May 23 2011
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Sociedad

Costa Rica, la marca de la bestia

Luis Paulino Vargas Solís.*

El colectivo de las personas sexualmente diversas es una realidad compleja y heterogénea. Ya ello queda reflejado en la forma usual como las organizaciones de la diversidad sexual se presentan a sí mismas, lo cual ha conducido a una verdadera sopa de letras que a veces produce confusión (organizaciones GLTBI, para significar: gays, lesbianas, bisexuales, transgénero /transexuales e intersexuales).

Pero cuando decimos “soy gay” o “soy lesbiana” de alguna forma, y sin darnos, cuenta, hacemos concesión a una etiqueta que la sociedad impone como marca y estigma. En realidad, yo, de nombre Luis Paulino, soy un humilde escribidor como también soy catedrático, profesor e investigador universitario, mayor, costarricense, vecino de Alajuela, de origen campesino, etc. etc.

Y al cabo resulta que además de todo lo anterior soy "gay", como se dice de alguna vecina que es lesbiana y de alguien más que es travesti (uso aquí las palabras “bonitas”, no el sainete interminable de términos denigrantes de extendidísimo uso popular). Pero esto último —quiero decir, eso de ser gay, lesbiana o travesti— deja de ser un rasgo más entre tantos otros que componen biografías personales complejas. Pasa a ser una marca de fuego que establece un criterio implacable de discriminación y exclusión.

Entonces pierde importancia si un muchacho cualquiera es un buen y cumplidor operario. Si es homosexual, esto se impone a todo lo demás y con casi total seguridad ello determinará sus posibilidades laborales y el tipo de trato que reciba de compañeros y jefaturas. De forma similar se vuelve accesorio si una mujer es una profesional estudiosa y competente. Si fuere lesbiana, ello (en combinación con su condición de mujer) condicionará lo demás: dificultará gravemente su ascenso profesional y le negará el derecho de que su familia, construida junto a otra mujer, goce de la protección legal que toda familia debería recibir.

Uno en lo personal es gay o lesbiana como es muchas otras cosas al mismo tiempo.
Pero esas otras cosas no importan. Puesto que la condición homosexual es imaginada como la más horrorosa de las aberraciones, ello instaura una marca infamante que se expresa a través de un cúmulo de descalificaciones totalizantes: seres anti-naturales, patológicos, desviados, inmorales, etc. etc. Incluso diabólicos. Obviamente no se supone que tales engendros puedan reclamar para sí derecho alguno.

Por ello a Telenoticias le parece cosa muy natural —como ayer a la Licda. Loría y las jerarquías católicas y evangélicas, con las honrosas excepciones que conocemos— abrir la votación:
– ¿Está usted de acuerdo con que se reconozcan las uniones civiles de parejas del mismo sexo?
74,2%, no; 25,8%, sí.

“Me gusta la democracia” dirá monseñor. Y cuando en la versión digital de La Nación se informaba de una reunión en un sitio público para celebrar el día contra la homofobia, señores muy respetables comentaban: “Que sea sin indecencias. Vean que por ahí pasan niños”. Obvio: es que donde se reúnen lesbianas y gais cunde el pecado y apesta a azufre. De modo que Telenoticias pudo haber complementado eficazmente esos comentarios, con otra encuestita:

– ¿Está usted de acuerdo con permitir que gais y lesbiana hagan una manifestación pública en la Plaza de la Democracia?”.

Finalmente, que si de lo que se trata es de poner a votación los derechos de las personas sexualmente diversas, el asunto no tendría por qué limitarse a la cuestión del matrimonio.

En un conocido programa radial que transmite Monumental hacia el final de la tarde, un oyente comentaba: “Que esos geicillos (sic) se vayan a Holanda”. Se me ocurre entonces que también podría ponerse a votación si tenemos derecho a vivir en este país, o “si nos vamos para Holanda” (o a ver dónde nos metemos, puesto que vivir en Costa Rica nos estará vedado).

En el mismo talante surge el “argumento democrático”: Si la mayoría no está de acuerdo no se le puede imponer. Es decir, no se le puede imponer la obligación de respetar los derechos de las minorías sexualmente diversas. Reconozco que es un planteo coherente en el sentido de que convoca el poderío aplastante de la norma heterosexista obligatoria. Como si se dijera: “Costa Rica para los heterosexuales” (y la demás gente que se vaya al carajo). Su estatuto democrático sí es bien discutible, puesto que niega que también las minorías debieran tener un sitio bajo el sol.

Lo resumo así: es el poder totalizante de una marca que es algo así como la marca de la bestia. Quienes somos sexualmente diversos cargamos esa marca y ello anula cualquiera otro mérito que en nuestras vidas podamos exhibir.

No interesan los libros que he publicado, el Premio Nacional que me fue concedido, mi esfuerzo como profesor, mi empeño en ser un hombre honrado, trabajador y respetuoso. No interesa, en fin, si en mi vida me ha afanado por ser simplemente un poquito mejor.

Se me niega, no se diga mi derecho a amar, pero incluso mi capacidad para amar. Se me niega que yo pueda construir una familia y que esta familia merezca respeto y reconocimiento. Se me niega que yo tenga alguna capacidad para hacer el bien, cuando inherentemente se me atribuye un poder. demoníaco de destrucción y perversión.

Y, sin embargo, y como dice el dicho popular, “nadie me quita lo bailado”. Porque mucho sí he amado y porque sí tengo una familia llena de amor. Aunque les chime…

* En www.elpais.cr
 

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