Nov 8 2007
485 lecturas

Cultura

Calle Santa Fe. – EL SOPLO DE LA MEMORIA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Si la memoria no oficial sobre los tiempos de dictadura hasta ahora se ha estado construyendo fundamentalmente a partir del registro oral, en conversaciones con los actores de un tiempo lejano, este documental constituye un aporte imprescindible para la construcción de la historia de la resistencia. Es una suerte de continuación de La Batalla de Chile de Patricio Guzmán, ahora en clave de mujer. Carmen Castillo, directora y guionista de la película, pareja de Miguel Enríquez, sobrevivió a las heridas recibidas en el operativo de la DINA realizado en 1974 en calle Santa Fe, donde murió en combate el líder histórico del MIR.

Teniendo como hilo conductor el retorno a Chile, a su familia y a la casa que compartió con el líder mirista en la clandestinidad, la historia de Miguel y su propio reencuentro con compañeros y sobre todo compañeras de militancia, la documentalista construye un valiente, descarnado y emocionante relato personal de la historia del MIR, de dos horas y 40 minutos. Es el fruto de cinco años de trabajo en coproducción en Chile, Francia y Bélgica con los que buscó exorcizar el mal y el olvido.

No estamos ante una tesis. A través del guión, las secuencias y su propia narración en off, la realizadora opera como una facilitadora que investiga –al modo del teatro de Bertold Brecht, con los actores miristas y con su propio entorno familiar/social– si acaso el costo de la lucha de resistencia valió la pena. La película se estrena en Chile hoy, ocho de noviembre de 2007, en el cine Hoyts La Reina, además del Cine Arte Alameda, la Cineteca Nacional y el cine arte de Valparaíso y para algunos dejará abiertas más preguntas que respuestas.

Memoria sin “márketing”

Con buena recepción en capitales europeas y el Festival de Cine de Nueva York, esta realización –ajena a la temática y estilo del cine chileno actual– corre el riesgo de ser ignorada por la crítica y el público nacionales. ¿Podría ocurrir que una obra considerada “universal” en el exterior por sus planteamientos sobre la dignidad de una lucha de resistencia, no sea valorada en Chile? En nuestro país no hay “márketing” para la memoria.

Las obras referidas a estos temas –novelas, reportajes de investigación, cuentos, historia oral– no son reseñadas habitualmente en los medios ni aparecen en las vitrinas o carteleras. La mayoría se queda en el ámbito académico. No parece haber llegado aun el tiempo en que la heroica lucha de resistencia protagonizada por miles de chilenos y chilenas que dejaron en ello sus vidas o sobrevivieron para enfrentar una transición a una democracia aún no conquistada, sea reconocida por la sociedad contemporánea.

La mayoría asocia el fin de la dictadura con el plebiscito y no se pregunta qué pasó antes ni cómo se luchó en los años previos. Los medios han fijado el imaginario colectivo en dos momentos claves: las imágenes del bombardeo de La Moneda y la campaña del NO. Lo demás no existe. Por ello, Calle Santa Fe puede verse como una caminata de conjura contra el olvido y de apuesta a un futuro con memoria por un país como el que la directora soñó junto a Miguel Enríquez y sus compañeros del MIR.

La inusual extensión de este trabajo será sin embargo un factor en contra para una distribución que deberá ir más allá de los canales tradicionales si espera encontrarse con las nuevas generaciones, ésas que sólo conocen –si acaso– la “historia oficial” de lo ocurrido a partir de los años 70.

foto

Cosas del pasado

Desde el Chile actual, o desde París u otra capital europea donde actuó el exilio chileno, la cámara –con Ned Burgos como director de fotografía– y la protagonista vuelven una y otra vez al modesto barrio de la comuna de San Miguel, a esa calle Santa Fe que parece ser lo único que no ha cambiado en el país. El líder mirista es allí apenas el “finaíto”.

Un joven dice que no tiene idea qué ocurrió allí años atrás. El dueño actual de la casa que habitaron en la clandestinidad durante un año Miguel Enríquez, Carmen Castillo y sus hijas, asegura que el hecho de que el MIR sea el dueño del inmueble “es cosa del pasado”. Tras el relato de otro vecino, Manuel Díaz, quien revela que Miguel había logrado irse al inicio de la batalla y regresó cuando explotó la granada que hirió a Carmen (“No la abandonó”), se percibe el sonido de los camiones de gas promoviendo la venta de los balones. Sólo el primer plano del rostro de Manuel y la voz ronca de su interlocutora (“Ahora me voy a recluir”) dan cuenta del dramatismo del diálogo, un recurso que se repite a lo largo del documental.

La épica cotidiana

La mayoría de las entrevistas a otros sobrevivientes se hacen en mesas de lugares como cafés, o incluso arriba de una micro. Hay en todo momento un predominio de la cotidianeidad, un cierto tono menor en el relato que la fotografía y la música (de Juan Carlos Zagal) van enalteciendo, con un cuidadoso montaje, una iluminación notable y un sonido perfecto.

El tono épico al que contradictoriamente arriba en parte el documental, está dado en gran medida por las imágenes de archivo del pasado, que reflejan un Chile muy diferente: por Santiago marchan trabajadores que llevan cascos, palos y banderas del Frente de Trabajadores Revolucionarios, en el Teatro Caupolicán Miguel Enríquez se dirige al pueblo, hay otra marcha en que todos saltan, alegres. La toma de un fundo por mapuche y activistas del Movimiento Campesino Revolucionario, sin embargo, se convierte en un excepcional punto de encuentro del relato con los conflictos del país actual.

Otros entrevistados hablan sobre la relación de Allende con el MIR, el rol de esa organización en la creación de la guardia personal del presidente, o sobre qué significó vivir la experiencia de la tortura. Reivindican la humanidad de los jóvenes que desaparecieron en los primeros años de la dictadura y explican qué significaba vivir en la clandestinidad. “Pienso que no puedo hacer nada más importante en lo que me queda de vida que lo que fue esa militancia”, dice una de las ex presas políticas, una conclusión común a muchos de los interlocutores de Carmen Castillo.

foto
La huella del MIR

La segunda parte de la película está marcada por el cambio de mirada de la directora, que de ver en Chile “militares y traidores y gente resignada”, pasa a reconocer la solidaridad recibida cuando fue herida, la importancia de la lucha de resistencia en los años posteriores, y la huella del MIR en las luchas sociales actuales en que también participan los vencidos, así como la contradicción entre la inexistencia oficial de la organización que lideró Miguel Enríquez, autodisuelta en los 90 y sus banderas presentes en manifestaciones populares.

Las imágenes de archivo ahora son sobre esas experiencias: lucha callejera en La Victoria, pollos distribuidos por milicianos a los pobladores, y en las entrevistas, una conversación emocionante con los padres de los hermanos Vergara Toledo, de Villa Francia, a quienes la dictadura les arrebató tres de sus hijos, o en La Victoria, los recuerdos de las mujeres miristas que relatan con naturalidad la gesta de resistencia en su población y.reiteran que no se arrepienten de nada, pese al costo pagado en represión a su familia.

El costo emocional del retorno

Carmen ironiza en el guión: “La viuda heroica se desplaza, ciega, sorda y casi muda” y en verdad, eso es lo que muestra la impactante imagen de archivo en que se la ve haciendo una declaración en Inglaterra. Confiesa que dejó a su hija Camila de seis años, al cuidado de otros en Cuba, y se interna luego en las complejidades de la llamada Operación Retorno, a través de la cual el MIR impulsó el regreso clandestino a Chile de sus militantes exiliados y la fallida experiencia de implantación guerrillera en Neltume.

Madres e hijas de retornadas se desnudan emocionalmente al hablar sobre sus sentimientos contradictorios respecto de la separación/abandono. No hay entrevistas del mismo peso, en cambio, sobre el balance político de esa experiencia. La profusión de información y de personajes puede resultar abrumadora o confusa para quienes no crecieron en dictadura y desconocen todo acerca del MIR. Al mismo tiempo, sin duda la selección de testimonios será un punto de controversia para aquellos/as que la protagonizaron.

Fernando Castillo Velasco y Mónica Echeverría, padres de la documentalista, y figuras destacadas de la intelectualidad chilena, aparecen en la trama como su respaldo afectivo permanente junto a una postura muy crítica frente a la “obsesión” de su hija por el pasado. Pero la clave para el fin de esa obsesión, estará en la postura de un joven de las nuevas generaciones de luchadores sociales.

Calle Santa Fe es una co-producción de Parox (Chile, Sergio Gándara), Les Films D’ici (Francia) y Les Films de la Pasarel (Bélgica), estrenada en 2006 en el Festival de Cannes, donde participó en la sección Un Certain Regard. En Chile ha sido pre estrenada en el Festival de Cine de Santiago, en la edición número 14 del Festival Internacional de Cine de Valdivia, y en el Instituto de Comunicación e Imagen de la U de Chile.

————————-

* Periodista.
http://periodismosanador.blogspot.com.

X

Envíe a un amigo

Su nombre (requerido)

Su Email (requerido)

Amigo(requerido)

Mensaje

Añadir comentario