May 8 2010
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Opinión

Costa Rica: la administración Arias

Luis Paulino Vargas Solís.*

Imaginemos que desarrollamos un conjunto representaciones gráficas que ilustren la evolución registrada en las diferentes facetas de la gestión gubernamental del período de Arias y su hermano. En lo político, deberíamos obtener una curva que desciende hasta octubre de 2007.

Después de esa fecha cambia su pendiente y se vuelve ascendente, si bien a partir de febrero de 2010 –con la elección de Chinchilla- se presenta un punto de inflexión, en virtud del cual la pendiente positiva de la curva se suaviza.

En lo económico, la curva es ascendente a lo largo de 2006 y 2007. Entra en una fase de meseta o estancamiento en 2008 y luego, hacia el último trimestre de este último año y a lo largo de la mayor parte de 2009, va de bajada. Al entrar al presente año, vuelve a tomar forma de meseta o bien adquiere una ruta suavemente ascendente.

En lo social, sin embargo, la curva solo tiene una orientación: hacia abajo, si bien es posible que desde los últimos meses de 2008 y a lo largo de 2009 la caída haya sido a un ritmo especialmente pronunciado.

Esa sería una especie de síntesis gráfica del reinado arista.

La faceta política

Se registra una primera etapa –que culmina con el referendo sobre el TLC con Estados Unidos en octubre de 2007– donde los Arias, no obstante su coalición con todos los poderes oligárquicos y el férreo control de la institucionalidad pública, enfrentó sin embargo un reto histórico de excepcionales dimensiones: una enorme movilización popular a nivel nacional que se alimentó de nuevas y sumamente ricas formas de organización ciudadana integradas en una enorme red de solidaridad, gestión democrática participativa y construcción de discursos alternativos.

El No estuvo a un tris de ganar el referendo –lo que habría sido la más grande derrota histórica jamás experimentada por la oligarquía criolla– y si no lo logró fue porque a último momento pecamos de ingenuidad, mientras desde la acera de enfrente, y con absoluto desparpajo y cinismo, se lanzaba una campaña de terror tan masiva como brutal.

Luego del referendo, y por razones que en otra parte he intentado analizar pero sobre las cuales querría volver, se inicia un proceso de paulatina disgregación de esa fuerza ciudadana organizada. Conforme se aproximaba el proceso eleccionario de 2010, el retroceso y la dispersión se aceleraron.

Con ello los espacios políticos a disposición de la administración Arias se ensanchaban. Entonces pudieron hacer y deshacer con frescura y despreocupación: la llamada agenda de implementación del TLC, la defensora de los habitantes, el negociado del aeropuerto, JAPDEVA, el agua. Y siga usted sumando. Cada espacio que quedaba vacío conforme las fuerzas progresistas retrocedían, fue aprovechado para imponer su corrupta agenda neoliberal.

En febrero, y con la elección de Chinchilla, el dominio arista se atenúa en la medida en que se entra en una fase de transición. A la nueva presidenta le queda por delante el desafío de replicar el control de la institucionalidad pública que logró su antecesor. Por el momento –a juzgar por la feliz boda Chinchilla-Guevara– esta señora parece capaz de superar a su maestro. Pero ello depende también de qué hagan las organizaciones y partidos progresistas. Mas eso es tema para otro artículo.

La faceta económica

La administración Arias se monta sobre un movimiento ascendente que venía de atrás y el cual llega hasta 2007. En ello poco tuvo que ver el manejo de la política económica por parte de ninguna de las dos administraciones implicadas –Pacheco y los Arias- ya que esencialmente fue el efecto reflejo de un ciclo económico mundial excepcional (el de más elevado crecimiento en cuarenta años).

Luego, como sabemos, viene una crisis económica que aún no se resuelve, la cual suscita, a lo largo de buena parte de 2008 y 2009, la recesión más aguda que el mundo rico ha vivido en los últimos 75 años. La economía de Costa Rica lo resiente muy claramente, ya desde 2008 y más claramente en 2009. El efecto se vio atenuado por la débil integración dentro de la economía nacional, de una porción sustancial del sector exportador: el dominado por capital extranjero, en especial la industria de alta tecnología.

Si en los “buenos tiempos” ello limita los impactos positivos, en los malos suaviza el golpe. Aún así el desempleo aumentó de forma sustancial y alcanzó los niveles más elevados registrados en el último cuarto de siglo.

Al iniciarse 2010, y en el ocaso del período arista, los flujos de capital –incluso los de tipo especulativo- podrían estarse reactivando y, con ello, la economía cobra nuevo aire. Ello posiblemente sea fruto de la relativa estabilización de los sistemas financieros en los países ricos en combinación con las bajísimas tasas de interés que por allá prevalecen.

Parece entonces haber síntomas de que se estaría reeditando el auge especulativo de 2005-2007. Pero es dudoso que esa tendencia se sostenga, cuando la crisis mundial entra en una nueva fase con el derrumbe del euro y el colapso del endeudamiento público en Europa (el cual, en un plazo más o menos dilatado, podría extenderse a Estados Unidos). A Chinchilla le esperan años de vacas muy flaquitas.

La faceta social

Aquí el camino recorrido ha sido cuesta abajo. La caída se agudizó durante la fase recesiva de 2008-2009, pero, la verdad, es un proceso que ha cubierto los cuatro años. Al respecto, es por completo secundario si los índices oficiales de pobreza bajaron o subieron. Es patético que en Costa Rica se le ponga tan excesivo interés a una forma de medición de la pobreza que pareciera diseñada justo con dos objetivos: primero, fingir que la pobreza es un asunto de simple sobrevivencia biológica para de esa forma garantizar (segundo objetivo) que el mero crecimiento de la economía logre producir –si no por goteo, entonces mediante un asistencialismo vergonzante- la reducción de los índices respectivos. La pobreza tiene un componente cultural que es insoslayable y no es posible abordarla correctamente si no se la vincula con la desigualdad.

Desde ese punto de vista, el gobierno arista es, en realidad, un período de profundización de la desigualdad y la pobreza y de agudización generalizada del deterioro social. Los índices de homicidios como, en sentido amplio, el agravamiento de las manifestaciones de violencia, dan testimonio elocuente de ello. Han sido además tiempos de restricción de la democracia: la célebre “tiranía en democracia” que Arias proclamó urbi et orbi. Ello propicia un juego de retroalimentaciones perversas entre la violencia social y las propuestas fascistas de represión y conculcación de los derechos humanos.

Y, a fin de cuentas, ese es el legado más perdurable y también el más siniestro que dejan Oscar Arias y su hermano: la incansable tenacidad con que se dedicaron a socavar la democracia. En ese contexto, hechos recientes como la violencia ejercida contra la autonomía universitaria y la autonomía sindical, reflejan una atmósfera política y sicológica proclive al autoritarismo.

Es algo que trasciende al gobierno arista, pero de lo cual esta ha sido promotor y actor principal. Ello ratifica cuán graves pueden ser las equivocaciones que algunas veces comete el comité Nobel.

* En
www.argenpress.info

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