Jun 15 2005
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Cultura

Crónica de Jesús Ortega

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Una tarde a comienzos de otoño, en 1987, me topé con Jesús Ortega en el Två Krögare, de Malmö. Andaba yo, seguramente, en grupo junto a Gastón Candia y Pancho Pérez, quienes vivían en la Ciudad Vieja -Gamlastad- al otro lado del canal, el escritor nortino Rubén Aguilera, que aún reside en Lund, Pepe Viñoles, mi amigo de Liberación y Jorge Calvo, quien me había cedido el departamento de su novia, en Zenithgatan.

El restaurant aquel estaba en una calle paralela a Regementsgatan, la avenida del canal, y hacía casi esquina a la peatonal que va a dar al Triangeln, en pleno centro de la ciudad. Iban allí varios intelectuales y gente de teatro y, además de comer, se bebía la stora stark, cerveza fuerte en buenos y saludables jarros.

Ortega entró con un grupo y me fue presentado. Gentil, me había llamado a comienzos de año al departamento de Sergio Badilla, en Estocolmo, a poco de bajarme del avión. Allí le conté un hecho que es cierto pero, como los mejores rumores, hasta el día de hoy se encarga en divulgarlo. Ocurre que en los tiempos de la Unidad Popular, con Juan Luis Martínez y Raúl Zurita leíamos, en el Café Cinema de Viña del Mar, Las pizarras del mundo, su primer libro, editado cuando era un artista conocido más bien como mimo, una suerte de Chaplin, en la incipiente televisión chilena. Y lo leíamos, justo es reconocerlo, con el mismo interés que a los beatniks, los surrealistas y todos nuestros héroes contemporáneos.

Con el paso de los años y de los viajes, algún buen amigo limpió aquel ejemplar de mis estanterías. Textos como El indolente, Leonídas en Sudamérica o El ángel derribado puedo rescatarlos hoy desde su esperada antología, De este mundo y el otro, publicada en Suecia, en castellano, por Brutus Östlings Bokförlag Symposion. Ortega me la envió junto con un paquete de ejemplares para mis amigos poetas de Valparaíso. Allí venía su más reciente poemario, Modestísima proposición/ Ett anspråkslöst förslag, traducido por Lasse Södeberg, quien ahora dirige, en compañía de Viñoles, el sello Aura Latina.

Pocos meses después de aquel primer encuentro, Ortega entregó su segundo libro, Serpentímetra. Habían transcurrido casi veinte años y sus lectores se encargaban de reclamar por tal ausencia. El volumen, bilingüe, con las primeras traducciones de Söderberg, fue editado por el mismo sello. dirigido entonces por Pérez Santiago y Aguilera. La presentación tuvo lugar el sábado 26 de septiembre en el Fredman -en Regemetsgatan 4- y contó con la música de Manolo de Utrera y su grupo, flamenco y tango.

Varios de los textos aparecidos en esta edición ya los habíamos leído en su anterior libro. Sin embargo piezas como Para hablar con las musas y Recuerdo a Carmona -esta última una verdadera joyita para la lírica nacional- se destacaron de inmediato.

Carmona –si se refiere a nuestro Ramón Carmona, como creo que es efectivo– es un poeta que ya se fue; pero sigue bicicleteando en el texto de Ortega: “Es él y su Volvo idolatrado / Es él llegando a mi casa / Por la tarde / Es él y yo y la Chabe tomando vino caliente con naranja / En el jardín de mi casa / En el jardín lleno de rosas de mi casa / Es mi casa / a 13.000 kilómetros de su calle / La que pasa”. Ritmo, cadencia y repetición construyen este nostálgico texto. Aunque en la versión original le agregaba un largo Chile más –7.000 kilómetros– de distancia.

fotoEl escritor se toma su tiempo. Luego de ocho años, en 1995, entrega, en versiones e idiomas distintos, La vidriera irrespetuosa. La gente empieza a comentar que Ortega escribe poco, que está en deuda con la poesía. El poeta se defiende: “no escribo poco, / emborrono centenares de cuartillas, / pero quemo mucho. / (El fuego inmola) / y debiera echar a la fogata / la mitad de aquello que no quemo”, alega años después en un poema dedicado a mí y que no incluye en ninguna de sus entregas.

Su visión apocalíptica (“a la entrada de la isla/ De Manhattan/ Circe levanta su antorcha encendida”), esos cuerpos prestados al amor y las verdaderas causas de los monstruos que allí nos explica, muestran el desarrollo logrado en la reiteración de sus temas. Aunque su verdadero conflicto –entre la desesperación por el decir y la concentración de la técnica– se expresa en estas páginas como una oposición bastante absoluta.

Jesús Ortega es poeta del descubrimiento, la inteligencia iluminada y el juego permanente. No estamos ante un simple continuador de Nicanor Parra –bien podría serlo también de Gonzalo Rojas– ni frente a un antipoeta declarado. La poesía de Jesús Ortega pertenece a la promoción del 65 por temática y vinculación.

Se trata de una aparición tardía en las letras nacionales. Si bien por el dato cronológico de su nacimiento debiéramos ubicarlo en la promoción del 50, junto a Armando Uribe Arce o Alberto Rubio, su trabajo pertenece a esa línea de producción dada por la revista Trilce y otras publicaciones universitarias antes del 73. Aquella era un canto al mundo nuevo y esperanzador que proclamaba la paz universal, la solidaridad y el amor.

Los años no fueron mezquinos para dispersar dicho movimiento. Ortega, víctima y testigo, vive desde entonces en Suecia, país al cual ama a pesar de negarse a su idioma y el cual, lo ha declarado, le ha entregado posibilidades de desarrollo como artista. Y en tanto sujeto histórico ha permanecido siempre en la memoria y el registro literario nacional, aunque su ausencia a ratos sea causa de un desconocimiento marcado y ocasionalmente odioso.

“Jesús Ortega puede recordarnos a su paisano Nicanor Parra, que en Chile fue el primero en mostrar con sus brillantes poemas, ya en los años 40, un escape de la poderosa pero a veces asfixiante influencia de Neruda. Pero las ironías de Jesús Ortega son menos venenosas, más cálidas, menos intelectuales”, dice Söderberg en el prólogo.

El empleo de variados recursos literarios y el uso de lo cotidiano para tales fines, el humor, la elegancia y la pulcritud de la palabra, nos indica que estamos ante un artista cuyo silencio –y ausencia en las antologías nacionales– no se debe precisamente a su humildad, sino más bien a la lejanía y a la dedicación a las tablas más que a las letras.

Entonces resulta lógico que la actitud lúdica de Ortega consiga, en su último libro, momentos de intensidad y placer estético. El poema Iluminaciones, más allá de citar a poetas de diversas épocas, es en sí un objeto valioso. La contracción semántica del verso 9 –“Y Ungaretti d’inmenso”– resulta un recado para golosos, una reflexión inversa, tal vez la única posible frente al espectacular verso del vate italiano. Es decir, una iluminación.

Lo mismo ocurre en Se acabó la fiesta. Allí, como en la mayor parte de sus trabajos, la cuestión política, la denuncia y el necesario yo acuso están presentes con su lenguaje directo, indirecto, transversal o cotidiano. Ortega ensambla una serie de lugares comunes, imágenes recurridas, pastiches de nuestra cultura occidental, para mostrarlas al desnudo en una nueva armatoste, lírica, rítmica y absoluta. Como diría un argentino, “se pudrió todo”: “Hemos roto la guitarra contra el piso / Hemos incendiado el piano. / Estrangulado el arpa (…) The end. Cierren y vámonos a casa. / Desde la poltrona veremos / Pelícanos fritos en aceite”.

De este mundo y el otro se cierra con un cuadernillo reciente bautizado como De par en par. El mérito de esta antología reside en poner de manifiesto su poética válida e interesante, como una expresión más de la poesía chilena, esta vez generada en el extranjero. Una poesía que, por lo demás, responde a la línea formulada por su autor desde sus inicios y que se adscribe al modernismo humanista de fines del Siglo XX. En ella se manifiesta una clara búsqueda de lo inteligente, lo sagaz y lo acertivo –así como de la perfección formal– encaminada a la denuncia y a la liberación frente al dominio opresivo del mal. Pero esta búsqueda, en todo caso romántica, muchas veces deberá sacrificar la obtención de ese instante perfecto en beneficio de la realidad. De allí que el título elegido por Jesús Ortega Heller sea del todo preciso.

De Chile guarda buenos recuerdos. Su amistad con Lihn, con Jodorowsky, con Palacios es uno de ellos. Del gran poeta afirma: “Yo sé lo que hundió a Lihn, me parece. Yo creo que fue una mujercita sencilla y tonta. Las mujeres más “lolitas” liquidan un trasatlántico. Yo creo que fue “la paloma tonta”. Y Teillier quedo hecho… Estoy seguro que esas tragedias de los grandes escritores, que pasan por ser agonías literarias y artísticas, son dolores ocasionados por mujeres, nada más”.

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foto* Periodista y escritor (Valparaíso 1947).

Algunos títulos de Cameron:

Las manos enlazadas, Edeval, Valparaíso, 1971.
Una vieja joven muerte, Del Café, Valparaíso, 1972.
Perro de circo, Edición del Premio Rudyard Kipling, Santiago, 1979.
Cámara oscura, Editorial Manieristas, Santiago, 1985.
Ascensores porteños/ Guía práctica, Altazor-FONDART, Santiago, 1999.
Jugar con la palabra, (antología 1971-2000), Editorial LOM Santiago, 2000.

ADDENDA: TEXTOS DE ORTEGA

Trabaja un general

El general se levanta cada día,
Se afeita, se lava los dientes,
Se viste, desayuna,
Besa a su mujer y a sus hijos
Uno a uno
Y parte
A su masacre cotidiana.
(Serpentímetra)

Saltar la cuerda

¿Qué es la poesía?
Me pregunto,
Mientras muerdo mi lápiz de palo.
¿Una alfombra voladora entre las nubes?
¿Una viola ronca que te sangra los dedos?
¿Un salón que te suelta palomas?
¿Una Olimpia portátil de repetición?
¿Una cuerda cuya campana está en el cielo?
¿Un doctorado en inglés?
¿O cartitas que le mandas a la amada?

No lo sé, nadie lo sabe.

Por mi parte me olvido de limpiarle
Las legañas a la luna y me dedico
A saltar la cuerda
Con un cable de alta tensión.

Cuerpos prestados del amor

Cuerpos prestados del amor,
formas que pasan, labios
cuyos besos permenecen.
Ojos como luces
de una estrella muerta que nos llega.

Cuerpos prestados del amor que queda.
Cuerpos que pasan, como si el amor
cambiara de vestido.
Pero el amor es uno,
lo que ocurre es que cambia sus paisajes
y el paisaje se quiebra para que haya puentes.

Porque el amor es un puente
y es un salón de espejos enfrentados,
donde unos cuerpos bailan o juegan
o parten
y olvidan un zapato con el taco roto.

Agua que arrastra unas flores.
Pechos que resbalan sobre un pecho.
Cuerpos

afluentes del amor
que pasan.

(La vidriera irrespetuosa).

Diálogo

Dijo el diablo a Dios:
“Muéstrame un cristiano puro”
Y dijo Dios:
“Trae un comunista verdadero”
Y se quedaron mirando de reojo largo rato,
Y luego dijo el Creador:
“¡Ea! juguemos a otra cosa”

(Poetas Chilenos en Escandinavia , selección y estudio de Alfonso Freire).

Jesús Ortega Heller (Caracas,1932). Este poeta chileno es, además, pintor, mimo, actor de teatro y se ha desempeñado en diferentes oficios. Ha publicado Las pizarras del mundo (1968), Serpentímetra (1987), La vidriera irrespetuosa (1995), Una modestñisima proposición (2005) y la antología De este mundo y del otro (2005).

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