Jul 16 2011
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OpiniónSociedad

Cuba: al banco o seguir equivocándose

Luis Sexto.*

En un reciente debate convocado por la revista Temas, en La Habana, sobre politización y despolitización en la sociedad cubana, uno de los oyentes preguntó a este periodista, que formaba parte del panel, qué era la doble moral. Le respondí con un título de José Ingenieros: La simulación en la lucha por la vida. Y él me ripostó prometiendo definirla con menos rimbombancia: Es —dijo— el divorcio entre dirigentes y dirigidos.

Mejor, repuse, es explicarla como el divorcio entre las estructuras socioeconómicas y las aspiraciones de los ciudadanos. Porque, en definitiva, los dirigentes y funcionarios actúan insertos en un determinado orden que al cabo influye en el comportamiento humano. Y sea dicho sin restar responsabilidad a aquellos que se aprovechan, para su beneficio, de la naturaleza dogmática y burocrática que condiciona el llamado socialismo real.

La doble moral, pues, es una resultante de un exceso de politización que a contrapelo del proceso renovador, sigue intentando perdurar sobre las conciencias de modo que la doble moral, es decir lo que no se piensa y pensar lo que no se dice, continúe en una especie de distorsión de la política y la ética. La política, entre diversos significados que parten de la teoría del Estado y el derecho, se relaciona, como sabemos, con el arte o la ciencia de gobernar.

Y por tanto la actitud política de los ciudadanos ha de consistir en aceptar y apoyar el programa del partido de gobierno y trabajar por su cumplimiento o criticar libremente sus inconsecuencias. Sin embargo, la política ha sido entendida hasta ahora, entre nosotros, como una especie de ritual, de repetición de consignas con que se evalúa el compromiso de las personas.

Esa especie de "super ego" que pende sobre la conciencia ciudadana ha sido, en esencia,  obra de una totalizadora ideologización de las acciones humanas. Y por ello, cuando el gobierno y el Partido Comunista piden hoy cambiar la mentalidad a cuadros y funcionarios, incluso a la gente común, están proponiendo modificar el modo de encarar la sociedad, las relaciones, la economía, la política, las leyes y encender una hoguera donde echar el "tiempo viejo", que es también aludir, figuradamente, a las personas lastradas por vivencias y reflejos que le imponen actuar y hablar ahora "como lo hizo" o "lo dijo antes".

Todo consiste hoy en Cuba, definitivamente, en una renovación, en un negarse para renacer condicionado por los afanes y certezas del presente. Pero el hábito y los intereses trenzados en tantos días de mandar más que gobernar, se niegan a desgarrarse. Y el observador comprometido aprecia el divorcio —ya que de divorcio empezamos hablando— entre las correcciones y las soluciones que se aprueban, la doctrina que se difunde, y la aplicación un tanto tortuosa y renuente del proyecto de actualización económica y que, por fuerza, ha de pasar por una reformulación de actitudes y militancia políticas.

Sería un fatídico error que olvidáramos que la supervivencia de los ideales y logros de la revolución, incluso los propósitos socialistas, se cristalizan y atrincheran en la unidad nacional. Y esta tendrá que aglutinarse dentro de la diversidad y protegida por efectivos derechos constitucionales y legales.

Raúl Castro pareció muy seguro, y habló claramente durante el Sexto Congreso del Partido Comunista, al enunciar que la unidad nacional, tantas veces invocada y necesitada en los últimos 50 años, se forma de la conjunción  de los creyentes, los ateos, los masones, los ñáñigos, los blancos, negros y mestizos, de todos los cubanos que, según un enfoque clarificado por la razón y la buena voluntad, no podrán ser discriminados ni soslayados ni privilegiados por sus creencias o filosofías, ni por su mayor o menor posición económica o prestigio social.

Pero quién puede cambiar mediante la persuasión, las visiones predominantes de un aparato estatal, burocratizado hasta en la forma de vestir, y que en influyente porción se ha habituado a levantar la mano en señal de anuencia, y luego opone un problema a cada solución, porque estima amenazado su poder si la tierra se reparte o si proliferan los trabajadores privados o las cooperativas, o si cada ciudadano adopta libremente la decisión de asistir o no asistir a la asamblea del sindicato o al mitin callejero, o la guardia del Comité de Defensa.

¿A dónde conduciría, por ejemplo, que a alguna institución se le ocurriera incluir, entre los requisitos para trabajar, o para matricular en una escuela o universidad, "no profesar creencias religiosas y comprometerse a guardar la incondicionalidad", es decir, a la permanencia irrestricta?

¿No intentarían así deslegitimar el discurso del presidente del país y secretario general del partido gobernante? Vistas con ánimo crítico, estas prácticas negarían el verdadero humanismo revolucionario, y sus exigencias tan extremas generarían la doble moral. ¿Quién podrá impedir que este y aquel confiesen ser ateos y en su casa enciendan una vela a San Lázaro? ¿Quién podría ignorar que la incondicionalidad a hombres o instituciones mantiene la libertad pegada al techo y que ante cualquier circunstancia adversa, cualquier duda o deseo, solo les quedará a los individuos así aprisionados el suicidio o la deserción?

Esa desactualización de la declarada voluntad política de dejar atrás lo caduco, lo fracasado, lo que ha sido causa de pobreza, emigración o despolitización, es a mi entender un aporte de quienes se niegan a creer que la mejor ideología no es la que promete el paraíso sino lo construye; no es la que genera problemas sino los resuelve en concordia, sin presiones. Cuba, sin embargo, es aún gobernable. No funciona como un caos a pesar de las apariencias magnificadas por enemigos y disminuidas por amigos. Y este articulista, en contacto con cientos de compatriotas dentro del archipiélago, asegura que aún las reservas de ética y de auténtico compromiso son lo suficientes valiosas como para merecer salir a la luz; la prueba es una: la sociedad cubana sigue en pie y tranquila.

Pero el "hombre viejo" tendrá que apartarse, tenga cualquier edad, porque conozco a jóvenes con el pensamiento tan rígido como la farola del Morro. Y habrá que aceptar que quien no cambie su mentalidad y se erige en obstáculo para un socialismo horizontal, esto es, democrático y productivo, tendrá que echarse a un lado o ser desplazado.

El problema principal de Cuba, según mi modo de juzgar, se sintetiza en una analogía con el béisbol: quien se acostumbró a batear por la tercera, le resultará muy difícil hacerlo por la primera base cuando las circunstancias tácticas lo demanden. Y el librito de los managers dictará su fallo: al banco; este juego no es para ti.

* En http://progreso-semanal.com

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