innumerables c√°rceles y hab√≠a sido expulsado de ocho pa√≠ses¬Ľ.

Nacido el 14 de julio de 1896, en León, su vida fue similar a la de otros tantos hijos de la clase obrera. Su padre, curtidor, va preso en 1903 por participar en una huelga por reducción a 10 horas de la jornada laboral. Derrotada la misma, se emplea en el ferrocarril de carpintero para no claudicar. Su abuelo paterno funde su cantina al ponerla al servicio de los huelguistas. Su abuelo materno que trabajaba con tejidos también quiebra ante el boicot de los caciques locales por el delito de haber sido solidario en el mencionado conflicto.

Acción directa desde abajo

A los doce a√Īos Buenaventura deja de asistir a catecismo, se niega a concurrir a misa y a recibir la comuni√≥n en Pascuas. Comienza a aprender el oficio de mec√°nico y paulatinamente a vincularse con medios sindicales e izquierdistas. A√Īos m√°s tarde, en una carta a su hermana Rosa, escribe: ¬ęDesde mi m√°s tierna edad, lo primero que vi a mi alrededor fue el sufrimiento no s√≥lo de nuestra familia sino tambi√©n de nuestros vecinos. Por intuici√≥n yo ya era un rebelde. Creo que entonces se decidi√≥ mi destino¬Ľ.

Desertor al servicio militar, en 1920 no solamente es un afiliado a la C.N.T. tambi√©n es un activo militante y con una formaci√≥n s√≥lida, consecuencia sin duda de su avidez de lectura y de discusi√≥n. Seguir su vida desde 1920 a 1936 es harto dif√≠cil. La misma transcurri√≥ alternadamente en Espa√Īa, el exilio, la c√°rcel.

En una sociedad donde la patronal actuaba con pistoleros a sueldos, con un estado represivo y con la solidaridad de una Iglesia cómplice y responsable de buena parte de los males de su época, la acción directa de los de abajo como respuesta era algo obvio y de sobrevivencia.

En estos a√Īos, Durruti altern√≥ y desempe√Ī√≥ simult√°neamente su actividad de obrero mec√°nico, la c√°rcel, la actividad sindical y la acci√≥n directa, siempre en actividades de autodefensa o de apoyo a compa√Īeros presos o a obreros en lucha. Estas √ļltimas actividades generaron el temor de las clases dominantes cuyos esbirros en la prensa en parte construyeron la fama de Durruti y sus compa√Īeros, adjudic√°ndoles hechos que no eran de su autor√≠a e ignorando otros en los que s√≠ hab√≠an participado.

El grupo del que Durruti era una referencia significativa, no era una banda como calificaba fantasiosamente la prensa amarilla. Era una peque√Īa y activa organizaci√≥n anarquista especifista, clandestina, que se autoidentific√≥ con varios nombres como ¬ęLos justicieros¬Ľ, ¬ęLos solidarios¬Ľ y ¬ęNosotros¬Ľ, grupo que mientras actuaba iba madurando y culmina autoidentific√°ndose en la F.A.I., en los comienzos de la Revoluci√≥n Espa√Īola.

A través de la memoria de sus militantes, hoy se sabe que fueron responsables, y con Buenaventura Durruti como activo partícipe, del ajusticiamiento de Regueral y del presidente Dato, a principios del 20, responsables de torturas, asesinatos y la prisión de cientos de obreros.

Tambi√©n en 1923 ajusticiaron al Cardenal de Zaragoza, Sodevilas, fascistisante y organizador de bandas de pistoleros, sicarios, digno representante de la iglesia de la √©poca. Tambi√©n realizaron la expropiaci√≥n m√°s voluminosa hasta el momento, asaltando el Banco de Gij√≥n. Todos estos hechos violentos protagonizados por Durruti y sus compa√Īeros fueron hechos pol√≠ticos enmarcados en una guerra de clases no formalizada pero real de aquellos a√Īos. Siempre hubo cuidado de que ning√ļn inocente se perjudicara, as√≠ la prensa amarilla relata que al asaltar a un conde, Durruti consuela a su hijita aterrorizada y mientras le seca las l√°grimas le dice: ¬ętu padre tiene mucho dinero y nosotros no tenemos nada, as√≠ que nos lo repartimos¬Ľ, citado por A. Paz.

Estos obreros revolucionarios son muy pobres. En el caso de Durruti por ejemplo, son m√ļltiples los testimonios de familiares y conocidos de su modestia econ√≥mica, destinaban todo el dinero recaudado a los presos y a la lucha pol√≠tica.

Muy limitados por la represi√≥n, Durruti y su amigo Ascaso, resuelven ir a recaudar fondos a Am√©rica. Alrededor de 1924 llegan a La Habana donde se emplean como estibadores portuarios y participan activamente en la organizaci√≥n del sindicato. Perseguidos por esto, por la polic√≠a local, con un compa√Īero cubano van a trabajar como macheteros. Indignados ante la tortura de un sindicalista toman venganza. En 1925 llegan a M√©xico, donde se les agrega J√≥ver y ah√≠ dan un golpe destinando buena parte del dinero para financiar una escuela racionalista para los pobres en M√©xico y otra parte financiar una biblioteca en Par√≠s.

En la carta a los franceses les escribe Durruti: ¬ęEstos pesos los tom√© de la burgues√≠a, no era l√≥gico que me los diesen por simple acuerdo¬Ľ. Luego se dirigen a Chile y Argentina donde asaltan bancos para recaudar plata para la lucha contra la dictadura fascista de Primo de Rivera. En 1926 se refugian en Montevideo, entre compa√Īeros anarquistas y regresan a Espa√Īa, donde vuelven a la pelea, a la c√°rcel y otra vez el destierro.

En un nuevo exilio en Francia, Durruti trabaja como mec√°nico en Renault y Ascaso de camarero, siendo ambos detenidos por un pedido de extradici√≥n de Espa√Īa y de Argentina donde est√°n condenados a muerte. Su detenci√≥n provoca una intensa movilizaci√≥n en la sociedad francesa que logra movilizar a su sector m√°s antifascista. En este momento los dos amigos conocen a dos anarquistas francesas muy j√≥venes que van a ser sus compa√Īeras para siempre.

La detención culmina insólitamente con la policía francesa tratando de introducirlos clandestinamente en Bélgica.

La riqueza de sus vidas hechas lucha no nos deben hacer obviar que estos anarquistas viv√≠an y actuaban con un √ļnico norte: la victoria de la revoluci√≥n. En funci√≥n de esto: a) siempre actuaron en el seno del movimiento obrero organizado o contribuyeron a su organizaci√≥n; b) la necesidad de la organizaci√≥n fue una constante de su militancia; c) nunca perdieron o pusieron en duda una s√≥lida √©tica anarquista construida por quienes les precedieron.

Su accionar hacia la revoluci√≥n los lleva a dar la lucha ideol√≥gica en el seno de la C.N.T. a las posturas m√°s revisionistas y gradualistas de quienes hab√≠an llegado a predominar en la direcci√≥n y a las posturas colaboracionistas con partidos burgueses hasta que logran ser la aplastante mayor√≠a en v√≠speras de la Revoluci√≥n Espa√Īola.

La priorización del trabajo en la clase los hace chocar con sectores autodefinidos anarquistas que reducían su accionar a la difusión intelectual de ideas conjuntamente con una actitud pasiva ante la realidad, desviación muy fuerte en Francia y en otros países europeos y de América.

Durruti y sus compa√Īeros siempre participaron de la vida org√°nica de la C.N.T., asumiendo m√ļltiples responsabilidades cuando no estaban detenidos. Durruti estuvo presente en congresos claves de la confederaci√≥n como delegado del sindicato Fabril y Textil de Barcelona y fue varias veces orador de mitines y actos a lo largo de la pen√≠nsula, siendo uno de los oradores del multitudinario 1¬ļ. de mayo de 1936, en Barcelona.

La necesidad de la organizaci√≥n para alcanzar la victoria no solo fue consecuencia de la lucha diaria, tambi√©n fue una premisa fundamentada te√≥ricamente, en esto √ļltimo influy√≥ mucho el contacto con el legendario anarquista ruso N√©stor Macknov en el exilio parisino y los contactos fluidos con los anarquistas bakunianos alemanes y con los italianos malatestianos. Como dijimos antes ¬ęLos Justicieros¬Ľ, ¬ęLos Solidarios¬Ľ, ¬ęNosotros¬Ľ son diversos nombres de una organizaci√≥n espec√≠fica que confluye y se diluye, d√°ndole su orientaci√≥n, en la F.A.I., organizaci√≥n que fue acusada por los revisionistas de ¬ęanarco-bolcheviques¬Ľ. La respuesta la dan los trabajadores organizados en sus congresos, triunfando las posturas faistas sobre las de la direcci√≥n reformista que se retira de la C.N.T.

En estas l√≠neas ya hemos reiteradamente se√Īalado la autodisciplina y el sentido de sacrificio de Durruti y sus compa√Īeros. Anecd√≥ticamente Durruti y Ascaso reaccionan airadamente cuando se les trata de aplicar una Ley de vagos, justo a ellos que siempre hab√≠an trabajado, salvo cuando estaban presos. Tambi√©n como postura √©tica estos militantes estaban obsesionados por la formaci√≥n. Varias veces Durruti increp√≥ a compa√Īeros de prisi√≥n de que no les interesara la formaci√≥n, que no leyeran. De sus asaltos salieron fondos para bibliotecas, editoriales y escuelas, por ejemplo la escuela de Le√≥n o la de La Coru√Īa.

Las dos guerras

fotoCuando el golpe de estado de Franco, con el apoyo de la Iglesia y las clases altas, es la clase obrera organizada, la que evita su triunfo en Barcelona, Madrid, Valencia y en buena parte de la pen√≠nsula ib√©rica. Quienes vanguardizan son los obreros de la C.N.T. en una entrega generosa donde varios mueren como Ascaso que cae en los primeros d√≠as en la toma del cuartel de Barcelona. El poder est√° en manos de la clase obrera y de los anarquistas tal como lo reconocen los historiadores y el imaginario espa√Īol cuando realiza un balance o una mirada retrospectiva al 36.

Pero ¬Ņqu√© hacer?, en el seno de la F.A.I. se impone la postura de Durruti. Considera que tal como est√° dada la situaci√≥n pol√≠tica es prematuro quedar aislado frente a los golpistas y sabe que buena parte de los aliados coyunturales por una cuesti√≥n de clase preferir√≠an aliarse con Franco antes que apoyar una revoluci√≥n anarquista. La soluci√≥n es hacer a la vez la guerra y la Revoluci√≥n, y para consolidar √©sta √ļltima era necesario liberar zonas de influencia anarquista que est√°n bajo control militar franquista como Zaragoza.

Así comienzan ambas fases simultáneamente: la guerra al fascismo y la Revolución social. Por un lado comienza una guerra convencional de obreros contra soldados profesionales y por otra los sindicatos toman el control de fábricas y talleres en Barcelona y de los servicios en la zona republicana.

Mientras se mantienen los frentes de batalla sin armas ni la infraestructura m√≠nima, al paso de las columnas anarquistas los campesinos aragoneses organizan colectividades y abolen la propiedad privada. Por otro lado como era previsible los sectores m√°s burgueses de la Rep√ļblica con un antes impensable aliado como el Partido Comunista Espa√Īol y la Uni√≥n Sovi√©tica, a la que le preocupa perder su posici√≥n de ¬ęPatria socialista¬Ľ ante la construcci√≥n de otro pa√≠s socialista pero fuera de su √©gida, comienzan la reacci√≥n.

Pero la guerra está por perderse, los fascistas están en las afueras de Madrid. Entonces todos, sin distinciones de partidos o grupos, piden a Durruti que se traslade con parte de sus hombres a Madrid. Ni García Oliver, en Madrid, ni Buenaventura Durruti estaban muy convencidos, pero si no se salvaba Madrid se desmoronaba el frente y era el fin. Finalmente Durruti se traslada con un grupo sin desmantelar el frente de Aragón.

El avance fascista se detiene pero el costo es muy alto. Durruti muere. Su entierro en Barcelona fue multitudinario. Kaminski lo describe as√≠: ¬ęEl cad√°ver lleg√≥ a Barcelona tarde por la noche (…) En la casa de los anarquistas, que antes de la revoluci√≥n hab√≠a sido la sede de la C√°mara de Industria y Comercio, los preparativos ya hab√≠an comenzado el d√≠a anterior. (…) La ornamentaci√≥n era simple, sin pompa ni detalles art√≠sticos. De las paredes colgaban pa√Īos rojos y negros, un baldaqu√≠n del mismo color, algunos candelabros, flores y coronas: eso era todo.

¬ęDurruti era un amigo. Ten√≠a muchos amigos. Se hab√≠a convertido en el √≠dolo de todo un pueblo. Era muy querido, y de coraz√≥n. Todos los all√≠ presentes en esa hora lamentaban su p√©rdida y le ofrendaban su afecto. Y sin embargo, a parte de su compa√Īera, una francesa, s√≥lo vi llorar a una persona: una vieja criada que hab√≠a trabajado en esa casa cuando todav√≠a iban y ven√≠an por all√≠ los industriales, y que probablemente nunca lo hab√≠a conocido personalmente. Los dem√°s sent√≠an su muerte como una p√©rdida atroz e irreparable, pero expresaban sus sentimientos con sencillez. Callarse, quitarse la gorra y apagar los cigarrillos, era para ellos tan extraordinario como santiguarse o echar agua bendita.

¬ęMiles de personas desfilaron ante el ata√ļd de Durruti durante la noche. Esperaron bajo la lluvia, en largas filas. Su amigo y su l√≠der hab√≠a muerto. (…)

¬ęEl entierro se llev√≥ a cabo al d√≠a siguiente por la ma√Īana. Desde el principio fue evidente que la bala que hab√≠a matado a Durruti hab√≠a alcanzado tambi√©n el coraz√≥n de Barcelona. Se calcula que uno de cada cuatro habitantes de la ciudad hab√≠a acompa√Īado su f√©retro, sin contar las masas que flanqueaban las calles, miraban por las ventanas y ocupaban los tejados e incluso los √°rboles de las Ramblas. Todos los partidos y organizaciones sindicales sin distinci√≥n, hab√≠a convocado a sus miembros. Al lado de las banderas de los anarquistas flameaban sobre la multitud los colores de todos los grupos antifascistas de Espa√Īa. Era un espect√°culo grandioso, imponente y extravagante; nadie hab√≠a guiado, organizado ni ordenado a esas masas. Nada sal√≠a de acuerdo a lo planeado. Reinaba un caos inaudito.

¬ęEl comienzo del funeral hab√≠a sido fijado para las diez. Ya una hora antes era imposible acercarse a la casa del Comit√© Regional Anarquista. (…) Los obreros de todas las f√°bricas de Barcelona se hab√≠an congregado, se entreveraban y se imped√≠an mutuamente el paso. (…) A las diez y media, el ata√ļd de Durruti, cubierto con una bandera rojinegra, sali√≥ de la casa de los anarquistas llevado en hombros por los milicianos de su columna. Las masas dieron el √ļltimo saludo con el pu√Īo en alto. Entonaron el himno anarquista Hijos del pueblo. Se despert√≥ una gran emoci√≥n. (…) Las motocicletas rug√≠an, los coches tocaban la bocina, los oficiales de las milicias hac√≠an se√Īales con sus silbatos, y los portadores del f√©retro no pod√≠an avanzar. (…) Los pu√Īos segu√≠an en alto. Por √ļltimo ces√≥ la m√ļsica, descendieron los pu√Īos y se volvi√≥ a escuchar el estruendo de la muchedumbre en cuyo seno, sobre los hombros de sus compa√Īeros, reposaba Durruti.

Pas√≥ por lo menos media hora antes que se despejara la calle para que la comitiva pudiera iniciar su marcha. Transcurrieron varias horas hasta que lleg√≥ a la plaza Catalu√Īa, situada s√≥lo a unos centenares de metros de all√≠. Los jinetes del escuadr√≥n se abrieron paso, cada uno por su lado. (…) Los coches cargados de coronas dieron un rodeo por las calles laterales para incorporarse por cualquier parte al cortejo f√ļnebre. Todos gritaban a m√°s no poder.

¬ęNo, no eran las exequias de un rey, era un sepelio organizado por el pueblo. Nadie daba √≥rdenes, todo ocurr√≠a espont√°neamente. Reinaba lo imprevisible. Era simplemente un funeral anarquista, y all√≠ resid√≠a su majestad. Ten√≠a aspectos extravagantes, pero nunca perd√≠a su grandeza extra√Īa y l√ļgubre.

¬ęLos discursos f√ļnebres se pronunciaron al pie de la columna de Col√≥n, no muy lejos del sitio donde una vez hab√≠a luchado y ca√≠do a su lado el mejor amigo de Durruti.

¬ęGarc√≠a Oliver, el √ļnico sobreviviente de los tres compa√Īeros, habl√≥ como amigo, como anarquista y como ministro de Justicia de la Rep√ļblica espa√Īola. (…)

¬ęSe hab√≠a dispuesto que la comitiva f√ļnebre se disolviera despu√©s de los discursos. S√≥lo algunos amigos de Durruti deb√≠an acompa√Īar el coche f√ļnebre al cementerio. Pero este programa no pudo cumplirse. Las masas no se movieron de su sitio; ya hab√≠an ocupado el cementerio, y el camino hacia la tumba estaba bloqueado. Era dif√≠cil avanzar, pues, para colmo, miles de coronas hab√≠an vuelto intransitables las alamedas del cementerio.

¬ęCa√≠a la noche. Comenz√≥ a llover otra vez. Pronto la lluvia se hizo torrencial y el cementerio se convirti√≥ en un pantano donde se ahogaban las coronas. A √ļltimo momento se decidi√≥ postergar el sepelio. Los portadores del f√©retro regresaron de la tumba y condujeron su carga a la capilla ardiente.

¬ęDurruti fue enterrado al d√≠a siguiente¬Ľ.

Nos parece oportuno terminar esta breve semblanza con esta carta de Ascaso, escrita desde el barco-prisi√≥n ¬ęBuenos Aires¬Ľ, en 1932:

¬ęQueridos amigos: Parece que empiezan a quitarle el polvo a la br√ļjula. Partimos. He aqu√≠ una palabra que dice muchas cosas. Partir -seg√ļn el poeta- es morir un poco. Pero para nosotros, que no somos poetas, la partida fue siempre un s√≠mbolo de vida. En marcha constante, en caminar perenne como eternos jud√≠os sin patria; fuera de una sociedad en que no encontramos ambiente para vivir; pertenecientes a una clase explotada, sin plaza en el mundo todav√≠a, la marcha fue siempre indicio de vitalidad.

¬ę¬ŅQu√© importa que partamos si sabemos que continuamos aqu√≠, en el alma y en el esp√≠ritu de nuestros hermanos? Adem√°s, no es a nosotros a quienes se quiere desterrar, sino a nuestras ideas; y nosotros podremos marcharnos, pero las ideas quedan. Y ser√°n ellas quienes nos har√°n volver, y son ellas las que nos dan fuerzas para partir.

¬ę¬°Pobre burgues√≠a que necesita recurrir a estos procedimientos para poder vivir! No es extra√Īo. Est√° en lucha con nosotros y es natural que se defienda. Que martirice, que destierre, que asesine. Nadie muere sin lanzar zarpazos. Las bestias y los hombres se parecen en eso. Es lamentable que esos zarpazos causen v√≠ctimas, sobre todo cuando son hermanos los que caen. Pero es una ley ineluctable y tenemos que aceptarla.

¬ęQue su agon√≠a sea leve. Las planchas de acero no bastan para contener nuestra alegr√≠a cuando pensamos en ello, porque sabemos que nuestros sufrimientos son el principio del fin. Algo se desmorona y muere. Su muerte es nuestra vida, nuestra liberaci√≥n. Sufrir as√≠ no es sufrir. Es vivir, por el contrario, un sue√Īo acariciado durante mucho tiempo; es asistir a la realizaci√≥n y desarrollo de una idea que aliment√≥ nuestro esp√≠ritu y llen√≥ el vac√≠o de nuestras vidas.

¬ę¬°Partir es, pues, vivir! ¬°He aqu√≠ nuestro saludo cuando os decimos no adi√≥s, sino hasta pronto!

¬ęFrancisco Ascaso¬Ľ.

Notas
Miembros del grupo ¬ęLos Solidarios¬Ľ (1923 / 1926):

Francisco Ascaso, de Aragón, camarero, nacido en 1901.

Ramona Berni, tejedora.

Eusebio Brau, herrero, asesinado por la policía en 1923.

Manuel Campos, de Castilla, carpintero.

Buenaventura Durruti, mecánico y ajustador de León, nacido en 1896.

Aurelio Fern√°ndez, de Asturias, mec√°nico, nacido en 1897.

Juan Garc√≠a Oliver, de Catalu√Īa, camarero, nacido en 1901.

Miguel García Vivancos, de Murcia, obrero portuario, pintor y chofer, nacido en 1895.

Gregorio Jover, carpintero.

Julia López Mainar, cocinera.

Alfonso Miguel, ebanista

Pepita Not, cocinera.

Antonio Ortiz, carpintero.

Ricardo Sanz, de Valencia, obrero textil, nacido en 1898.

Gregorio Soberbiela o Suberviela, de Navarra, maquinista.

María Luisa Tejedor, modista.

Manuel Torres Escartín, de Aragón, panadero, nacido en 1901.

Antonio, El Toto, jornalero.

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