Ago 9 2011
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Sociedad

¿Cómo dimitir de forma honorable?

El texto de este despacho habla de renuncias, de la oportunidad de hacerlas legítimas —o de legitimar la acción del que la presenta— reconociendo los errores cometidos en el ejercicio de un cargo —y de aquellas otras, forzadas, a destiempo, penosas. No se mencionan casos específicos de América latina. Por ahora.*

Recientemente se han producido numerosas dimisiones de personas en altos cargos. Algunos esperaron hasta el último momento y otros se fueron después de caer en desgracia. Pero, ¿existe un modo de marcharse honrosamente?

La forma en la que uno deja un trabajo puede afectar su carrera para siempre. Para ciertas personas, la dimisión es el momento de partir con la cabeza gacha por la vergüenza. Para otros, es un acto desafiante. También hay quienes reconocen haberlo hecho mal y se van con tranquilidad. Y de algunos se piensa que esperaron demasiado.

"No soy un sinvergüenza", dijo el presidente de Estados Unidos Richard Nixon durante el escándalo Watergate que le hizo dimitir.

Muchos sintieron que Nixon había esperado de manera indigna y que sólo se fue cuando parecía evidente que lo iban a impugnar. Su discurso de dimisión no incluyó un mea culpa y dejó las acusaciones contra él —que lo implicaban en el encubrimiento del robo en el Watergate— sin resolver.

Cuándo retirarse

Pero si uno lo reconoce cuando se descubre que lo hizo mal, una retirada rápida puede beneficiarle. Paul Stephenson, excomisario de la Met Police —la Policía Metropolitana de Londres— dimitió sin dilación al principio del reciente escándalo de las escuchas ilegales e insistió que abandonaba su puesto con la integridad intacta. Su dimisión fue calificada de “honorable y sorprendente” por el parlamentario Keith Vaz. Pero, ¿qué hace de una dimisión "honrosa"?

Los medios pueden cebarse en aquellos altos cargos que se aferran a sus puestos como percebes a las rocas, pero también hay los que eligieron el camino de la dimisión por principios.

Rebekah Brooks

Rebekah Brooks fue otra de las personas que dimitieron por el escándalo de las escuchas ilegales en el Reino Unido.

Tras la invasión argentina de las islas Malvinas/Falklands en 1982, Richard Luce, a la sazón ministro de Estado de Asuntos Exteriores, se dirigió al canciller, Lord Carrington, su superior, para presentarle su dimisión.

"Antes de que pudiera decir nada, me vio la cara y dijo ‘no vas a dimitir’", cuenta.

"Así que le expuse mis razones y me dijo ‘no, espera, soy el secretario de Exteriores y yo cargo con la responsabilidad. Tú eres mi ministro de Estado y es nuestro deber mantenernos en nuestros puestos’".

Pero esa situación no duró mucho. A medida que la prensa se fue oponiendo al gobierno y el descontento social crecía, Lord Carrington dimitió junto a dos de sus subalternos bajo el argumento de que la guerra fue el resultado de la diplomacia fallida, de lo cual era responsable su ministerio.

"Parlamentarios de todos los partidos se me acercaron en privado y me dijeron ‘gracias por hacer esto y aquello, en tus circunstancias yo hubiera hecho lo mismo’", asegura Luce.

"Eso me hizo sentir que la dimisión por principios y como cuestión de honor era buena para nuestro sistema democrático".

La abdicación: la dimisión real

En tiempos más recientes, el parlamentario laborista británico Robin Cook dimitió por la guerra de Irak con una declaración que fue recibida con una ovación en la Cámara de los Comunes.

Pero, más allá de la política, quizá la mayor dimisión de la que se tiene memoria viva —al menos en el Reino Unido— es la abdicación del rey Eduardo VIII. En diciembre de 1936, renunció al trono por amor. Su pareja, Wallis Simpson, no sólo era una estadounidense, sino una estadounidense divorciada.

Algo inaceptable en aquella época hasta el punto de que el monarca tuvo que elegir entre Simpson y reinar.

Y mientras unos se van silenciosamente, otros prefieren que las razones de su partida sean aireadas.

Por ejemplo, en el Reino Unido, en los últimos años, algunos presentadores de radio decidieron presentar su dimisión en vivo. Así lo hizo, por ejemplo, el locutor de Radio 1 de la BBC Dave Lee Travis en 1993.

"Aquí se están llevando a cabo cambios que van contra mis principios", aseguró en plena retransmisión.

La decisión de quedarse

Por otro lado, si la dimisión no es rápida, la atención negativa del público puede perjudicar irremediablemente la carrera de la persona en cuestión. Pero a veces quienes se sienten presionados para abandonar su puesto piensan que mantenerlo hasta las últimas consecuencias es la única manera de hacer lo correcto.

El expresidente de la Federación Internacional de Automovilismo (FIA), Max Mosley, se vio sometido a la presión de los medios después de que un diario revelara su participación en una sesión de sexo sadomasoquista con cinco mujeres.

Pese a las críticas feroces, decidió mantenerse en el puesto hasta el final de su mandato. "Hay ocasiones en las que eres responsable y aunque no sea culpa tuya, tienes que dimitir", afirma.

"Creo que si hubiera habido un accidente grande en la Fórmula 1, con un auto embistiendo a la audiencia o algo así de serio, probablemente yo habría sentido la obligación de dimitir o, al menos, ofrecer mi dimisión".

"Pero si yo hubiera dimitido no creo que hubiera sido una decisión honorable. Pienso que habría sido una dimisión cobarde porque no hice nada malo. No hice nada que no debiera hacer, que es el motivo por el que uno debería dimitir. En mi caso se trató de algo que tenía que ver con mi vida privada", apunta.

* El autor es el periodista Alex Hudson.
En BBC Mundo (www.bbc.co.uk)

Addenda
En América Latina en años recientes la dimisión más sonada corresponde a la del ex presidente argentino Fernando De la Rúa, que debió salir a toda prisa de su despacho mientras alrededor de un millón de personas virtualmente sitiaban la Casa de gobierno al grito de "que se vayan todos".

Menos de 10 años después, en el vecino Chile, la presión ciudadana obligó al presidente Piñera a cambiar a su ministro de Educación, Joaquín Lavín; el sucesor de aquel, Felipe Bulnes, podría convertirse en el segundo blanco de la agobiada e iracunda sociedad chilena, que no ve voluntad gubernamental —ni en el "stablishment" político— para solucionar los graves problemas y corrupciòn imperante en el sistema educativo del país.

Es de esperar que los chilenos no necesiten salir a la calle —como en Buenos Aires— con la misma consigna: que se vayan todos.
(Surysur).

 

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