Sep 24 2009
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Opinión

Colombia: “Nos abruma la tansparencia de esta dictadura mediática populachera”

Humberto Vélez Ramírez.*

“Soy de un país que en su /primer decreto
mandó asesinar todas las /flautas
y alzar un monumento
al clarinete traído de /Europa”.
Anabel Torres,
Muñecas,
Medias Nonas, Medellín. 1992.

Jamás en la historia colombiana, y por qué no latinoamericana, se había prescindido de la ideología para velar la búsqueda de oscuros propósitos no confesados, como ha acontecido ahora con motivo de ese constructo llamado tercera presidencia de Uribe. Se lo está edificando a plena luz del día, con desparpajo y sin inhibiciones ni temores, sin laberínticos discursos de justificación, con fervor y sin miedo al pecado, violentando el Estado de derecho en nombre de un supremo y superior Estado de opinión.

Para los diseñadores de esta perversa reingeniería institucional, la ley y la moral al hoyo, y ojala al más hondo posible, porque el pueblo ha opinado que el Uribe antiguerrillero, y mientras lo sea, debe ser presidente cuantas veces le venga en gana.

En las primeras décadas del siglo XX, un clásico sociólogo clásico, Max Weber, dedicó su obra cumbre, Economía y Sociedad, a hablarnos de tres formas de dominación, la tradicional, la carismática y la racional.[1] En esa época, el universo de lo simbólico –ese leer el mundo desde la intimidad subjetiva de los ciudadanos– era ya muy importante, pero todavía no alcanzaba la significación a la que se ha trepado en el mundo actual.

Es esta la razón que nos ha llevado a algunos intelectuales, por histórica necesidad académica, a completar su tipología introduciendo la "forma mediática de dominación", aquella que se construye trabajando la intimidad de las personas desde los "mass media".

Empecemos, entonces, a pensar la forma de gobierno instalada por Uribe, y su asesor intelectual de cabecera, el doctor Obdulio Gaviria, viejo maoísta, lo decimos sin afán de herir su susceptibilidad. Digamos, por lo tanto, que Uribe es un líder efectista, que ha ejercido una forma carismática y mediática de dominación. Eso por ahora.

Para abreviar y esclarecer digamos que hacer política simbólica, al ser un signo y un reto del mundo actual, no tiene nada de maligno ni de perverso. Por el contrario, es una necesidad, de las inevitables, en esta era del hombre-internet.

El problema reside, más bien, en precisar con qué propósitos se hace política mediática: o para bloquear la racionalidad del ciudadano, estilo el actual gobierno, trabajando, de modo perverso, los imaginarios de la gente tocando su emocionalidad y exacerbando sus odios y pasiones o, por el contrario, para estimular el análisis racional de las personas haciéndoles entender que la razón, para que adquiera rostro humano, necesita de los sentimientos y de las emociones enriquecedoras.

A guisa de ejemplo, ¿qué tal un Estado de opinión enhebrado por una masa ciudadana, que, con su cabecita bloqueada para esa “cosa social” llamada pensamiento, se presta y facilita para que le exploten sus emociones?

Sea la que sea, todos los seres humanos tenemos nuestra pequeña historia biográfica intelectual.

El pasado 20 de julio al escuchar al presidente Uribe hablar del Estado de opinión “como la forma superior del Estado de derecho”; al mirarlo cómo le hacía a la tesis los más insólitos agregados mecánicos; al observar, enseguida, a sus acólitos ideológicos colgándole a la frase originaria los más disímiles retazos de ideas, no pude sino pensar que en ese constructo había intervenido un alquimista conceptual acostumbrado a juntar, por fuera de toda lógica conceptual y analítica, frases efectistas.

Ese mago de las palabras patas arriba no podía ser otro sino José Obdulio, que continuaba fungiendo como el máximo ideólogo de la seguridad democrática, completando así el trabajo iniciado en los primeros años por Fernando Londoño Jr, el primer palabrero.

Fue así como un siglo más tarde, antes que lo inauguraran Miguel Antonio Caro, Marroquín y Marco Fidel Suárez, el gobierno de la gramática regresó al ejercicio del poder. Pero este regreso estuvo acompañado por una pequeña pero significativa diferencia: los políticos gramáticos de ayer, al poseer referentes gramaticales precisos, eran coherentes y nunca posaron de científicos sociales. Fueron malos políticos pero excelentes gramáticos.

Los de ahora, en cambio, al carecer de una sólida referencia lingüística, son incoherentes, creen que la política es el exterminio del adversario y posan de investigadores de la realidad social. Se imaginan que han inventado un nuevo lenguaje, se representan que la política terminará cuando maten al último mohicano guerrillero y han postulado que la historia colombiana, la real y la historiográfica, han sido un error catedralicio que ellos y solo ellos podrán enmendar.

De todas maneras, al escuchar al presidente el pasado 20 de julio, pensé que en la evolución de su pensamiento se había producido una enorme fractura.

Al meditarlo con cuidado, me reafirmé en la hipótesis de la fractura de pensamiento, pues recordé que al hijo de Puerto Salgar había que examinarlo dentro de la tradición del pensamiento liberal colombiano.
Todo indica que por estas calendas el gobierno ha prometido a los congresistas que voten la posibilidad de su reelección, elevadas e importantes inversiones en sus regiones.

Pues bien, por estos días el profesor Rodrigo Uprimny nos ha recordado que en el 2001 el entonces candidato presidencial Alvaro Uribe Vélez demandó la ley de presupuesto, por considerar que ésta incluía ciertas partidas que eran auxilios parlamentarios disfrazados. En opinión del senador Uribe, ellas eran inconstitucionales por constituir “halagos presupuestales, burocráticos o presupuestales, que limitaban la libertad de opinión y de crítica de los senadores”.

En ese momento, el argumento del ciudadano Uribe resultó tan poderoso que la Corte Constitucional, por sentencia C-1168 de 2001, estableció que esas partidas eran inconstitucionales por “constituir una auténtica desviación del uso del poder”.

Esa sentencia constituyó, escribió Uprimny, “lo que podríamos llamar la doctrina Uribe 2001 que prohíbe el uso de prebendas presupuestales por el Ejecutivo para condicionar el voto de los congresistas”.[2]

Primera conclusión provisional: entre el 2001 y el 2009, en la evolución del pensamiento de Uribe se produjo una importante fractura, pues hizo el tránsito del pensamiento liberal a ideas antiliberales en definitiva. Uribe contra Uribe, como ha dicho el profesor Uprimny.

Segunda conclusión provisional: entre el 2001 y el 2009, el presidente Uribe, al personalizar el poder –lo obsesiona y aprisiona y trasnocha ahora la idea de un tercer período presidencial– le ha dado forma dictatorial a un dominio carismático-mediático inscrito en un contexto antiliberal de ideas.

Casi inédita o, por lo menos, original ha sido esta forma de gobierno que se ha instalado en Colombia. Muy montada sobre la dominación mediática, se ha ejercido inscrita en la personalización del poder, y, en la coyuntura de la reelección, como que ha renunciado a la ideología como forma de tapar y velar lo que está haciendo.

Esto último, por lo menos, de cara al país, pues en lo externo, está tapando el problemático quehacer colombiano, que Uribe no ha podido revertir, presentando a Chávez y a su figura y a su ideología del socialismo del siglo XXI como los grandes causantes de todos los males y perversidades nacionales. Antes eran las guerrillas, ahora lo sería Chávez,’íntimo amigo de unos restos diabólicos ya casi derrotados’.

Pero regresemos a lo interno. De cara al tercer gobierno de Uribe, aterra y petrifica y paraliza el cinismo radical con que han actuado el gobierno y los partidos de Uribe. Se han brincado todos los mínimos de decencia.

Hasta hace unos dos años atrás, hacían todo tipo de perversidades y las tapaban con algunos éxitos relativos y con una ideología alborotada y desbordada. Por esos días, escribimos un Atisbos titulado, el No 91 de agosto de 2008, Las Trampas de la Imagen.[3] En esa época escribimos:

Uribe, coadyuvado por los más poderosos medios, colocó al país casi entero, en un lúdico pasatiempo que “se juega desmontando las piezas básicas de una realidad dada pasando luego a recomponerla y resignificarla al amaño de las necesidades e intereses de quien detente las relaciones de poder.

En el caso de este juego, el quid picante del asunto radica en una serie de jugadas racionales, con las que se coloca la realidad ‘patas arriba’, pero sin que los otros jugadores lo adviertan. Se avanza en el juego, primero, tapando, velando y ocultando hechos objetivos y, segundo, poniendo en circulación imágenes, que presionen por una interpretación subjetiva distinta de la realidad que se está encubriendo. Finalmente, gana la partida el actor que sea capaz de convencer a la gente de que su imagen del fenómeno es el fenómeno real”.

En esta coyuntura del segundo semestre del 2009, por lo menos, para efectos de la aprobación del referendo de la reelección, el gobierno renunció a ese lúdico juego. Ya como que le cogió confianza a sus bases y, en nada y para nada, parece dudar de su inquebrantable lealtad. Por eso, sin miedo y con soltura, ha actuado a plena luz del día agotando la práctica política en su dimensión bastarda.

De cara al mundo, en cambio, está tratando de velar y tapar “la inmundicia interna” tratando de responsabilizar a Chávez de intervenir en los asuntos internos por publicitar sus ideas socialistas del siglo XXI. Es como si gobiernos no neoliberales le impugnasen a Uribe alguna forma de intervencionismo interno por publicitar éste, nacional e internacionalmente, sus ideas neoliberales untadas del más baboso comunitarismo.

Por fin la ciudadanía colombiana ha empezado a entender- en nuestro caso así lo evidencia el rotundo fracaso de la movilización antichavista de esta semana promovida por las organizaciones uribistas- que el problema de América latina no encuentra su esencia en la pelea Chavez-Correa-Uribe.

Los tres son personajes circunstanciales, que pueden ser o no ser. En la linda Bariloche, el encuentro de fondo no fue entre un solitario Uribe, al que ni su aliado Alan García acompañó con contundencia, y el resto de pares que, en la coyuntura previa, bajo el liderazgo de Lula, como mínimo exigieron que se les diese garantías jurídicas de que el acuerdo militar entre Colombia y Estados Unidos no iría más allá de las fronteras nacionales. No. En el trasfondo de la Cumbre de Bariloche estuvieron el Pentágono, que con ese Acuerdo entró a Colombia como enclave neocolonial militar, y un amplio grupo de Estados latinoamericanos que, por vías distintas, desde hace dos décadas han venido jalonando procesos, dinámicas y acciones de autonomización de cara al Imperio, así como ensayando presidencias social alternativas.

El Estado de opinión ha entrado, entonces, a constituir parte intrínseca de la forma de gobierno instalada por Uribe en Colombia. En plata blanca esa tesis afirma que Uribe será presidente de Colombia cuanta vez lo quiera el pueblo y que si El Estado de Derecho, como vaca muerta se le atraviesa a ese propósito, el sacrificado debe ser El Estado de derecho.

Muchos demócratas hasta repensarían esa tesis si efectivamente ese tercer ejercicio presidencial fuese un producto trasparente de la movilización popular tras una seria reflexión racional sobre la actual coyuntura. Pero no, ni lo uno ni lo otro. Ese constructo llamado Estado de Opinión fue levantado, de modo tramposo, ilegal e inmoral, por un grupo elite cercano a Uribe y por eso merece el calificativo de “populachero”, pues el adjetivo “populista” se debe reservar para usos más dignos.

Veamos los obscuros hechos centrales con los que se enhebró esta peligrosa trampa nacional.

A. A los promotores del proyecto les quedó mal formulada la pregunta con la que con encuestadores pagados recolectaron 4.093.504 firmas; en vez de colocar, “quien haya sido elegido presidente por dos períodos constitucionales…”, de nodo torpe, colocaron, “quien haya ejercido la presidencia por dos períodos constitucionales…”.

Al haber acaecido así, mandaron a Uribe a inscribirse para las elecciones del 2014. En la Cámara, los uribistas pretendieron cambiar el texto, pero no lo lograron.
Fue así, como los nuevos conductores de la patria, que pregonan la necesidad de construir una nueva cultura de la legalidad, pretendieron pasar, a empujones, por encima del sujeto central de su llamado Estado de Opinión! Qué pobreza de Cultura legal!

B. Se precipitó enseguida otro problema. El de la financiación de la campaña de la recolección de firmas. En este asunto les fue peor. Muy pronto se les probó, todavía a escala del debate público, que a esa financiación habían concurrido, de modo generoso, varios importantes contratistas del Estado, que se habían saltado los topes establecidos y que el trasteo de las firmas había corrido por cuenta de la “Pirámide” DMG, que estaba defraudando a millones de colombianos.
Por ese despeñadero de acciones ilegales navegó, a empujones, el referendo de la reelección!

C. Pero, ahí no se quedó el asunto. Ocurre que los promotores empezaron a tramitar la iniciativa en el Congreso sin que se hubiese expedido, como paso previo, la certificación del Registrador Nacional sobre el cumplimiento de los topes y del número de firmas. Muy campantes los congresistas uribistas dijeron que, para esos efectos, bastaba con una constancia sobre el número de firmas válidas. Esto les valió una investigación por parte de la Corte Suprema de Justicia. Ochenta y seis congresistas presumiblemente habrían incurrido en el delito de prevaricato.

¡Pero, no importaba! Como ya había ocurrido en una ocasión anterior, el presidente de la república – el que debería ser el primer pedagogo de una política de ciudadanía- les había anticipado que no importaba que delinquiesen con tal de que sacaran adelante el referendo de la reelección!

D. Esto no obstante, los congresistas uribistas continuaron en la brega por sacar adelante el referendo. Más temprano que tarde, la Comisión primera del Senado aprobó el nuevo texto. En realidad de verdad que no lo podía hacer. De acuerdo con sentencia C-702 de 1999, el senado no podía revivir un texto explícitamente negado por la cámara de Representantes.

Al asunto no se le paró bolas, pues no era sino un embeleco legal, que tenía que subordinarse a la nueva lógica , superior y suprema, del Estado de Opinión, que era la nueva fuente, la insustituible, de legitimación de las acciones del Estado. En cuanto a la discrepancia entre los dos textos, en su memento ya se conciliarían!

Y así se continuó hasta el final, de violación de la ley en violación de la ley, de tumbo en tumbo hasta el gran tumbo final, el claramente inconstitucional, el de la aprobación de un referendo aprobatorio de una segunda reelección de Uribe!

En la coyuntura de esta aprobación, legal o ilegal, hubo un “hecho” sucio y cochino –perdóneseme la expresión- realizado de cara al país por los que, desde el 2002, prometieron trabajar por una política limpia para un país digno: Unos días antes de iniciarse la sesión, al constatar que les faltaban dos votos, con criterio mercantil le compraron el voto a cinco congresistas de un grupo uribista disidente. De cara al país le pagaron la “voltiada”. En realidad de verdad que no necesitaban tantos, pues ganaron la partida con un solo voto de ventaja. Cuidando el presupuesto nacional, les habría bastado con comprar solo dos.

Al margen de la opinión que cada quien tenga sobre la gestión de fondo del presidente Uribe, él es la máxima autoridad pública de la nación. Entonces, no se podrá olvidar que a esa elevada función le es implícita un papel pedagógico central: El de contribuir informalmente con sus actos de cada día a asentar los valores y las valoraciones sociales de una ciudadanía, que ya sea que permanezca callada, siempre piensa, que por muy pasiva que se encuentre, siempre lo observa, que por mucho que lo quiera, en la intimidad lo critica.

Basta que se le vaya desvaneciendo el perfil de presidente antiguerrillero por antonomasia, para que un alud de críticas y de cuestionamientos y de protestas se le venga encina.

Se entenderá así, el por qué del título de este atisbos, Nos abruma la tansparencia de esta dictadura mediática populachera

Notas
[1] Weber, Max, Economía y Sociedad.
[2]Uprimny, Rodrigo, ‘Uribe contra Uribe y la reelección”, El Espectador, 01-09-2009
[3]. El Salmón, Revista de Expresión cultural, junio 2008.
Atisbos Analíticos No 106, Santiago de Cali. Septiembre 2006,

* Profesor del Programa de Estudios Políticos, IEP, Universidad del Valle; Presidente de ECOPAZ, Fundación Estado-Comunidad-Paz, Un nuevo Estado para un nuevo país.
 
 

 

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