Ene 4 2010
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Opinión

Chile, las caretas del cambio

Wilson Tapia Villalobos.*

Afortunadamente esto termina el domingo 17. Después, el cambio, en la acepción “política”, volverá a ser mutación, transformación, metamorfosis, modificación. Y no el abigarrado sayo con que se cubren hoy quienes desean hacerse del poder político.

Sin duda, el mundo está cambiando. Pero no lo está haciendo de una manera tan nítida como que para marchar al son requerido baste con construir una cancha de fútbol cada diez minutos. O que sea suficiente declarar que el gobierno debe hacerse ajeno a los partidos. El cambio va más allá. Y las declaraciones que se formulan por estos días obedecen más a egos rebosantes y ambición desmedida que a verdadera comprensión de lo que ocurre.

Si bastara sólo con ser joven para comprender el cambio social, Marco Enríquez ya sería presidente de Chile. Habría ganado en primera vuelta. Pero no fue así. Y hoy tenemos que soportar a su entorno dar clases de política de la nueva era. ¿Qué hubiera pasado si renunciaban todos los presidentes de los partidos de la Concertación? Seguramente, nada. Marco habría seguido con su perorata –bastante realista, por lo demás– de que no es dueño de la voluntad de quienes lo votaron. ¿Y? ¿Se habría refundado la Concertación? Evidentemente, no.

Pepe Auth, presidente del Partido por la Democracia (PPD), y el senador José Antonio Gómez, presidente del Partido Radical Socialdemócrata (PRSD), escucharon el llamado de Enríquez. Renunciaron. ¿Demostraron que estaban con el cambio? Trataron de arrastrar en la rodada al senador Camilo Escalona, presidente del Partido Socialista (PS), y al diputado Juan Carlos Latorre, presidente de de la Democracia Cristiana (DC). No lo consiguieron.

Si uno mira con detención, allí hay más cobro de cuentas personales y partidarias que estrategia política. ¿Qué se habría logrado con la Concertación acéfala en los últimos quince días de la campaña presidencial? Ya habrá tiempo –tal vez cuatro años– para saldar cuentas internas. Pero el camino no era el que pretendía dictar, sí dictar, Marco. Puede que en el futuro el joven líder esté en condiciones de darse ese gusto. Pero hoy no es más que la representación de un malestar. Su fuerza política es igual a cero. Y en política, vieja o nueva, el poder es el que determina las jugadas y, sobre todo, los resultados.

Leyendo declaraciones de su ex vocero, se puede llegar a conclusiones un tanto desorbitadas. Max Colodro dice que más de 70% de los chilenos se pronunció por el cambio. Para llegar a tal cifra suma los votos de Enríquez, Arrate y Piñera. O sea, el cambio es cambiar a la Concertación. Pobre idea de cambio. Luego, agrega que la Concertación ve a Chile en blanco y negro, “dividido por la lógica de la Guerra Fría”.

Cuando la periodista le pregunta si la derecha tampoco se ha conectado con este Chile nuevo, Colodro responde: “Sabat y Chahuán, sí, y los diputados por las Condes que doblaron, también. Piñera, si, porque todos ellos representan una manera de ver el mundo no dividida por antagonismos fundacionales”.

¿Y qué carajo significa eso? ¿Acaso el mundo no está dividido entre ricos y pobres? ¿Acaso Sebastián Piñera no mira el mundo como un empresario exitoso? ¿Acaso el reparto de la riqueza en Chile no es una vergüenza? Y que vengan a decir que la responsabilidad de todo no es de los que amasan dinero, sino de los que gerencian el modelo, me parece una frescura. Los antagonismos fundacionales no los creó la Concertación. Ni siquiera los comunistas. Las cosas vienen desde antes así. Y cuando a uno tratan de convencerlo que el cambio lo representan los que han medrado de la riqueza del país por quinientos años, es justo rebelarse.

El 17 de enero los chilenos dirán la última palabra. Dirán cómo entienden este cambio que nos quieren vender algunos jóvenes políticos y los viejos manejadores del poder económico. Y esa respuesta tendrá que ser aceptada dentro del juego democrático. Es lo que corresponde. Pero no lo es que traten de convencer a la gente que viene algo nuevo de la mano de lo mismo que se conoce en esta tierra desde mucho antes que se comenzara a tejer el bicentenario. La única diferencia es que ahora también han llegado empresas españolas para hacer el negocio directo. Antes habían sido algunos de sus adelantados que trajeron encomiendas y luego se fueron labrando una fortuna. Su proceder, esforzado, sin duda dejó huellas. Son las que, con un cuestionable “antagonismo fundacional” muestran los mapuches que todavía reclaman sus tierras.

Las dos candidaturas presidenciales no están separadas por una visión revolucionaria. Pero lo concreto es que en términos valóricos sí hay diferencias. Y aunque se caiga en el terreno de loa antagonismos fundacionales, no fue la derecha la que terminó con la dictadura. Hay críticas que se formulan a la Concertación que se ajusten a la realidad. Se han cometido errores serios, el anquilosamiento uno de ellos. Pero esta rebatiña que pretenden crear para sacar ganancias en el río revuelto, no es política. Tampoco es cambio.

Es falta de ideas y el intento de cobrar cuentas con las manos de los electores.

* Periodista.

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