Ago 13 2006
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Opinión

CUANDO LENIN DUERME…

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

fotoA propósito de mi incursión en el terreno de las opiniones sobre este nuevo acto de matonaje israelí en el Medio Oriente, comprendidos en dos artículos publicados en esta revista recibí una observación de parte de Nieves y Miró Fuenzalida. Su intervención, más que girar sobre dicho asunto, abre la oportunidad de profundizar un poco acerca de la firmeza de los principios cuando se ponen a prueba en momentos álgidos de la historia.

 

El desacuerdo de Nieves y Miro con el contenido de mis artículos, desacuerdo que por lo demás es legítimo de expresar, no sorprende si se conoce la posición que ellos han adoptado frente a esta nueva agresión sionista sobre un país vecino, neutral e indemne ante el poderío bélico y económico de Israel. Lo que yo no hubiera querido encontrar en su mensaje es ese tufillo descalificatorio que ronda sus palabras al arrogarse sólo para sí la facultad de “entender lo que ocurre en el Medio Oriente”, calificándome de iure et a priori como antisemita.

Su respuesta, cocinada en la salsa de la arrogancia sionista, no admite otro axioma que aquel nazi-estalinista del estás conmigo o estás en mi contra, o eres comunista o anticomunista, eres semita o eres antisemita. El corolario de oro de la crítica de Fuenzalida, se clausura con un “leninazo” venido a propósito de escopeta y que merece un párrafo aparte.

Con un poco de paciencia entonces, y haciendo abstracción del exabrupto estaliniano, procederemos a desmenuzar un poco el “sesudo” aporte de mis detractores a mi osadía de censurar las tropelías del “ejército de Jehová”.

Dando claras muestras de no haberse tomado la molestia de profundizar ambos artículos –o al menos de haberlos leído– el párrafo se inicia, sin anestesia ni nada, acusándome de “antisemita clásico” (no sé cuáles serán los otros), adjudicándome con potestad divina un pensamiento: aquel que “si los judíos no existieran podríamos lograr la armonía”, que no lo dicen mis escritos ni implícita ni menos explícitamente. Sin embargo, este protagonismo soberbio de determinar la “armonía” mundial en base a una raza, abre una interrogante.

¿A cuál armonía se refieren estos paladines del sionismo? ¿Será el término de la explotación del hombre por hombre? ¿El fin del dominio de una clase minoritaria y poderosa sobre la inmensa masa de desposeídos en el mundo? ¿El fin de la destrucción global de los recursos naturales?

De acuerdo a este esquema simplón, que, ya dijimos, es también una forma de jactancia racial (¡oh, vanidad de vanidades!) al adjudicar a una etnia la virtud de lograr la armonía universal con solo desaparecer del mapa, de acuerdo a este axioma digo, al pobre viejo Marx, en vez de gastar toneladas de papel y sapiencia para demostrar el origen de clases en las tribulaciones de la humanidad, le habría bastado con pegarse un tiro y habríamos tenido un judío menos y un paso más hacia “la armonía”  que los Fuenzalida ponen en boca de los supuestos antisemitas como la panacea para alcanzar el paraíso terrenal.

Claramente explícito como para alegar letra chica, en ambos artículos dejé palmaria mi posición respecto del irrenunciable derecho del Estado de Israel a su existencia (sic), lo que dicho sea de paso, es una más de las muchas opiniones favorables al asunto venidas desde la izquierda y que, me imagino, ya que no se requiere mucho esfuerzo mental para notarlo, no deja dudas respecto de la absoluta carencia en mis palabras de un espíritu antisemita.

Ella marca, además, una nítida diferencia con las posiciones más radicalizadas que consideran a Israel un estado intruso en un territorio que no les pertenece. Por si aún así no quedara claro, y a propósito de los protocolos de los ancianos de Sión citado por mis detractores, agregaba en mi artículo “Cuando Dios Duerme” mi condena a los pogromos referidos precisamente a los ocurridos en Rusia.  

La “pasión” de Gibson

Pero sigamos viendo las críticas de Nieves y Miró a mi artículo. A renglón seguido salta a la palestra nuestro inefable Mel Gibson, quién por lo demás no debe tener idea que su exabrupto etílico forme parte de esta sesuda controversia en este rincón del mundo. Debo confesar que al señor Gibson no lo ubicaba ni lo ubico en su profesión más que por sus roles en dos o tres películas y su carácter de director de una vida de Jesús, que –entre paréntesis– en mi opinión es un filme más bien efectista que de calidad. Mucho menos, queridos amigos Fuenzalida, iba a saber que, como ustedes dicen, cito textual, “para nadie es un misterio que (Gibson) forma parte de una tradición familiar antisemita” y que además le llega, siempre en la docta nota de mis críticos, de “su padre que niega el holocausto”.

Debo confesar mi ignorancia supina: no tenía idea de eso que, según Fuenzalida, es vox populi y conoce todo el mundo: el antisemitismo de los Gibson.

Tampoco mi entorno en el que realicé una rápida encuesta, conocía nada sobre el peso de Gibson en el conflicto árabe-israelí con sus posiciones “antisemitas”. Mi cita sobre el caso protagonizado por este simpático dipsómano era nada más que el típico trampolín que le permite al articulista desplegar sus argumentos. Agregado a eso me permití sólo una pequeña licencia que fue la de saludar su adhesión a la cofradía etílica de los que no tienen ni al Corán ni a la Biblia como libro sagrado, sino al Rubaiyat, de Omar Khayyam, el poeta del vino, este sibarita árabe a quien, confieso otra vez mi ignorancia, no le conozco ninguna conexión con Hezbolá, y cuya muerte, hace mil años, tampoco sé si fue a manos del Mosad.

Siempre en este mismo punto, el del “antisemita” Gibson, estoy plenamente de acuerdo en uno de los párrafos del comentario que hacen los Fuenzalida respecto de mi artículo: es aquel que dice que el hundimiento de este actor por proclamar sus críticas al judaísmo, “será determinada por las ganancias (económicas) que pueda generar”. Es una verdad del porte de una catedral. O de una mezquita. Esa será la causa si se produce su caída.

Difícilmente el servicio secreto israelí va montar un rapto de Gibson, como ocurrió con el genocida Eichman, para castigarlo en Tel Avid. O la aviación israelita va a ubicar el automóvil del actor en medio del tráfico endemoniado de Nueva York soltándole un misil preciso, como hace en Oriente Medio con los dirigentes palestinos, asesinándolos sin importar si van acompañados de sus familias. No es para tanto, ¿verdad? Pero en cambio, al judaísmo hollywoodense le bastará con cerrar la llave para que este caballero, como señalan los Fuenzalida y estamos totalmente de acuerdo, “no genere ganancias” y se hunda por disentir de los designios de Jehová. 

No hay que escupir leninazos al cielo…

Pero donde con mayor masoquismo los Fuenzalida “se pisan la cola”, es en la frase leninista con la que al final pretenden crucificarme a mí y a los lectores que accedan a participar de los debates, manifestando en este caso su repudio al genocidio.

Según tengo entendido, y por favor les pido a mis críticos que me corrijan si me equivoco, Nieves y Miro Fuenzalida, son izquierdistas y de los buenos, es decir, de aquellos que se mueven en el ámbito filosófico repartiendo citas al viejo estilo partidario, cuando Lenin y los clásicos del marxismo daban para todo. Quiero recordar que si usted, querido lector, era trotskista, anarcosindicalista, maoísta, sovietincha, y más cercanamente, me refiero a Chile, mirista, socialista, comunista y hasta socialdemócrata camuflado, siempre iba a encontrar un leninazo que le serviría para cohonestar su posición.

Ello era de uso frecuente dentro de la diversidad de la izquierda. Lo que usted no va a encontrar jamás en los escritos de Lenin y menos en el coloso que es el viejo Marx, es un argumento que justifique la adhesión a la prepotencia imperialista y a la complicidad con el genocidio de los bandidos que hoy saquean el mundo impunemente desde su posición de potencias militares y económicas.

La tragedia de los Fuenzalida es la misma que ha penado desde mucho en las filas de la izquierda cuando los acontecimientos mundiales ponen a prueba los principios. Si no lo cree, pregúntele a nuestros padres, viejos militantes, que tuvieron que comulgar con la hostia pestilente del tratado germano-soviético previo a la Segunda Guerra Mundial, defendiendo lo indefendible en medio de las arcadas provocadas por el estalinismo, que se repitieron luego con la entrada de los tanques rusos a Budapest en 1956.

Doce años después nos tocó a nosotros, jóvenes idealistas a los que Moscú quiso convencer de los fundamentos marxistas-leninistas que justificaban la invasión a Checoslovaquia en 1968 y la matanza del pueblo checo en las calles de Praga.

Es por eso que en mi artículo, en párrafos que al parecer mis detractores no leyeron, saludaba yo la valentía de ese sector del pueblo hebreo que, no obstante el carácter divino y nacionalista que el sionismo quiere darle a su política imperialista, son capaces de elevar su voz de condena que salva la dignidad de toda una raza, o mejor, de una cultura.

Por último, las vicisitudes que todos hemos sufrido, incluso Nieves y Miro Fuenzalida, los embates de las dictaduras, la prisión, la muerte de nuestros camaradas, la destrucción de nuestras familias y el retroceso temporal de nuestra lucha, con todo lo convulsionante que ello ha sido y continúa siendo en muchos lugares del mundo, no entrega per se el título de consecuencia ideológica, sino que ésta se origina, entre otros valores fundamentales, en la capacidad de mantener los principios cuando hay que definirse con una posición de izquierda frente a los grandes problemas sociopolíticos del mundo.

Lo contrario significará que nuestro izquierdismo, a pesar de todo el despliegue ideológico, la vocinglera defensa de los humillados y los ofendidos, de los derechos humanos y de la dignidad y la vida de los pueblos, se cimentará siempre sobre una base de barro y paja, es decir, parodiando a Mario Benedetti, tendrá siempre una esquina rota.

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* Escritor y científico.

Los artículos que inician esta discusión son: Cuando Dios duerme y Explico algunas cosas –ambos de Sánchez–. El último motivó las observaciones de Nieves y Miró Fuenzalida.

De Nieves y Miró Fuenzalida pueden leerse ¿A quién le importa Lenin? y El judío, el musulmán y el imperialista, que tocan asuntos relacionados.

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