Carta a una ciudadana iraquí

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Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

fotoContinúa Tabucchi: «Próximamente tendrá lugar en Madrid un encuentro organizado por la Asociación de Periodistas Europeos y la Unión Europea sobre el tema «Cultura y política en la nueva Europa», al que he sido invitado.

«Planteo una primera cuestión: ¿qué clase de cultura común puede ser posible en una Europa donde existe un país como Italia, en el cual un escritor, para publicar sus textos, si no quiere recurrir a periódicos de partido, debe pedir hospitalidad a un periódico extranjero?»

Estimada señora iraquí:

Como afirma el proverbio, el hambre saca al lobo del bosque. ¿Ha visto qué ansia de elecciones había en su país?

Debe usted comprenderlo: las elecciones libres tienen su precio. Hasta yo comprendo sus objeciones: cien mil muertos, la verdad, resultan un pelín excesivos.

Pero hace unos días usted y su vecina pudieron mojar un dedo en tinta y levantarlo con el orgullo de quien puede afirmar: con esta huella digital en la papeleta yo sanciono la libertad de elegir a mi representante en el Parlamento democrático que los Estados Unidos nos han regalado.

Haga este razonamiento y verá que, comparativamente, cien mil muertos le parecen una nimiedad.

¿Cómo dice? ¿Que una bomba destruyó su casa y mató a cuatro de sus hijos? Es doloroso, ya me lo imagino. ¿Y que el único hijo que sobrevivió perdió sus bracitos?

¡Angelito! Pero entre nosotros la tecnología está muy avanzada, se los dejaremos como nuevos e incluso mejor, ya verá cómo vuelve a casa más espabilado que un grillo y cuando sea mayor podrá votar con sus bracitos tecnológicos.

¿Para qué le servían sus bracitos de verdad si no podía votar? ¿Que también su marido murió? Cuánto lo siento. ¿Y su hermano? ¿Que se hizo pasar por un mendigo y cuando llegó al puesto de control americano sacó una metralleta y disparó contra los soldados?

No debería habérmelo dicho, señora. Su hermano es un terrorista. Su hermano, para manifestar su contrariedad, eligió una solución políticamente incorrecta. Ustedes, los iraquíes, no son leales, no combaten en igualdad de armas, no respetan la Convención de Ginebra.

Acerca de la cuestión de las presiones sufridas por los prisioneros, consiéntame no estar de acuerdo con usted. Es cierto que los medios empleados resultan algo anticuados, no puedo desmentirla, puesto que existe documentación fotográfica: descargas eléctricas en los genitales, palizas con bastones de hierro, presos desnudados, encadenados, atados con traíllas, sodomizados con distintos instrumentos adecuados a tal finalidad, incluyendo el tradicional órgano masculino.

Pero verá, estimada señora, lo que cuenta no son los medios. Si estas prácticas se llevaran a cabo con una finalidad antidemocrática, para instaurar una dictadura, por ejemplo, lo innoble del fin convertiría sin duda en innobles a esos medios.

Pero si éstos se llevan a la práctica para alcanzar un fin nobilísimo como la democracia, santo Dios, pero ¿es que no entiende que tales medios resultan, por esa misma razón, ennoblecidos?

Sobre las motivaciones que nos han inducido a intervenir en su país, aparentemente tiene usted razón. Pero tengo que desvelarle un secreto. Desde el primer momento, el objetivo de nuestro presidente fue el de llevarles la democracia.

De forma vivaz incluso. Sólo que no podía revelarlo porque el mundo no le hubiera creído. No puede ni imaginarse usted cuántas envidias, cuántos rencores, qué falta de reconocimiento por todo el Bien que hemos llevado hasta el último rincón de la Tierra, desde el sudeste asiático hasta Suramérica y África.

Pensando siempre en el bienestar ajeno, hemos exportado nuestras materias primas y nuestros recursos por todas partes sin preocuparnos por nosotros mismos. Eso es lo que nos enseñaron grandes presidentes como Johnson, Nixon, Reagan, Bush I, Bush II, quienes, tras la insatisfactoria experiencia de la presidencia de Kennedy, enseñaron al mundo las vías de la Democracia Absoluta.

Si hubiéramos declarado de inmediato nuestros nobles motivos, decía, el mundo no nos hubiera creído.

De modo que tuvimos que recurrir a una pequeña estratagema: nuestro secretario de Estado, agitando una ampolla ante la asamblea de la ONU, sostuvo que se trataba de un líquido mortal, de un arma de destrucción masiva, y que su país guardaba inmensos depósitos de tal líquido.

¡Pero si no era más que un truco inocente! ¡No era un líquido mortal, era tinta electoral! Es cierto que no fueron muchos quienes nos creyeron, y que el mundo entero se echó a la calle.

Ya sabe usted, la gente común es así, cree que la guerra es un mal indiscriminado, sigue sin comprender que no todo el mal provoca daños. Y es que el pacifismo es un mal bicho, harán falta siglos para erradicarlo, pero nosotros nos estamos esforzando en ello. Con todo, recordará usted el día triunfal en el que las estatuas de dictador de su país fueron abatidas.

Es una pena que junto a las estatuas fueran abatidas también sus ciudades, a veces una cosa lleva a la otra. Pero no se torture, reconstruiremos su país dejándolo como nuevo: nuestras empresas y las de nuestros aliados están aquí precisamente para eso. Entiendo la objeción que me hace: hace algunos años, ese dictador era aliado nuestro.

Lo admito. Hasta le dimos armas y gases, porque tenía algunos problemillas con los iraníes y con los kurdos. Nos fiamos de él. Son cosas que ocurren. Errar es humano. De todas formas, últimamente había empeorado bastante.

Hoy es un gran día para la Democracia Absoluta. Dale que te pego, hemos hecho que entiendan que las urnas son el bien supremo de la humanidad,cueste lo que cueste. Y es un día de derrota para los pacifistas.

¡Debería darles vergüenza! Hemos demostrado que la paz no conduce a ningún sitio. La paz sólo crea conflictos, provoca guerras, conlleva muerte y destrucción. Yo también era pacifista, en mis tiempos, y me avergüenzo de ello. Y miraba con recelo a las democracias parlamentarias, hasta el extremo de mantenerme al margen, declarándome «extraparlamentario».

Y razón no me faltaba, porque el modelo más pernicioso eran las socialdemocracias escandinavas, que aún están imbuidas por la peligrosa ideología del pacifismo.

Créame, señora mía, son democracias de lo más aburrido: en esos países los ciudadanos se aburren hasta la saciedad, y además en invierno oscurece enseguida y hace un frío de perros.

Después tuve ocasión de arrepentirme: el pacifismo no compensa. Y comprendí el valor de la Democracia Absoluta, la que no se pierde en disquisiciones sobre derecha e izquierda, conceptos definitivamente superados, sino que impulsa la economía y hace más vivaz el mundo.

Y ahora soy opinante de profesión. Y ejerzo mi profesión en lugares en los que se cultivan las opiniones. No, no es exactamente la profesión de periodista como se entendía en el pasado.

Los periodistas acuden al lugar de los hechos, mandan noticias, informan: el suyo es un trabajo anticuado y a menudo también irritante. Entre información y opinión hay un abismo, un salto de calidad.

No sé bien cómo explicárselo, es algo así como sus mulás de las escuelas coránicas, pero democráticos, no sé si me explico. Es un oficio intelectual. Digamos que nosotros, quienes nos dedicamos a este oficio, somos los nuevos intelectuales, los nuevos filósofos, los nuevos juristas de la nueva era democrática global.

Hago votos para escuchar muy pronto su opinión. Para mí su opinión es importante, señora. Daría la vida con el fin de que pudiera expresar usted libremente su opinión. Con todos mis respetos, créame suyo.

Un opinante democrático.

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* Escritor. Artículo publicado en el diaraio español El País.

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