May 22 2011
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Política

Cuba: ¿profundizar el socialismo?

Guillermo Almeyra

Para juzgar los cambios políticos no hay que basarse en las declaraciones y las intenciones, a veces sinceras, de quienes los promueven, sino en la lógica interna de dichos cambios y, sobre todo, en las fuerzas sociales en que ellos se apoyan o que les impulsan a entrar en movimiento.

Además, como la política no es una ciencia exacta, conviene ver en cabeza ajena los resultados de la línea que se propone como la mejor, sobre todo si se piensa en la construcción del socialismo y se habla de profundización del mismo (que, por otra parte, aún no existe).

Ahora bien, en el momento en que Cuba trata de adaptar los modelos chino o vietnamita, Vietnam, a pesar de todas las restricciones al derecho de huelga, sufre una ola creciente y sin precedentes de conflictos sindicales espontáneos (pues en este medio año ella llega ya a 220 grandes conflictos, contra 210 durante todo el año pasado), debido a que la inflación de casi 18 por ciento anual devora los salarios, los cuales no alcanzan 60 dólares mensuales en promedio.

Al mismo tiempo, el gobierno cubano acaba de autorizar a todas las empresas privadas a contratar trabajadores asalariados. Si tenemos en cuenta que las llamadas empresas estatales socialistas no son tales, porque la relación de propiedad no ha cambiado las relaciones de producción capitalistas, pues en esas empresas socialistas rige una disciplina vertical y los asalariados colaboran a su explotación mediante el trabajo de salario por rendimiento (o a destajo) o dependen de una serie de premios y castigos decididos por la dirección, como en cualquier empresa capitalista del resto del mundo, vemos que se está produciendo un poderoso reforzamiento del capitalismo en la isla.

El reciente congreso del PCC en sus resoluciones, además, legaliza ese curso cuando dice que el objetivo es dar a todos ”igualdad de oportunidades”, pero sin igualitarismo, cuando esa igualdad de oportunidades (entre un campesino tzeltal y un millonario mexicano o un inmigrante árabe y un financista europeo) es sinónimo de la igualdad y libertad sólo ante el mercado, o sea, es sinónimo de las políticas neoliberales capitalistas y la justicia más elemental requiere en cambio una discriminación positiva, ayudando mucho más a los que son más débiles en la vía democrática de la libertad, igualdad y fraternidad, que fue fijada por la Revolución Francesa ya hace más de dos siglos.

Por si esto fuera poco, el congreso partidario no definió hacia dónde espera que vaya Cuba y, por el contrario, sostuvo que establecerá un equilibrio entre el mercado y la planificación. Ahora bien, el mercado es mundial y no depende del gobierno cubano y, mediante los precios de los productos que Cuba debe importar o la estabilidad o inestabilidad de los países que comercian con Cuba a pesar del bloqueo, determina el curso de la economía de la isla. O sea que la burguesía mundial influye ya poderosamente en Cuba aunque en ésta –todavía– no se haya desarrollado una nueva burguesía local a partir de las capas privilegiadas de la burocracia y de la población (a las cuales, por otra parte, se dirigen todas las concesiones, como el derecho a comprar autos nuevos o casas, o a viajar al exterior, cosas que son imposibles para los pobres).

El mercado, además, es caótico por definición, pues depende del interés y de las expectativas de lucro de los productores y de las empresas a las que el PCC, en su congreso, autoriza a contratar entre sí y a actuar libremente en el mercado y, por lo tanto, no puede ser planificado, y a veces ni siquiera planeado de modo general, como lo probó el caso yugoslavo tan discutido en tiempos del Che y tan olvidado por los dirigentes de la economía cubana.

El congreso no decidió ningún cambio real y, en realidad, legalizó un peligroso curso procapitalista dirigido burocráticamente por la misma dirección que llevó al borde del abismo al proceso de construcción del socialismo en Cuba.

Ni antes ni después de él se hizo el menor intento de explicar por qué ese Congreso fue postergado durante nueve años, cuando se requería urgentemente fijar una nueva línea, ni se hizo jamás la menor autocrítica sobre las políticas y métodos erróneos del pasado. En ese mismo congreso no hubo una renovación de los dirigentes casi octagenarios ni de los métodos verticalistas y por cooptación de selección de los cuadros que impiden el desarrollo de elementos jóvenes y creativos. Como antes, se sigue aplicando el método de decidir algo en la cúpula del Estado y después bajarlo al partido y a la población aunque esa decisión ya esté siendo aplicada, para que ambos la aprueben a posteriori sugiriendo cuando mucho modificaciones muy parciales que sirven a los dirigentes para medir la temperatura social y graduar la aplicación de lo decidido.

El gobierno ha tomado de los yugoslavos la nefasta autogestión empresarial, que consistía en que las empresas estatales funcionasen en el mercado nacional e internacional autárquicamente como empresas capitalistas en competencia entre sí, pero no ha tomado la autogestión obrera, la participación obrera en las decisiones, el nombramiento por el personal de los directores ni ha encarado una discusión en todo el país sobre la autogestión social generalizada, sobre la participación popular en asambleas resolutivas, sobre la elaboración y control de presupuestos locales participativos, ni sobre nada que estimule la creatividad y la autorganización, y mantiene sin cambio alguno su concepción paternalista y burocrática verticalista de control sobre la sociedad heredada del llamado socialismo real.

Ahora bien, mientras no se discuta esa experiencia terrible –que no era socialista– y no se dé rienda suelta a la participación del pueblo cubano, el avance del capitalismo continuará, y Cuba, nuestra Cuba de todos, estará cada vez más en peligro.

 

 

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