Mar 11 2009
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Política

Chile, héroes en desuso

Wilson Tapia Villalobos*

El tiempo es implacable cuando se encarga de mostrar verdades que van mucho más allá de lo baladí de una moda o del tremendo contenido de un adagio popular. Como, por ejemplo, que nada es permanente. O que el ser humano pasa por la vida en un aprendizaje cuyo sentido no termina por comprender. Es lo que ocurre con los referentes.

¿Cuáles, quiénes con los héroes actuales? Para la entretención infantil, una mezcla de mecano con poderes extra sensoriales. Para los adolescentes, el cantante de moda o el astro deportivo y, pocos, miran hacia la trascendencia. Ya adultos, el referente es el exitoso, el que alcanza la cumbre del poder. Aunque se mantenga allí el tris de la apertura y cierre de un "close-up" televisivo.

Por eso, hoy ser revolucionario es casi una mala palabra. A nadie se le ocurre cambiar el sistema por otro. Eso no tiene prensa. Hay que buscar cómo operar dentro del sistema. Cómo lograr sacar ventajas de él, aunque sea adversándolo. En eso hasta los antisistema son pragmáticos. Y para qué decir los dirigentes políticos.

Pareciera que el éxito en política está directamente vinculado con la capacidad de adaptarse a las nuevas circunstancias. Si eso significa un cambio abrupto de visión ideológica, poco importa. Es duro, pero pareciera que en la actualidad se acepta que el fin justifica los medios.

En Chile, tenemos una demostración de a lo que puede llevar el pragmatismo. La visión política termina en la barrera de lo posible. Y eso es negar la utopía. Quedarse con la convicción de que el mundo no puede ser mejor Que la felicidad no existe, porque hay que perseguir el éxito. Y, claro, en esa condiciones, el revolucionario es una rara avis y, de todas maneras completamente en extinción.

Demostraciones de lo que digo están disponibles cotidianamente. El senador Jovino Novoa presidente del Senado, es sólo un dato. Que haya sido en su momento casi el ícono de una dictadura, poco importa. El se excusa diciendo que ha ganado su cargo en dos elecciones senatoriales. Y tiene razón. Sin embargo calla que la primera no la ganó, sino que llegó a ocupar una curul porque el sistema binominal se lo permitió.

Pero está bien. El senador Novoa puede darse el lujo de decir que como cuenta con la voluntad popular que lo avala, no tienen que pedir perdón. Y allí comienzan los problemas. Eso se puede interpretar cómo que su pasado, anti democrático, es presente.

El senador es la antítesis de lo revolucionario. Él es un conservador de tomo y lomo. Y por eso lo puse de ejemplo. Tiene todo el derecho de serlo. Son las reglas democráticas. Pero no hay que jugar con el disfraz de algo que no se es. ¿Habría sido electo si en sus campañas hubiese mostrado orgullo por la dictadura a la sirvió? Tal vez, sí. Y eso sería una demostración de coherencia. Lo que está haciendo, en cambio, es un ejercicio de soberbia. Se escuda en la majestad del ejercicio democrático, que él sabe tiene, sobre todo en esta época de virtualidad, demasiadas grietas.

Y pensando en el que será el nuevo presidente del Senado chileno, recordé otro caso que ha causado conmoción aquí. Fidel Castro ocupó, por algunos días, los centros noticiosos nacionales. Como ocurre habitualmente con él, fue un ejercicio de alto contenido vituperante. Y llegó al límite cuando, después de recibir a la presidenta Michelle Bachelet en La Habana, se mandó una declaración apoyando la tesis boliviana de salida al mar.

A Bachelet se la hizo aparecer entrampada entre su admiración por el líder cubano y el desaire de una intromisión en un tema que Chile considera bilateral. Incluso se mostró hasta el cansancio el apresuramiento con que la mandataria chilena dejó la actividad en que estaba para ir al encuentro con Fidel.

Castro no es un súper héroe de la época actual. Es un revolucionario coherente con lo que cree: cambiar el sistema capitalista imperante por otro, a su juicio, más justo. Gusten o no sus ideas, esa es la realidad. Allí no hay travestismo político. Es el de siempre, defendiendo lo de siempre. En este caso fue la integración americana, la justicia frente a un injusto. Puede no gustarnos, pero nadie podrá negar que hay coherencia.

Bueno, eso hoy está en desuso. Ser coherente es estar fuera del tiempo. Una especie de rémora que complica a la política. Esta tiene que dar soluciones. Y esas se alcanzan sin traumas, en medio de negociaciones que, generalmente, benefician más al poder que a los desposeídos.

El tiempo es inexorable. Y nos permite avizorar las distintas facetas del ser humano. Para, tal vez, que cada uno se forme la idea de lo que es correcto y cuáles son los valores que deben guiar su vida.

En momentos de crisis, esto no es baladí.

* Periodista.

 

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