Oct 17 2007
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Economía

Cine. – DAVID Y GOLIAT, VERSIÓN SIGLO XXI EN IRAQ

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Mike envió a su padre estos videos de teléfono celular que muestran de una manera borrosa, a veces inaudible, cómo la guerra en Iraq ha agotado el sentido de empatía en los soldados. Los jóvenes que vuelven de Iraq parecen normales, actúan de manera educada –una fachada que recubre sus personalidades semi-sicóticas y drogadictas–. De hecho el film muestra cómo Iraq ha destruido la integridad síquica de aquellos jóvenes que prestaron servicio allí.

Tal conclusión debería sustentar una declaración acerca de un estado más vasto aún de desorden político y cultural.

El viejo Deerfield, veterano de Vietnam y transportista de gravilla en la actualidad, mantiene su disciplina de policía militar. Viaja hasta una base militar en Nuevo México para encontrar que su hijo ha desaparecido poco después de regresar de Iraq. Su carácter sigue siendo el de un militar: lustra sus zapatos, plancha sus pantalones y tiende su cama a la manera militar. Este racista obcecado, determinado a encontrar a su hijo, mantiene su confianza en que su amado ejército habrá de ayudarle.

Por el camino le muestra a un custodio salvadoreño el modo correcto de izar la bandera norteamericana, izarla al revés sólo para indicar una situación desesperada, como una llamada de auxilio.

Mike había llamado desde Iraq: “Sácame de aquí,” imploró llorando a su padre. El dolor cruza el rostro del sargento. Murmura un cliché: “Mantente a salvo.” El padre, impotente, confía en que su hijo pronto “superará el trance” –la tensión del combate.

La entereza estadounidense significa: Tu país te llama; cumple. Me he encontrado con el sargento Deerfield en bares, en juegos de pelota y aeropuertos. Lo he tenido de alumno en mis clases universitarias. Su lealtad religiosa había sido un artículo de fe. Hasta Iraq. Cuando el presidente llama, no se cuestionan las legalidades y los procedimientos. Cumples –incluso tras el trauma de Vietnam, cuando un montón de Deerfields volvieron amargados–. “No nos dejaron [los políticos] ganar”, es el estribillo, que aún se escucha en los programas de televisión republicanos al referirse a la falta de voluntad política –como si ganar hubiera sido posible.

Iraq, al igual que Vietnam, no tiene que ver con el coraje o el valor, o con defender “nuestro país.” ¿Cuántos veteranos se han preguntado ahora: ¿acaso los Estados Unidos tenían una razón moral o legal para intervenir?

Algunos soldados todavía justifican su conducta refiriéndose al “cumplimiento de las órdenes”, pero sólo los más duros y dogmáticos hablan en serio acerca de cualquiera de las dos guerras como portadoras de democracia o libertad a esas tierras.

Sabemos lo que sucede a nuestros hombres y mujeres jóvenes que matan inocentes, incluyendo niños, cuando las disposiciones de combate de cada día condonan la muerte de esos inocentes bajo el manto de la auto-protección.

Después de Vietnam, muchos de los que regresaron físicamente intactos sufrían de deficiencias mentales severas, no sólo períodos difíciles de adaptación sino incapacidades permanentes que los dejaron sin hogar y tal vez sicóticos.

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Las imágenes que Mike enviara por “email” y el subsiguiente testimonio de sus antiguos camaradas no proporcionan al descompuesto Deerfield más que claves insuficientes para entender una sicosis tal. En los cuarteles, los hombres de la unidad de su hijo le muestran deferencia y respeto, lo tratan de señor –como mentirosos patológicos que son.

El misterio de la desaparición de Mike queda resuelto cuando se encuentran sus despojos desmembrados y achicharrados. Al intentar comprender por qué Mike fue asesinado, Hank se hunde aún más en la realidad que Mike acababa de experimentar. Las incesantes, anónimas bombas junto a los caminos han cambiado las reglas de guerra incluso respecto a un estilo de combate como el de Vietnam.

Las órdenes pasan por encima de la humanidad básica. En aras de sobrevivir, “no te detengas” para evitar a un muchachito que busca su pelota en la carretera.

Al igual que en Vietnam, cualquier civil, incluso los niños, a los que hemos venido a mostrar la luz de la democracia, debe aparecer como una amenaza potencial a la vida de los soldados.

Hemos visto imágenes de televisión de jóvenes sin brazos, piernas, ojos, o funciones cerebrales que son rehabilitados en el hospital Walter Reed. Pero no tiene sentido. Las gentes a las que supuestamente estamos ayudando colocan artefactos incendiarios improvisados para matar y mutilar a sus benefactores. ¿Cómo se corresponde la letal respuesta de los iraquíes con el credo religioso en las almas honorables de los hombres y mujeres que han ido allí a “servir”? No todos estos jóvenes son como Jessica Lynch, que se enroló “porque no pude conseguir empleo en Walmart”?

Mike, por ejemplo, quiso mostrarle a su padre que también él podía prestar servicio como un hombre. Pero algo salió mal. Lentamente, el film va acumulando evidencias acerca de la muerte de Mike y de cómo Iraq ha alterado la naturaleza de los soldados.

Aparentemente, sus voces son normales, repletas con el “señor” de rigor. Sus posturas erectas muestran su entrenamiento militar: rudeza y equilibrio. Los norteamericanos no muestran debilidad ni siquiera bajo tensión extrema.

Después de prestar servicio en Iraq, sin embargo, los hombres se desploman. Hank no ha captado todavía el significado de la muerte de su hijo. Se aferra aún a la noción del oficio de soldado como servicio, del coraje como superación del miedo. Esto no le permite hacerse las preguntas justas acerca de quién mató a su muchacho o cuáles motivos pudo tener quién lo mató. Pero como antiguo miembro de la policía militar sabe cómo preguntar, observar, escuchar y aprender de los hombres en la unidad de Mike.

Pero aún no muestra curiosidad alguna acerca de por qué los Estados Unidos con su abrumadora superioridad tecnológica y valerosos soldados no ha ganado una verdadera guerra desde la 2da Guerra Mundial (La guerra del Golfo fue una masacre tecnológica).

¿Acaso la clave para el misterio mayor reside en el título del film, En el Valle de Elaj“, el lugar donde David trascendió el miedo para realizar lo impensable? ¿Estará vinculada esta historia bíblica, que Hank relata al joven hijo de un solidario investigador policíaco, al significado del coraje en el contexto de la guerra en Iraq? ¿Será la maquinaria bélica, con sus decenas de miles de fábricas y contratistas, sus 435 distritos congresionales, el nuevo Goliat que alimenta las economías locales y nacionales?

Pocos políticos se atreven a enfrentarlo con un arma tan simple como la honda y la piedra: la verdad.

A diferencia de Ron Paul, Mike Gravel y Dennis Kucinich, los aspirantes a la presidencia saludan al hipertrófico ejército que no supo ganar ni en Corea ni en Vietnam, donde millones de Davides enfrentaron al tecnológico Goliat con armas mucho más primitivas y obligaron a los Estados Unidos a retirarse. En Iraq y Afganistán, la resistencia ha llevado a la política norteamericana a un callejón sin salida.

Por su propia naturaleza, la guerra conduce a las personas a estados irracionales –incluso después de que han concluido las batallas–. Como cualquier padre que sufre, Hank, también, empieza a perder el control y descarga su ira, con lenguaje racista, sobre un mexicano-americano (estadounidense, México es América) de la unidad de Mike. Incluso llega a cortarse mientras se afeita. Su esposa (ro, de la actriz Susan Sarandon) lo culpa por haberle arrebatado a sus dos hijos. El otro también murió sirviendo en el ejército –y para colmo aparece la culpa–

Hank prefirió el machismo a la compasión cuando Mike desesperadamente lo necesitaba. Ahora el estoico y sufrido padre debe luchar contra los burócratas del ejército –y las “reglas” policiales– para conseguir respuestas. Sigue mirando los fragmentos del vídeo mientras se da cuenta de que el daño infligido a aquellos que han prestado servicio en Iraq no puede ser reparado. Los caóticos fragmentos del inestable vídeo celular –inusual para un film de Hollywood, famoso por su cuidadosa composición– son para el público un desafío estético así como político. ¿Cómo extraer significado del caos audiovisual?

En el valle de Elaj no ofrece respuestas, más allá de que la guerra de Iraq ha alterado para siempre la política de EEUU. El sentido innato de Hank acerca del bien y el mal y del soldado como un individuo noble queda erosionado con la comprensión de lo que pasó a su hijo y quienes lo mataron. Los hechos del asesinato lo llevan a desconfiar de la institución con la cual se identifica.

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Cada uno de los miembros de la unidad de Mike se ha convertido en un asesino, un drogadicto, un cliente de fatuos bares sexuales. Todos se han convertido en mentirosos patológicos; su propio hijo transformado en un sádico en Iraq.

En el valle de Elaj trata acerca de la naturaleza cambiante de los axiomas norteamericanos )estadounidenses): somos buenos, nuestra causa es noble, servir en el ejército conlleva un honor para la familia. Al igual que los veteranos de Vietnam –¿es que necesitábamos otra lección?– los soldados que regresan de Iraq también sufren de tensión post-traumática. Algunos han cometido horribles crímenes.

Mike desobedeció las órdenes tras haber cometido un acto inimaginable que sus superiores ordenaran. Detuvo su vehículo, descendió de él y fotografió la escena donde perdió su alma –al servicio de su país.

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Colaborador del Institute for Policy Studies (EEUU).

Su libro A Bush and Botox World y su filme más reciente: We Don’t Play Golf Here, en DVD, disponibles en
roundworldproductions@gmail.com.

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