May 7 2009
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Ciencia y Tecnología

Claro: oscuro y angosto es el sendero de la banda ancha móvil

Rivera Westerberg

Pocas son la personas que no sospechen que la publicidad sobre servicios ofrecidos por las distintas empresas –nacionales o "globalizadas" del ramo– contiene grandes dosis de exageraciones. O mentiras. Y la amarga experiencia de la "letra chica" de los contratos que consumidores o usuarios convienen con aquellas es la mejor demostración de que la libre empresa es, a falta de regulaciones y controles adecuados, mera fachada para la caza de incautos.

Lunes tres de mayo: el usuario lo intenta una y otra vez, inútil: no hay modo de lograr conexión a la internet con un módem Huawei provisto por la mexicana Claro en virtud de un convenio para banda ancha ilimitada móvil. En principìo no sorprende. La estabilidad de la conexión es, por lo general, precaria.

Sólo después de reclamar al servicio técnico (número 103 – 4-2) habitualmente las cosas mejoran por algunos días. Para ello, por lo general, se debe crear un "nuevo" perfil, es decir: cambiar el nombre de quien usa la cuenta, los demás parámetros permanecen invariables –por lo que uno bien puede pensar que se se trata de un truco para tranquilizar al que paga y no verdaderamente una solucón al problema que generó la llamada.

Lo primero que piden es abrir "una ventana del programa Mobile Partner (algo así como socio o compañero en la movilidad, en castellano) para revisar la configuración". Mala suerte. Los PC Apple-Macintosh no necesitan en realidad configurarse, es un proceso automático: "No existe esa ventana, uso Mac", dice uno. Silencio al otro lado. Brevísimo. ¿Qué sistema operativo?, le preguntan. Uno tiene ganas de reiterar que hace meses que pactó, y paga, por el servicio. Pero, ¡tan gentiles parecen estos atendedores!, cansinamente responde: Mac OS X –y detalla la versión.

¡Ah!, le dicen, esa versión no se puede configurar. ¿Configurar qué?, se pregunta uno. La cosa sigue.

En ocasiones la alternativa de alta tecnología que le sugieren es el viejo desconectar-conectar el adminículo. O cambiar el puerto USB y enchufarlo en otro. Y luego vuelta a lo mismo. Transmitir datos, por ejemplo, a la pasmosa velocidad de 24 bps (bps, no kbps); y se trata archivos en absoluto pesados, digamos un jpg o un gif de 43k.

El lunes ya dicho, tras más de una hora de tan amable como inútil y frustrante diálogo con un representante del área técnica de la empresa, se le sugiere al usuario la solución definitiva: extraer el "chip" del módem y volver a colocarlo: el resultado es cero.

Se produce un breve intercambio de ideas: ¿no será que el sistema operativo del ordenador… (etc)? No, dice la apesadumbrada y ya frenética contraparte, eso no. Recuerda el usuario a Unamuno: Como decíamos ayer, suele haber problemas de estabilidad, de velocidad… Pero ésto… Además, la computadora reconoce, identifica y se conecta con el módem. Lo indica el sistema operativo.

Cada secuencia del diálogo se subraya con el clásico "un momento, por favor, no corte, manténgase en línea, haré algunas verificaciones (o consulta)". Y luego: "Muchas gracias por la espera".

Y al final: Es el sistema el que no reconoce el módem, hay algunos problemas en su área. ¿Desde dónde se conecta, para verificar? (La verdad es que uno no se conecta –por eso lleva 75 minutos o un siglo con la oreja pegada al celular de la misma compañía, pero en fin, da la dirección, pero agrega: "La computadora me dice que reconoce el módem" y le asalta una duda: ¿Acaso toda esa ingente tecnología no le permite al operador del área técnica saber desde dónde uno intenta el acceso a la red?).

Finalmente: no es el sistema del ordenador, es el sistema del sistema que brinda la conexión. Un problema del proveedor. Es necesario lograr que "el sistema" reconozca al "chip". Lo que significa volver a extraerlo, retirar el del teléfono móvil, insertar en el teléfono el del módem y enviar a un número, que uno anota concienzudamente, un mensaje de texto en blanco.

Como uno no está dispuesto a despanzurrar su teléfono, toma el módem y se dirige a una oficina de Claro; allí alguien –también muy gentil– cumple con las instrucciones. Luego mira la pantalla de su PC: "Ya está –dice–, el chip ha sido reconocido por el sistema. ¿Trajo el cable para comprobar la conexión?

Uno no llevó el cable, ¿Para qué iba a llevar el cable si iba a un lugar lleno de tecnología? Pero no hay allí un cable. Uno toma el Metro y regresa a su casa. Lleno de esperanza y cantando loas a Claro.

En casa rápidamente enchufa y conecta todo. Enciende el G4. Le rasca a oreja al siamés más hermoso de la cuadra y soba la panza de la compañera del siamés, entibia un café, prende un cigarrillo. Regresa al escritorio.

En la barra de trabajo, el ícono del módem indica que hay señal, el módem parpadea con luz azul de ojo de cíclope nórdico.. El usuario echa una mirada a la hora, arriba a laderecha de la pantalla: siete son las horas perdidas. Mala suerte, se dice, menos mal que ya se arregló todo. Así que a la rutina: clic en el ícono del módem. El optimismo puede dar resultado en los libros de auto ayuda. La vida real es otra cosa.

Como esos viejos letreros de neón, la palabra mágica comienza a correr: "Conectando… Conectando… Conectando… Y luego: Autentificando… Autentificando… Autentificando… (Mucho rato, piensa uno, esto va mal. Pero no). El letrero "¡Conexión exitosa!" devuelve el alma al cuerpo. El navegador, FireFox –¿o fue Safari?–, abre la página de inicio. Permanece cinco segundos. Luego: Desconectando… Desconectando… etc…

Vuelta al teléfono: 103 – 4-2. El ritual de la identifcación (como si allá, en alguna parte misteriosa de la ciudad, no pudieran saber desde qué teléfono se llama). La exposición, ¡una vez más!, del problema. Y la confesión de la derrota del técnico-atendedor: Existe un problema temporal en el área. Le comunico con el departamento de datos (¡!), aguarde unos segundos por favor.

El departamento de datos es directo y brutal: tienen mucho que verificar, el área…. "Su problema quedará solucionado a la brevedad". El usuario calla: no es mi problema, es problema de ellos. Pregunta: ¿En cuánto rato? Respuesta: entre 24 y 72 horas. Aturdido, el usuario atina a confesar: Es que utilizo internet para trabajar…

Le dicen entonces –el usuario no sabe si es compasión, conmiseración o burla–: Intente de vez en cuando conectarse, puede que se solucione el problema antes. Pero –aclara y repite el departamento de datos– entre 24 y 72 horas quedará solucionado. Uno clama: ¿Pero qué sucede? Le "explican": hay un problema en el área. Uno piensa en voz alta: Entonces deben tener muchos reclamos y consultas. No hay respuesta. Son las siete y pico de la tarde.

A la una y treinta de la madrugada, tras haber intentado acceder a la internet por última vez esa jornada, la tele muestra a un bien alimentado don Francisco redondeando la apología de Claro: 159 millones de personas felices que gozan de la mejor tecnología de América Latina. El usuario recuerda a otro don Francisco, el de la imagen. Todo es comercio.

La conexión pudo establecerse el martes por la noche, lenta al comienzo; el miércoles se estabilizó y el usuario pudo revisar su correo (y los reclamos y preocupación recibidos por su desaparición del mundo virtual). Hoy, jueves, podrá trabajar. Aparentemente.

Amén.

Addenda
Un ejercicio nada simpático, pero reconfortante (mal de muchos…) es revisar utilizando cualquier buscador-web la cantidad de quejas, reclamos e insultos de toda América a propósito del servicio que brindan las compañías que ofrecen internet móvil a la velocidad que usted quiera y pague –eso sí: como los viejos Ford modelo A, de cualquier color siempre "que sean negros".

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1 Comentário

Comentarios

  1. sylvia
    13 mayo 2009 20:45

    ¡¡¡ Uf!!
    Hay un latinajo para esos asuntos, pero es una clave secreta para exalumnos salesianos, hasta la luz cuando se va regresa.
    Algún día, si resisto los calores y la boludez roja rojita, comiendo camarones cerca de tu casa, si me lo recuerdas, te lo haré saber.
    Puedo producirte otro cortocircuito si te lo mando por la red.
    Un abrazo, sylvia