Ene 3 2007
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Opinión

Chile: ópticas, ángulos. – CHILENOS E IRAQUÍES ¿SOMOS TAN DISTINTOS?

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

El 10 de diciembre, el general (r) Augusto Pinochet dejó de existir por muerte natural. En Bagdad, el 30 del mismo mes, Sadam Husein era ahorcado. Dos decesos diferentes que pueden hacer pensar en lo distinto que somos los chilenos de los iraquíes. En lo diversas que son nuestras instituciones. En el valor que la vida tiene en ambas naciones.

¿Somos tan distintos, en realidad?

Con la muerte de Pinochet, la Justicia chilena se sacó un peso de encima. Un peso que la incomodó desde el momento mismo en que ante los ojos del mundo asumió la responsabilidad de juzgar al general aquí, en su patria. En el lugar en que se cometieron los crímenes de lesa humanidad –y de los otros– que se le imputaban. Fue la condición para que dejara Londres, donde estuvo detenido 503 días, a contar desde el 16 de octubre de 1998.

Pasaron 8 años, y los tribunales chilenos no fueron capaces de emitir un fallo. Era evidente que se trataban de dilatar los procesos para que la naturaleza viniera en ayuda de la altanera justicia nacional. Si, el tiempo jugaba a su favor. Pinochet murió y sus crímenes no lo tendrán a él como responsable.

¿Por qué ocurrieron así las cosas? ¿Es posible imputar sólo a la justicia lo ocurrido con el sátrapa chileno? Que los magistrados tienen un alto grado de responsabilidad en esta mascarada, no cabe duda. Pero entre éstos, los que se llevan la principal cuota son los ministros de la Corte Suprema. Finalmente son ellos los que se entienden con el poder político.

Y aquí está el gran autor de lo ocurrido. El poder político fue el que determinó que la justicia en Chile sería sólo en la medida de lo posible. Y así se hizo desde el regreso de la democracia en todo lo relativo a Pinochet y a los grandes beneficiados con las privatizaciones y otras actividades lesiva para el patrimonio nacional ocurridas durante la dictadura.

Justicia en la medida de lo posible es carecer de justicia. Decir otra cosa es nada más que un eufemismo. Porque la medida de lo posible la ponen quienes tienen el poder. Y el poder estaba –y está– en manos de aquellos que cometieron directamente los abusos o los permitieron.

Me dirán que esto era preferible a la tiranía impuesta por el general y sus secuaces. Tendré que aceptar que una democracia deficiente será siempre mejor que una dictadura. Pero eso es la mirada pragmática. La mirada que sirve para enfocar el presente. No sirve para proyectarse hacia el futuro, ni menos para delinear un proyecto de país que sea capaz de desarrollarse sin iniquidades y con un basamento ético respetable. Como debe ser. No en la medida de lo posible.

¿Qué ocurrió en Iraq? Sadam fue ahorcado el 30 de diciembre, porque el tres de enero de 2007 cambia la correlación de fuerzas en el congreso estadounidense. La mayoría republicana que hoy domina allí dejará de serlo. Cederá paso a los demócratas, vencedores en las últimas elecciones legislativas. Por lo tanto, el poder político necesitaba que se terminara el asunto Husein antes de que las cosas se pusieran complejas en Washington. El presidente George Bush ya no podrá hacer y deshacer en Irak. O al menos, no lo podrá hacer al mismo costo que lo hacía cuando la mayoría parlamentaria estaba en manos de su partido.

Para decirlo claramente, Sadam Husein murió con un juicio apresurado. Un proceso que ha recibido críticas de instituciones tales como Amnesty International y Human Rights Watch. Ambas entidades denunciaron sin desmayo los atropellos a los derechos humanos cometidos durante las más de dos décadas que Sadam Husein gobernó Irak. Sin embargo, para las dos está claro que los derechos de Sadam no fueron respetados. Su juicio careció de imparcialidad.

También en este caso el poder político –la potencia ocupante, Estados Unidos, y sus aliados chiítas locales– necesitaba una respuesta adecuada de la judicatura. Y la obtuvo.

En el caso iraquí, más que en el chileno, pareciera que la justicia que impera en el país no es tal. Pero esa es sólo una percepción que está lejos de la realidad. Pese a las diferencias culturales, chilenos e iraquíes están sometidos a una justicia venal ante el poder político.

Es cierto, Chile está lejos de tener ocho mil años de historia, como es la que respalda a los herederos de la civilización babilónica. Pero hoy estamos muy cerca. La avasalladora realidad globalizada y el neoliberalismo han hecho posible que la democracia se difunda por todos los rincones del planeta. Desgraciadamente, es una democracia sometida a las apetencias de un poder político marcado por la ley de la selva.

No somos tan distintos.

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* Periodista.

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