Ene 24 2006
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Política

CHILE: LA DERECHA EN LA ENCRUCIJADA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Hace más de medio siglo, si contamos con que Bachelet estará hasta el 2010 en el gobierno, que la derecha en Chile no gana una elección democrática con un hombre de sus filas. Su último representante fue Jorge Alessandri –que en 1958 ganó a duras penas la presidencia contra Allende, Frei y Bossay, es decir la centro izquierda dividida–. Este oscuro sino, que se agrava con el desprestigio que le legaran los 17 años de la tiranía pinochetista, parece ser un túnel, o más bien una caverna, clausurada en el fondo por una muralla infranqueable.

Su más cercano momento de romper este destino fue la aparición de un líder de marketing, Joaquín Lavín, que se perfiló como una esperanza para la derecha en 1999.

Pletóricos de confianza en este exitoso alcalde de Las Condes, la derecha más retrógrada representada por la UDI armó este líder con retazos recogidos a diestra y siniestra, un mamotreto que, como lo graficara la experiencia del doctor Frankestein, podría llegar a parecerse a un líder, caminar como uno de ellos, gesticular como él, y hasta guturar un lenguaje semejante, pero que a la hora de pensar como un líder y ejercer su oficio de tal, habría de derrumbarse como el personaje de Mary Shelley.

El símbolo de Caín

Lavín levantó un lenguaje populista tratando de hacer comulgar a la ciudadanía con la enorme rueda de carreta de que su partido, cargado de connotadas figuras del pinochetismo, era un partido “popular” representativo de las mismas masas empobrecidas y aherrojadas por la dictadura, cuyo principal sostén fueron precisamente los principales dirigentes de la UDI. Uno de los signos más afirmativos de esta verdad fueron las demostraciones de un odio desatado en contra de Pablo Longueira cuando se acercó a votar en ambas vueltas de la elección presidencial recién pasada.

La Pintana, el barrio que eligió en mala hora este derechista para aparentar ese populismo de la UDI, es un sector de gente humilde y de clase media que durante la dictadura de Pinochet sufrió con especial rigor la represión y la miseria de una tiranía que sólo sirvió para llenar los bolsillos de su gestor, el propio Pinochet –y de aquellos especuladores como Piñera que acrecentaron sus fortunas a costa del sufrimiento de estas masas–.

“Es como una burla que este… se venga a meter a La Pintana” declaró uno de los indignados pobladores que taparon a escupitajos al desubicado diputado pinochetista. La amarga experiencia de Longueira es el símbolo del principal escollo que tiene que superar la derecha si quiere perfilarse con reales posibilidades de poder. El apoyo a la dictadura y la traición a la democracia que hizo este grupo político es el estigma adhesivo que portan en la frente estos herederos del golpismo y del cual no saben cómo desprenderse.

Un muerto viviente

Para quienes creen en los castigos divinos, la desgracia del general Pinochet representa el más palmario ejemplo de los designios de la divina providencia. Jamás a un sujeto en la historia, quizás si hasta mundial, se le deseó tanto la muerte como a ese pobre espantajo viviente.

¿Qué habría ocurrido si el decrépito dictador hubiera tenido la gentileza de morirse hace diez años, como lo hicieron los otros tres cómplices de este sátrapa represor y rapiñero? Habría ocurrido lo mismo que intentó hacernos creer Piñera en su campaña de demagogia, es decir que ninguno de estos “inocentes” varones tuvo nada que ver con las atrocidades de su principal líder que, sin embargo, como mono porfiado, sigue ahí enhiesto recordándole al país con su presencia cuáles fueron sus fechorías y, lo que es peor para la derecha, cuáles fueron sus cómplices.

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Diez años habrían sido quizás suficientes para echar muchas paletadas de tierra sobre la tumba del dictador hasta que ya no emergiera más su pestilencia. Pero sigue vivo y así no le sirve ni a la Concertación, que se ve obligada a hacer equilibrios de pésimo malabarista para mostrar ecuanimidad –como cuando su detención en Londres– ni a los tribunales de justicia que, teniendo sus propias culpas que expiar, se ven obligados a desaforar y procesar a este molesto fantasmón, ni a sus propios familiares que están en la mira por los desfalcos del Nono, y, como decíamos, aún menos a la derecha política que debe seguir cargando sobre sus hombros una gratitud a regañadientes con el gato que les sacó las castañas del fuego.

“Si me lo dejas, me mata, y si me lo quitas me muero…”

Durante la primera vuelta de la campaña presidencial, y más bien en un afán de distanciarse de Lavín, Piñera utilizó la sabia táctica de descolgarse del carro pinochetista aun a riesgo de ofender a sus potenciales aliados si pasaba a segunda vuelta, como efectivamente ocurrió.

Su maniobra, electorera, pero efectista, le dio muy buenos resultados logrando desplazar a Lavin representante del pinochetismo más obstinado. Sin embargo, pagó el costo en segunda vuelta perdiendo parte del apoyo de la UDI, a pesar de haberse doblegado ante estos molestos aliados cuando tuvo que enfrentar la hábil trampa que le tendió el gobierno al enviar al Congreso con suma urgencia el proyecto de eliminación del binominalismo.

El resultado fue la confirmación del viejo axioma que aconseja jamás navegar en dos aguas pues lo más probable es que el barco se vaya a pique. Al condescender con sus aliados de la UDI en este crucial examen de su antipinochetismo negándose a reformar la Ley Electoral, espantó a aquellos que debía captar obligadamente para remontar la diferencia con Bachelet: ciertos sectores de la Democracia Cristiana que, si bien están proclives a derechizarse, les provoca mayor repudio las atrocidades y el ladronaje del santo patrono de la UDI.

El resultado final ya se conoce y tiene a este sector metido en una encrucijada de compleja resolución.

¿Cuál es entonces el camino con mayores posibilidades de éxito para la derecha? Difícil respuesta. Hay que analizarlo separando obligadamente a estos aliados que quedaran pegados con saliva luego del proyecto presidencial ímprobo y efímero en que se embarcó la Alianza derechista.

El diagnóstico médico para la UDI hasta ahora es simplemente principio de autopsia. Huele a cadáver porque seguir aferrada a un pasado repudiado por la inmensa mayoría del país, con carcamales que fueron figuras cruciales del apoyo civil al dictador, la circunscribe a un conglomerado electoral no sólo restringido, sino que cada vez más proclive a disminuir a medida que se conocen con mayores detalles las bribonadas del capitán general. Pero hacer un mea culpa público que lleve incluido el desembarco de los principales incondicionales del dictador, Longueira, Novoa, Chadwick, Moreira y otros especímenes, remplazándolos por gente joven que haya emergido a la vida política durante la democracia, equivaldría a un suicidio que llevaría inevitablemente al quiebre de ese partido.

Para Renovación Nacional la cosa aparece un poco menos trágica, aunque también la cirugía tiene que ser profunda. Hace un par de días Rodrigo Hinzpeters, probable futuro presidente de este partido, se manifestaba en el mismo sentido, aquel de separar obligadamente las aguas de su partido del pinochetismo, aunque para ello deban extirpar ciertos tumores necrosados detrás de los cuales aparecen vejestorios facistoides, como Onofre Jarpa, que cuesta esconder debajo de la alfombra.

Pero la posición de Hinzpeters, que cobra mayor fuerza luego de la derrota de Piñera, debe acompañarse obligadamente de alguna otra maniobra audaz, como es el alejamiento definitivo de Renovación Nacional de sus odiosos aliados, desahuciando la Alianza por Chile e iniciando un acercamiento hacia la Concertación con un claro propósito: si no puedes con tu enemigo, únete a él.

Esta última estratagema que debiera iniciar la derecha representada por RN, tiene un asidero bastante lógico en lo que decíamos al comienzo: la Concertación, que hoy celebra su quinta victoria consecutiva en 20 años si contamos el plebiscito de 1988, se verá enfrentada a un momento crucial de su existencia en los próximos tres años.


El espíritu del tiempo

Uno de los ataques de la derecha contra la Concertación en la campaña presidencial, la izquierdización de ésta, es objetivamente verdadero, más aún si el zeitgeist, lo que los alemanes llaman “el espíritu del tiempo”, es la marcada inclinación de América Latina hacia posiciones cada vez más radicalizadas y alejadas de la derecha y de la política de Estados Unidos.

Eso ha significado que la Democracia Cristiana vaya perdiendo gravitación en el conglomerado de gobierno a ojos vista, lo que ha comenzado a manifestarse en magros resultados electorales. Requiere entonces urgentemente un aliado dentro de la Concertación que le permita volver el fiel de la balanza a su posición original. Y es aquí donde entra Renovación Nacional en el juego.

Para algunos hablar de la sucesión de Michelle Bachelet cuando ésta ni siquiera ha asumido el poder, no sólo es apresurado y especulativo, sino hasta de mal gusto. Pero la política es así: especulativa y de mal gusto, por lo que vamos a extrapolar un poquito en el tiempo.

En el horizonte se yergue una sombra que amenaza tapar el sol de las esperanzas no sólo de la derecha, que por lo demás ya está acostumbrada a las derrotas, sino de varios otros que están en la propia Concertación. Esa sombra poderosa es la de Ricardo Lagos, un presidente que contra toda costumbre en Chile y América Latina, se va con una popularidad tan asombrosa que le augura sólo un breve descanso antes de tomar otra vez las riendas del país en sus manos. Traducido en lenguaje democratacristiano, un tercer socialista de una cadena que no parece cortarse muy pronto.

En previsión de ello la DC ya anunció que no aceptará nuevas primarias que sólo sirven para refrendar democráticamente la hegemonía de los socialdemócratas, PS, PPD y PRSD. Pero tampoco tiene solvencia electoral para imponer un nombre de sus filas ante la eventual candidatura de Lagos en el 2009. Sin embargo, ¿qué pasaría si contara a su lado con otro partido cercano a su línea como sería Renovación Nacional?

La Democracia Cristiana se vería potenciada para enfrentarse a Lagos no sólo en primarias si Renovación Nacional se incorpora a la coalición gobernante, sino que incluso, sin romper la Concertación, obligando a este conglomerado a presentarse con dos candidatos a la primera vuelta, como ocurrió con la Alianza recientemente.

Todo puede ocurrir en esta viña del Señor. Detener a Lagos, por ejemplo, podría ser la consigna que reviva soterradamente la realidad de 1964 en la que la derecha presentó un candidato de utilería, Julio Durán, pero votó por Frei para atajar a Salvador Allende. La historia no se repite según los dialécticos, pero ella se da maña para barajar el naipe cambiando cartas que al final servirán para el mismo juego con idéntico resultado.

Lo cierto es que ha llegado la hora de los maquilladores, de los gimnastas políticos expertos en volteretas y de los hipnotizadores, que intentarán hacernos creer que el espejismo de la justicia social y la esperanza en una equidad real de la sociedad chilena, se encuentra ahí donde hay sólo hojarasca y frustración.

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Escritor y científico.

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