Abr 2 2007
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Economía

CHILE PSICÓTICO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Todo esto había comenzado en días previos. Las autoridades pusieron su aporte, aunque ahora quieran culpar sólo a los medios de comunicación. Es cierto, éstos están interesados en amplificar conflictos que perjudiquen al gobierno. Pero fue el general director de Carabineros, José Alejandro Bernales, quien colocó la primera piedra de la estructura comunicacional. Frente a las protestas por el mal funcionamiento del Transantiago, dijo que las fuerzas de su institución se encontraban agotadas. Un eufemismo que podía interpretarse como sobrepasadas.

Luego vinieron anuncios desde el Ministerio del Interior. Diariamente se hacían comentarios acerca de los preparativos para el Día del combatiente. Todos terminaban en que la situación se encontraba bajo control. Pero tanta preocupación podía significar sólo una cosa: que la mano venía difícil. Esto, más los reclamos por la locomoción, provocaron la psicosis.

Material para especialistas.

Seguramente, sociólogos y psicólogos tendrán mucho que decir en el futuro. Por ahora deben estar en el período de recopilación de antecedentes. Hay bastante. Dejando de lado la falta de previsión de los que tienen la obligación de mantener la calma y trasmitirla a la ciudadanía, hay otras cosas preocupantes. Por un lado, el enojo de quienes protestan. Por otro, el temor que cunde en la sociedad chilena. Ambas son manifestaciones psicóticas. Demostraciones anímicas de enfermedades mentales.

Las explicaciones científicas vendrán más adelante. La realidad, sin embargo, permite trabajar con el sentido común. El temor es una herramienta que se ha usado desde tiempos inmemoriales. No en vano el miedo es considerado como un elemento tanto o más poderoso que el sexo en la conducta humana. De eso el poder da muestras constantes. Ciudadanos sometidos por el miedo, no son precisamente personas capaces de hacer valer sus derechos. Aquí, este elemento es utilizado constantemente por la oposición para culpar al gobierno de inoperancia frente a la delincuencia, a las protestas, al vandalismo. Y las autoridades usan la misma herramienta para intentar mantener sumisos a sus mandantes.

La estratagema ha dado resultados.

Lo de las protestas es algo más complejo. El chileno tiene razones para protestar. Vive en una sociedad que es mostrada, incluso internacionalmente, como exitosa. Para muchos países en la misma condición de subdesarrollo que el nuestro, es modelo a seguir. Y, claro, si la realidad fuera como la ve el economista Sebastián Edwards, tendrían razón. Criticando a los “izquierdistas nostálgicos”, sostiene que éstos “aborrecen la idea de que las clases más populares puedan comprar a crédito lo que quieran y viajar a Miami en vacaciones”.

Pongo de ejemplo a Edwards porque leí su columna en La Tercera. Pero esta es la idea de muchos personajes que, desde el neoliberalismo, creen aportar soluciones a los problemas de los sectores menos protegidos de la sociedad. También podría citar a Carlos Larraín, presidente de Renovación Nacional, que exhibe su sensibilidad social a través de su asesora del hogar. Afirmó, en un programa radial, que ahora, con los problemas del Transantiago, no le exige que le sirva el desayuno a las 7:15 de la mañana. La autorizó a llegar a su casa un poco más tarde.

Podría citar otros casos. Posiblemente de distintas ideologías políticas. Quiero decir que esta mirada autocomplaciente respecto de su proceder no es exclusiva de la derecha. La Concertación está conforme con lo logrado. En el balance de su gestión de diecisiete años, muestra ufana las autopistas, las carreteras. Autopistas subterráneas en las zonas habitadas por sectores pudientes de la capital, y atentatorias contra el paisaje urbano en las áreas de gente humilde.

A nadie parece importar que Chile sea hoy más injusto en la distribución de la riqueza que hace diez años. O que al enfrentar un problema que afecta gravemente a compatriotas de menos recursos, el ministro de Hacienda, Andrés Velasco, imponga la visión macroeconómica sobre el bienestar de la población.

Si aún quiere buscar más razones para las protestas, échele una mirada al informe que sobre Chile acaba de evacuar el Comité de Derecho Humanos de la Organización de Naciones Unidas. Reconoce avances en cinco materias: término de senadores vitalicios y designados; reforma constitucional que estableció igualdad entre hombre y mujeres; reforma del Código de Procedimiento Penal al separar las funciones de las autoridades encargadas de acusación y juicio; políticas para mejorar el sistema penitenciario; ley de divorcio, tipificación de acoso sexual y violencia intra familiar.

Frente a estos logros, el Comité señala falencias en otras catorce áreas. Estas van desde la inexistencia de una organización estatal que vele por el respeto a los Derechos Humanos, hasta el atropello de los derechos de los pueblos indígenas, pasando por la penalización del aborto, incluso cuando el embarazo amenace la vida de la madre; la mantención de la ley de amnistía; la limitación de los derechos sindicales; el procesamiento de civiles por tribunales militares; el sistema binominal de elecciones; la discriminación de la mujer en la administración de su patrimonio y en el área laboral; la discriminación por razones de preferencia sexual, etc.

A todo esto hay que agregar algunas características del sistema neoliberal en que vivimos. Las utilidades de las grandes empresas aumentan de año en año, mientras los salarios se mantienen en el mismo nivel o decrecen por exceso de oferta de mano de obra.

Es posible que mirando este panorama, uno pueda explicarse las protestas. En este Chile psicótico, las frustraciones campean. Y protestar es una forma de exigirle a la presidenta que lleve a la acción la buena disposición que ha mostrado en las palabras.

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* Periodista.

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