Ago 8 2007
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Opinión

Chile. – ANTES Y DESPUÉS DE CODELCO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Cada vez que se echa una mirada a la exitosa economía chilena, una de las aristas que sobresale es la ampliación de la brecha entre ricos y pobres. Y ésta no puede ni siquiera disimularse con la disminución de la pobreza. Está claro que hay necesidad de compartir.

En esto las cifras pueden dar distintas visiones. Depende del grupo que se compare. Mientras más abultado, menor es la distancia. Si en vez de un quintil (vigésima parte) de los más ricos y pobres, se parangona a la centésima parte de ambos grupos, la diferencia ya no será de trece veces el ingreso de unos en comparación con los otros, sino aberrantemente mayor.

No puede dejarse pasar que 23 grupos económicos tengan a su disposición el 80% de los ingresos y que el 20% que queda se reparta entre el resto de la población. Estamos hablando de varios miles contra más de quince millones de chilenos.

En este escenario es que aparece la huelga de Codelco y el acuerdo para terminar con el conflicto. Desde cualquier punto que se mire, ha sido un éxito para los trabajadores externos. Esto no sólo se comprueba por los logros económicos y granjerías alcanzados, sino por la virulenta reacción de eminentes empresarios.

Como todo cambio importante –insisto que estamos ante el inicio de uno– éste va mucho más allá de lo económico. Es lo que explica la reacción de los políticos e incluso el profundo involucrarse de la Iglesia. Y es lo que me impulsa a preguntar ¿todo ha sido una coincidencia?. O si la pera estaba madura y cayó en el momento en que debía caer. Esto último parece indiscutible. Pero difícilmente los procesos sociales surgen por casualidad, sin que haya un elemento gestor que estimule el detonante. En este caso, creo que no se ha dicho todo y que hay demasiada parafernalia producto de los intereses en juego.

Partamos por lo que dirá la Historia. Seguramente reconocerá que la puerta de la equidad se abrió en el gobierno de la presidente Michelle Bachelet. Eso es algo no menor para una mujer de ideología socialista. Pero una cosa es lo que dice la historia, que en este caso podría no ser más que el subrayado de un hito, y otra es responder a la pregunta ¿Quién fue el responsable de que este paso se iniciara?

No me parece casual que haya habido una división en las visiones al interior del gabinete ministerial. Y menos casual me parece que llegaran al punto de mostrar como vencedores al ministro del Trabajo, Osvaldo Andrade, con el respaldo sólido del ministro del Interior y jefe del gabinete, Belisario Velasco. ¿A quienes derrotaron esta dupla? A miembros del sector más neoliberal, compuesto por el ministro de Hacienda, Andrés Velasco y la ministra de Minería, Karen Poniachik.

¿La presidenta no sabía lo que se estaba cociendo? Es difícil sostenerlo sin propósitos de desprestigio encubiertos. Más aún si se considera que Osvaldo Andrade es compañero de su partido y posiblemente de sutiles afinidades ideológicas que en el socialismo son tan frecuentes.

Además, el trato del conflicto fue con guante blanco. La policía sólo intervino como elemento disuasivo. Se cuidó mucho de reprimir con la fuerza con que lo hizo en Curanilahue. Se puede decir que eso dependió del Ministerio del Interior. Pero en estas materias la presidenta está lejos de ser personaje ausente. Cuando se reprimió en forma desmedida a los estudiantes, en la huelga de los pingüinos, los uniformados responsables pagaron con su carrera.

Hay datos aún más decidores. El propio Osvaldo Andrade dice a los dirigentes de los contratitas que si no son escuchados, una huelga cambiaría las cosas. Y allí se desencadena el movimiento. No es que crea que el ministro guió a Cristián Cuevas, el líder máximo de los contratistas. Pero ayudó a poner las cosas en su lugar. ¿Esto lo sabía la presidenta?

Hasta ahora, Bachelet sólo ha criticado a sus ministros por la locuacidad. Pero en ningún momento tomó medidas definitivas para alejar el conflicto de Codelco. Cuestión que formalmente pudiera haber sido comprensible. Sólo que a veces lo comprensible no es ético si se mira en la perspectiva del tiempo.

La cuarta administración de la Concertación no podía seguir haciendo vista gorda con lo que ocurría con el reparto de la riqueza en el país. Ya había pasado el tercer gobierno, el mejor de la centro derecha en el último siglo, según Carlos Altamirano. El ex presidente Ricardo Lagos cumplió el papel que creyó le correspondía. Ahora era necesario abrir la puerta del reparto. No se hizo con los excedentes del cobre por temor a desatar la inflación. Había otro camino. Y ese comenzaba en la empresa más grande e importante con que cuenta el Estado chileno.

Pese a que Codelco tiene sólo 28 mil de los más de dos millones de contratistas que hay en el país, debía transformarse en símbolo.

Que lo ocurrido fue en el momento preciso, lo avalan distintos elementos que asomaron en estos días. La derecha se desmarcó del problema y no hizo pronunciamientos sobre el conflicto. Apenas hubo un tímido reconocimiento a las palabras del obispo Alejandro Goic, cuando habló de un sueldo mínimo y un sueldo ético. Sebastián Piñera, salió casi con aplausos. El líder de la derecha debía hacerlo, sobre todo en este instante en que trata de desligarse de su imagen de empresario para tener el tejado sólido cuando vuelva a intentar ser presidente de la República.

En general, la oposición ha buscado seguir presionando al Gobierno por otras materias que incluyen al controvertido Transantiago. En la Concertación persisten las tensiones propias de una cohabitación ideológica. Claro que este conflicto es transversal. Sólo así se explica que diputados democratacristianos y socialistas apoyen al ministro del Interior. Es un intento de blindarlo ante cualquier amenaza de cambio. El otro Velasco, Andrés, está blindado por el sector empresarial.

¿Y en esto qué rol juega la presidenta? El que le corresponde. Sabe que tiene que abrir al país hacia una distribución más equitativa. Pero sabe, también, que no puede hacerlo sin la venia del empresariado. O, al menos con la aceptación, a regañadientes, de que es el mal menor. Curiosamente, en esto puede ir más lejos la Iglesia que el Gobierno.

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* Periodista.

wtapiav.vtr.net.

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