Nov 9 2009
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Opinión

Chile, a propósito del bicentenario

Carlos Pérez Soto.*

El 18 de Septiembre de 2010 se conmemorarán 200 años de la ceremonia en que la clase dominante de un país oscuro y retardatario acordó renovar su juramento de fidelidad al Rey de España, un hombre manifiestamente corrupto, apresado tras la invasión del ejército francés, que representaba los valores más progresistas de esa época, es decir, los valores de la institucionalización burguesa.

Es de conocimiento público y notorio que la llamada Independencia de Chile se declaró por primera vez sólo el 12 de Febrero de 1818, en el marco de una guerra civil en que chilenos realistas intentaban resistir la toma del poder por parte de elementos formalmente “liberalizantes” que, en realidad, no eran sino un puñado de caudillos ansiosos de “revolucionar” el estado de cosas imperante en su propio provecho, que ellos solían llamar “los altos intereses de la Patria”.

El período que va entre 1810 y 1818 debe ser considerado como una época de guerra civil entre chilenos, en que ambos bandos representaban fracciones contrapuestas de la clase dominante, formada una por terratenientes católicos, profundamente conservadores, machistas hasta el grado de lo absurdo, pacatos y autoritarios, y el otro por terratenientes católicos, envanecidos por tibias influencias europeas, que se preciaban de progresistas, pero que reivindicaban el derecho de saquear a los enemigos vencidos, de reclutar sus tropas por la fuerza, y de utilizar esclavos e indios como sirvientes.

La enorme catástrofe económica, social y humana que significaron estas guerras, que se cuentan entre las más sangrientas de nuestra historia, se vio agravada aún por su prolongación, entre 1818 y 1831 por otras confrontaciones entre civiles militarizados al interior del propio bando vencedor, que no logró, ni intentó, superar su tendencia al personalismo, a la dictadura corrupta, al compadrazgo y la arbitrariedad revestida de legalismo.

Estas nuevas guerras civiles no terminaron, a su vez, hasta la restauración, ahora con retórica “independentista” de los mismos terratenientes conservadores que hacía a penas 15 años habían apoyado el bando del Rey. Bajo la opresión reaccionaria de los decenios se conformó finalmente el “orden republicano”, que no hizo sino prolongar, bajo una retórica grandilocuente, el oscurantismo arrastrado por 250 años. Ese oscurantismo que llevó a prohibir los carnavales, el que obligó a presos pobres a levantar el Puente de Cal y Canto, y a los indios a ser reconocidos a la fuerza como “chilenos”, con el único resultado de ponerlos bajo un sistema jurídico que permitía la apropiación, ahora impune, de los territorios que habían logrado defender por más de dos siglos de la invasión europea.

La verdad de la independencia no es sino el reemplazo del colonialismo por la dependencia “libre” de nuevas potencias europeas, que asolaron con su influencia todo intento de cultura autónoma, que fueron servidas en sus intereses por toda la clase política, que pudieron saquear el país ahora con el consentimiento de los propios poderes locales.

El siglo XIX en Chile no es sino una prolongación en tiempo de comedia de la lógica trágica del colonialismo de los tres siglos anteriores. La misma Iglesia opresiva y omnipresente, los mismos terratenientes pacatos y mediocres, el mismo desierto cultural y político, los mismos pobres, que eran más del 90 % de la población, muriendo de desnutrición, tifus y viruela.

No celebramos absolutamente nada celebrable en este bicentenario. Más bien deberíamos dejarlo pasar, con algo de rubor y mucho de enojo, con el menor perfil posible. El bicentenario no es sino un recordatorio infame de la mediocridad galopante de este país.

Si quisiéramos empezar a hablar de independencia de Chile, habría que empezar a fines del siglo XIX, con el Partido Demócrata, con los intelectuales positivistas, con nuestros primeros artistas reales, oscilando entre la fascinación europeizante y su potencia creadora irrefrenable. Balmaceda,  Lastarria, Malaquías Concha, son los precursores de la independencia de Chile. Mistral, Neruda, Recabarren, Huidobro, son algunos de sus más insignes luchadores. La lucha por la independencia de este país culminó con el gran movimiento popular que encabezó Salvador Allende.

Los promotores del bicentenario no son sino los enterradores de la independencia que dicen celebrar.

* Académico en Filosofía.

 

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1 Comentário

Comentarios

  1. oscar
    10 noviembre 2009 15:07

    Estimado profesor, cuanta verdad hay en sus palabras, me tomo el atrevimiento de trasferir estas humildes oraciones, hay en la historia de latinoamérica nuestra propia historia personal…
    “La Edad de la Inocencia.La gente de la ciudad ha desarrollado un intrincado laberinto donde todos corren buscando la salida. Pero como decía Borges, la salida no es lo principal, lo importante es el centro.La psicología educacional es un término del que nadie habla y te haré una pregunta. ¿A quién le importa tu destino?, realmente, ¿Les importamos a alguien?, parece simple pero no lo es, la respuesta es durísima, para estar preparado en la contestación se debe perder la ingenuidad, la candidez de la niñez, y la debemos perder como individuo tanto como sociedad, eso lo aprendí muy bien en argentina porque no sirve que unos pocos lo sepan. Pero… ¿Cómo Fue?: La primera señal fue la pérdida de los valores de los abuelos, los que se habían ido de aquí escapando de un régimen siniestro, y hablo de toda europa, cuando vives circunstancias extremas el “ser ahí” se vuelve o más reflexivo o más perverso, depende de quien te halla formado a ti. Lo segundo que se perdió fue el amor al trabajo y la expeculación como método, no como medio circunstancial de ganancia eventual, sino de existencia. Abandonar esta idea implica también (piensa bien esto) dejar de lado la lucha por cualquier igualdad social. Lo tercero fue el desgaste de la autoridad en la escuela, la violencia es un síntoma, no una consecuencia y nadie quiere saber por qué se produce (¿por qué será?). La cuarta fue romper la estabilidad laboral, el miedo te condiciona poco a poco a aceptar lo inaceptable en otra época. Lo último que ví antes de buscar mi propia “salida” y venirme fue la suma de todos los acontecimientos juntos y la sorpresa general de la gente diciendo. ¿CÓMO LLEGAMOS A ESTO? . ¿Se entiende el mensaje?”