Mar 6 2006
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Política

CARLOS TORRES: ESTAR EN EL CANDELERO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Voces anónimas anónimas vienen acusando al ex preso político Carlos Torres de haber mantenido relaciones de colaboración con aparatos de inteligencia y represion del Estado. La Coordinadora Nacional de ex presas y presos políticos salió en su defensa. Establece en un comunicado:

“Nos vemos ante el deber moral y ético de pronunciarnos frente a las anónimas acusaciones al compañero Carlos Torres. Desde la fundación de la Coordinadora Nacional de ex-presas y ex-presos políticos de Chile, el compañero Carlos Torres Palma –además a otros compañeros que compartieron la prisión junto a él durante la dictadura– es miembro de nuestra organización, colaborando activamente desde Canadá en la lucha por Verdad, Justicia y Reparación integral a los sobrevivientes de la dictadura”.

Al inicio del documento, la Coordinadora había dejado en claro que “Por nuestra responsabilidad ante las nuevas generaciones, por nuestro compromiso con el devenir histórico de nuestro país y porque somos profundamente democráticos, nos hemos comprometido a no descansar hasta llevar a los tribunales a todos los responsables de las violaciones a los derechos humanos. Es así como en diciembre de 2004 dimos a conocer un documento llamado Nosotros, los Sobrevivientes Acusamos (…) cuyo impacto y repercusión nacional e internacional lo hizo constituirse en una fuente fiable para uso en los tribunales”.

Quizá la primera destinataria del texto de los ex presos es la periodista Patricia Verdugo. Una investigación suya dio con el nombre de Torres asociado a un organismo policial. Apunta la Coordinadora: “(…) nos parece lamentable que Patricia Verdugo no haya sido lo suficientemente rigurosa en su investigación. Vamos a suponer que, por tratarse de su padre, se apresuró en sus conclusiones”.

Verdugo sostuvo que Carlos Torres habría tenido vinculaciones con agentes de la DICOMCAR, un aparato estatal de investigación y espionaje interno. El padre de la periodista, por otra parte, se cuenta entre las víctimas del terrorismo de Estado.

Ha señalado Verdugo que elige escribir –y para escribir investigar– con el objeto de que los jóvenes adquieran conocimiento de la historia reciente de su país. “Y para contarle a un joven, no se podía dar por sentado que manejara determinadas claves de los años 60 y 70. Había que contarle desde cero”. puntualizó.

Afirma Patricia Verdugo: “¿Por qué, desde el periodismo, se investiga y se escribe sobre derechos humanos? Para ayudar a buscar la verdad de lo ocurrido, caso a caso… Para ayudar a hacer justicia, caso a caso… Para ayudar a que la concurrencia de esos dos valores -verdad y justicia- colaboren a la búsqueda de la paz… Para que las personas ayer desencontradas puedan encontrarse en visiones comunes de rechazo a las violaciones de derechos humanos y encontrarse en compromisos comunes de Nunca más… para que así, en suma, el pueblo chileno tenga memoria y esa memoria le permita procesar datos que, a su vez, impidan la repetición de la tragedia”.

Y agrega:

“Por muchos años, el acto de recordar las violaciones de derechos humanos, o un crimen en particular, o el caso de un torturado, recordar en una reunión política, académica o en una sobremesa, era claramente un acto políticamente incorrecto… Eso se hacía sentir en las miradas, en los carraspeos, en los silencios, en el rápido cambio de tema… Durante años, las entrevistas que nos hacían eran tituladas o encabezadas con frases como esta: “Dice que no siente odio”… “dice que no quiere venganza”… es decir, la pauta de los medios incluía tácitamente que uno tuviera que dar explicaciones acerca de los motivos que nos impulsaban a actuar… teníamos que negar odios y venganzas, nos obligaban a pronunciar palabras -aunque fuera para negarlas- que dejaban en el aire, invisible, la duda… que instalaban en el lector o el auditor la duda: ¿lo hará por odio, será por venganza?

“Era una forma muy sutil de descrédito para las familias de las víctimas, para las dirigentes de las agrupaciones, para los abogados y para todos los que hemos estado en este tema”.

(El texto completo puede encontrarse en
www.lacoctelera.com/elpaskin/post/2006/02/05/archivos-la-memoria).

Carlos Torres fue militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), y un ex dirigente del MIR salió en su defensa. Escribió Andrés Pascal Allende el tres de marzo de 2006:

“Me he preocupado mucho al conocer que el compañero Carlos Torres, residente en Canadá y uno de los antiguos voceros del Movimiento de Izquierda Revolucionaria en ese país, ha sido acusado otra vez de haber tenido vínculos con agentes de la ex policía militar de Chile conocida como DICOMCAR.

Hace un año o más, cuando la periodista Patricia Verdugo realizó esta falsa acusación en un libro y luego la reiteró en una entrevista en The Clinic, refuté esta absurda e infundada patraña a través de la misma revista. No es la primera vez que Patricia Verdugo lanza acusaciones contra el MIR y sus militantes, aunque nunca ha entregado ninguna prueba seria de sus afirmaciones.

“Todos valoramos que esta periodista, que colaboró inicialmente con el Gobierno Militar, se haya sumado a partir de la muerte de su padre a la oposición a la dictadura y la defensa de los derechos humanos, pero ello no le da autoridad para pretender estigmatizar al MIR ni al compañero Torres”.

Para cerrar:

“El MIR ya no existe como organización política, pero los ideales y principios miristas no han perdido validez. No podemos tolerar que se ataque a compañeros o compañeras que mantienen vivos esos valores”.

Piel de Leopardo lamenta esta situación. Sin embargo la comprendemos en un contexto que ha hecho y hace dificilísimo develar la realidad de los años de dictadura. Por la complejidad de las acciones y reacciones humanas en este entonces, por el secreto guardado a ultranza por artífices, sicarios, responsables intelectuales y materiales de las atrocidades cometidas, por quienes medraron durante ese período y de manera especial por aquellos que por miedo, por la arquitectura detrás del cambio consensuado de gobierno o por otra razón cautelaron ese secreto.

Nunca son despejados los caminos a la verdad, y cuando la mentira sobre actos y hechos es parte de una ecuación que suma y multiplica latrocinios y no pocos enriquecimientos, se hacen más y mayores los obstáculos.

Hace pocos días, el último domingo de febrero de 2006, el matutino estatal La Nación publica en cuatro páginas un reportaje a Osvaldo Romo Mena, uno de los perros en su tiempo menos controlables de la dictadura, responsable de un número indeterminado de asesinatos bajo tortura, por entrega a sus colegas militares de luchadores por la democracia o cometidos en noches carentes de cualquier sentimiento humano.

Cabe preguntarse qué se persiguió en esas cuatro páginas del tabloide que, al final de cuentas, pagan todos los chilenos. Uno de los crímenes por los que Romo Mena fue condenado –condena que en su oportunidad costó a la magistrada que la dictó suspensión y amonestación–, fue el asesinato en Villa Grimaldi de Gloria Ester Lagos Nilsson, embarazada, torturada y cuyo cadáver todavía no aparece.

Esta es la realidad del país luego de tres gobiernos reputados democráticos y elegidos –como el cuarto que asumirá en menos de una semana– bajo las normas promulgadas por la dictadura; por lo demás las mismas que se aplican –eso sí, excepcionalmente porque ninguna ha vestido los juicios a viejos terrotistas y asesinos– a los representantes, en muchos casos mujeres y jóvenes recién salidos de la adolescencia, de las comunidades mapuche, que no hacen sino defender como pueden su derecho a vivir según sus creencias y costumbres ancestrales.

“Chile –señala la Coordinadora de ex presas y presos políticos– no puede pasar a la historia como el país latinoamericano que renunció a hacer justicia y a reparar a las víctimas del proceso social más injusto de su historia, el que gracias a la sangre de miles y a la coerción de millones, permitió levantar el basamento económico, social y político del Chile actual”.

Candelero es el objeto donde se pone una candela o vela: para alumbrar. Estar en el candelero es estar a la luz. O iluminando. Pero también candelero es esa fama fugaz a que nos acostumbró la televisión para personas que, sin ella, la tele, vivirían más felices su anonimato de lo que pasan esos minutos públicos (los quince minutos que estableciera el pintor neoyorquino Andy Wharhol).

Y candelero además significa que esa fama es incómoda, ingrata, no buscada. El que está en el candelero, así, pasa por un momento fugaz de incomodidad pública.

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