Mar 4 2007
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Economía

Chile. – TRANSANTIAGO, EL ”FITNESS” Y LA CORDILLERA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Las profundas contradicciones y conflictos de la sociedad chilena, que peinadamente se niegan por parte de los actores que desempeñan un rol protagónico en su escena, son avistados con facilidad a poco que el observador se haya calzado los zapatos de las decenas de miles de personas que intentan cumplir con sus obligaciones allegándose a su lugar de trabajo merced al flamante sistema Transantiago.

Los más protestones –aquellos que se niegan a reconocer los esfuerzos del gobierno para mejorar la calidad de vida de “la gente”– se convocaron con el inicio de marzo para protestar por las notorias deficiencias del proyecto. El periódico Crónica Digital (www.cronicadigital.cl) lo informó de este modo:

“Decenas de ciudadanos concurrieron en la víspera al Palacio de Gobierno de La Moneda a entregar El Reclamo más Grande del Mundo, y de esa forma hacer sentir el malestar de los santiaguinos por el deficiente plan estrella del Ejecutivo.

“Eric Rojas dijo a Crónica Digital que el reclamo llegó esta vez a los mil metros de largo, es decir, un kilómetro y que ‘demuestra que el gobierno no entiende los reales problemas que tiene la gente que utiliza el sistema de transportes de la capital’.

“El Comité de Usuarios del Transatiago ha sido la principal organización ciudadana que desde que se puso en marcha el plan de transporte de la capital, se puso a la cabeza de las denuncias de los capitalinos en las distintas comunas de la Región Metropolitana”.

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Nunca es más oscura la noche

Grosso modo, Transantiago es un intrincado cuanto sofisticado cálculo matemático sobre horarios, distancias, masa de pasajeros según la zonificación de la ciudad, estado y amplitud de calles y avenidas que, en fin, se basa en la utilización del tren subterráneo (metro) y una dotación de miles de autobuses barriales y de largo recorrido para ofrecer a sus habitantes medios de transporte a la altura de una urbe que considera los derechos ciudadanos y el mejoramiento de la calidad de vida de los santiaguinos.

El antiguo modo de movilizarse por la ciudad era una crisis permanente por el caótico desorden y una ineficiencia que se prolongaba por décadas.

Probablemente los planificadores que concibieron Transantiago no consideraron, entre los factores del modelo, algunos asuntos propios de las necesidades de todos los habitantes de la ciudad –en especial de aquellos que deben atravesarla dos veces diarias: para ir a su trabajo y para regresar a casa por la noche, a veces un viaje de tres o cuatro decenas de kilómetros, con transbordo– o quizá tampoco consideraron (personas decentes ellos y con movilidad propia) la especial y perversa sicología –o sociopatía– de algunos empresarios del transporte con los que el gobierno pactó los contratos de servicios.

Las autoridades de gobierno y sus representantes –a partir del ministro de Transporte, los inspectores y los sobre exigidos carabineros (policía)– procuran en conjunto con los alcaldes resolver problemas de recorridos, horarios, frecuencias. Un trabajo tan admirable como agotador. Pero los buses no aparecen.

La bendita empresa privada en el ámbito público

Y si aparecen, se pierden misteriosamente sin cumplir con los recorridos asignados. O, también misteriosamente, se echan a perder. O no hay conductores suficientes. O éstos, los conductores, no los buses, se niegan a trabajar porque descubren que los habían hecho firma contratos de trabajo en blanco y que la paga acordada, también por arte de birbiribirloque se ha reducido. O que en las garitas no existen servicios higiénicos ni lugares para el necesario descanso entre “vuelta y vuelta”.

Se han cursado multas millonarias, pero –que la ciudadanía sepa– no se ha pagado todavía ninguna. Exasperado el ministro de Transporte deslizó una idea siniestra: intervenir las empresas que no cumplían. Le cayeron, metafóricamente hablando, a palos. Tanto comitilones de gobierno como adversarios de la oposición fueron unánimes; ¿qué es eso de intervenir… dónde queda la libre empresa?

Mientras, a plena noche, los pobres caminan 10 y 20 calles en barrios mal iluminados para llegar a sus hogares por falta del bus que los debía llevar desde el paradero troncal hasta el propio del barrio donde viven. En la madrugada miles de hastiados trabajadores se apiñan para esperar el transporte que no pasa. O pasa más lleno que lata de sardinas o lomitos de atún.

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El metro no llega –nunca a nadie se le ocurrió que debería llegar– a las denominadas poblaciones periféricas. Los gobiernos “no manejan micros”.

Los cambios perceptibles y posibles

Empero, el Transantiago ya rinde frutos. Eliminados los viejos y nauseabundos buses, la Cordillera como que amenaza a dejarse ver por los asombrados santiaguinos, muchos de los cuales habían olvidado su belleza imponente. Hay menos polvo y hollín en las calles. Y como lo importante es la salud de la población, se eliminó la restricción vehicular para la circulación de automóviles particulares. Es una pena que los pobres no tengan auto –y si los tienen no tienen para pagar el combustible ni el estacionamiento–. Pero los pobres son eso: pobres, no “clase media”.

Y aquí entra la palabreja del título: fitness.

Aparte de poder ver a la Cordillera cambiar de color según la hora del día, los santiaguinos que utilizan el transporte público mejoran su condición física, que a eso se refiere el “fitness”: a la conveniencia de estar el cuerpo bien adaptado. Se camina con el primer sol de la madrugada, se camina en la noche bajo las estrellas invisibles. Pronto llegarán las lluvias: se estimulará la importación de sombreros, impermeables, botas de agua –o acaso haya todavía fabricante locales de esos aditamentos.

Y los niños aprenden de pequeños que la vida es dura y competitiva, como manda el neoliberalismo conservador: al viaje en los buses del Transantiago –o en el Metro– acceden sólo los más fuertes y astutos.

¿Cambiaría la concepción “técnica” del nuevo sistema de transporte si los “altos funcionarios” viajaran en él cotidianamente, de ida y regreso? ¿Si terminaran su trabajo a las nueve de la noche y llegaran a sus casas a la medianoche para levantarse, luego, a las cinco de la mañana? Cambiaría algo si tuvieran que depositar sus tripas en buses –modernos y por lo general limpios, cierto–, pero con una docena de asientos para los 80 o 100 pasajeros que logran acomodar? ¿Cambiaría algo si sus cónyuges, varones o hembras, y sus hijos y sus padres tuvieran que esperar, y esperar y esperar, para llegar tarde al trabajo porque la empresa concesionaria de una ruta no cumple con su contrato? ¿Cambiaría algo si a ellos mismos los regañaran por llegar atrasados al trabajo? ¿Cambiaría algo si fueran ellas/os los/as manoseadas/os en los buses, en el metro, y asaltadas/os en las callejas del barrio? ¿Cambiaría algo si fueran ellos/as quienes caminaran con miedo y a toda prisa esas calles largas y con todo el cansancio de una jornada extensa?

¿Cambiaría algo si de cierto pensaran que los animales humanos somos de verdad todos iguales?

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* De la redacción de Piel de Leopardo.

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