May 22 2005
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Opinión

Chile: la montaña, la muerte

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Murieron los indefensos, los pobres. Héroes de la paz, los llamó el Presidente de la República. Pero no lo son, no son héroes: fueron víctimas. Su triste deceso es otro crimen cometido por oficiales del ejército chileno.

Las lágrimas –sinceras– de su comandante en jefe cobrarán sentido sólo y únicamente cuando el Estado a través de sus autoridades legítimas inicie de una vez por todas y termine la renovación y el saneamiento del ejército –y de todos los institutos armados–.

Por el contrario, si los golpes en el pecho, la lágrimas, las promesas, la investigación, las eventuales causas judiciales, el desgarro de la sociedad se conforma con “poner a salvo el honor de la institución” para responsabilizar a tres, cuatro o 10 personas –da lo mismo– por la atrocidad cometida, el país continuará confiando la seguridad de sus fronteras al ejército de la Escuela Santa María y a hombres formados bajo la prolongada jefatura de Augusto Pinochet.

Llevar a la alta montaña a algunos cientos de jóvenes sin instrucción previa, sin el equipo adecuado –en circunstancias que los servicios meteorológicos coincidian en que se iba a desatar una tormenta– es cuando menos una vesanía.

Que los oficiales resuelvan que esos niños deben marchar horas bajo la ventisca –ellos, los oficiales, a bordo de vehículos y en sus manos los instrumentos de comunicación vitales– conforma un cuento de cobardes. Al mismo tiempo da indicios de cómo son las relaciones al interior del ejército.

No se trata de “mano dura”, se trata de justcia.

EL POETA Y LA MARCHA

¡Ya viene el cortejo!
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines.
La espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines,
Ya pasa debajo los arcos ornados de blandas Minervas y Martes,
los arcos triunfales en donde las Famas erigen sus largas trompetas,
la gloria solemne de los estandartes,
llevados por manos robustas de heroicos atletas.
Se escucha el ruido que forman las armas de los caballeros,
los frenos que mascan los fuertes caballos de guerra,
los cascos que hieren la tierra,
y los timbaleros,
que el paso acompasan con ritmos marciales.
Tal pasan los fieros guerreros
debajo los arcos triunfales!
Los claros clarines de pronto levantan sus sones,
su canto sonoro,
su cálido coro,
que envuelve en su trueno de oro
la angustia soberbia de los pabellones.
El dice la lucha, la herida venganza,
las ásperas crines,
los rudos penachos, la pica, la lanza,
la sangre que riega de heroicos carmines
la tierra;
los negros mastines
que azuza la muerte, que rige la guerra.
Los áureos sonidos
anuncian el advenimiento
triunfal de la Gloria;
dejando el picacho que guarda sus nidos,
tendiendo sus alas enormes al viento,
los cóndores llegan. ¡Llegó la victoria!
Ya pasa el cortejo.
Señala el abuelo los héroes al niño
-ved cómo la barba del viejo
los bucles de oro circunda el armiño-.
Las bellas mujeres aprestan coronas de flores,
y bajo los pórticos vense sus rostros de rosa;
y la más hermosa
sonríe al más fiero de los vencedores.
¡Honor al que trae cautiva la extraña bandera!
¡Honor al herido y honor a los fieles
soldados que muerte encontraron por mano extranjera!
¡Clarines! ¡Laureles!
Las nobles espadas de tiempos gloriosos
desde sus panoplias saludan las nuevas coronas y lauros
-las viejas espadas de los granaderos, más fuertes que osos,
hermanos de aquellos lanceros que fueron centauros-.
Las trompas guerreras resuenan,
de voces los aires se llenan…
A aquellas antiguas espadas,
a aquellos ilustres aceros,
que encarnan las glorias pasadas…
Y al sol que hoy alumbra las nuevas victorias ganadas
y al héroe que guía su grupo de jóvenes fieros;
al que ama la insignia del suelo materno;
al que ha desafiado, ceñido el acero y el arma en la mano,
los soles del rojo verano,
las nieves y vientos de gélido invierno,
la noche, la escarcha,
y el odio y la muerte, por ser por la patria inmortal,
¡saludan con voces de bronce las trompas de guerra que
tocan la marcha triunfal…!

(Rubén Darío, La marcha triunfal).

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