Jul 19 2005
583 lecturas

Ambiente

Cuestionando la tecnología

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Me gustaría presentarme en la forma en que los compañeros lo hacen en los pueblos del norte México. Tal vez se sorprendan de oír que el detalle menos esencial es mi trabajo. El detalle más importante es a qué familia pertenezco: mi gente. Luego, si nos conocemos por ahí en alguna cantina y compartimos esta información, podremos saber si somos parientes o no. O si conocemos gente en el pueblo del otro. En otras palabras, podremos establecer una conexión significativa de acuerdo a los valores locales.

Por lo mismo, me gustaría decir un par de cosas sobre el lugar donde vivo y quién es mi gente, contándoles una breve historia sobre ambos. Vengo de Chimayó, un pueblo amerindio e hispano ubicado en las faldas de las montañas Sangre de Cristo, conocidas por sus ajíes verdes y el Santuario adonde vienen peregrinos de todo el mundo a sanarse.

Cuando recién llegué a Chimayó, un vecino vino en su caballo “mustang” para ofrecerme un regalo. Era un montón de alambre enfardador, lo que me pareció en el mejor de los casos, basura, y en el peor, un atado de metal amenazante y fatal. Como podrán ver, hasta ese momento había vivido gran parte de mi vida en departamentos de ciudades.

Pero en Chimayó pronto aprendí a cavar acequias de regadío, sembrar choclos, cazar ciervos, pescar en el Río en Medio, pelusear en el almacén de Orlando y conversar sobre las vueltas y reveses del tiempo. Y, finalmente, me di cuenta para qué era ese atado de alambre. Es para todo lo habido y por haber: para los fardos de heno, para reparar cercos, sujetar el portón, arreglar la caña de pescar, amarrar una pila de rocas. Enmendar el rastrillo, hacer un gallinero, arreglar la puerta del refrigerador, reparar el motor del auto.

Resultó que el alambre enfardador era el regalo más precioso que un vecino me podría haber dado.

Hay un historiador río arriba del Río Grande, en el pueblo de Dixon, llamado Tomás Atencio. Él dice que la revolución industrial pasó por el norte de Nuevo México y siguió de largo, lo que ha sido muy bueno para nosotros, porque el conocimiento y el modo de sobrevivencia basado en la tierra afortunadamente aún existen, ya que en una cultura basada en la tierra, cada persona, al igual que el alambre enfardador, puede hacer casi todo lo que se necesite hacer para sobrevivir.

Mi gente es una mezcla híbrida de europeos: somos nativos de Gales, Irlanda, Escocia, Francia, Holanda e Inglaterra. Los primeros en hacer el viaje a Norteamérica eran ingleses, quienes llegaron en 1633 a la colonia de la bahía de Massachusetts. Pero lo que me interesa contarles es sobre el linaje que se quedó en ultramar, en Inglaterra. Para ellos, hubo cambios extremos de gran alcance que se comenzaron a llevar a cabo a fines de 1700. No fueron cambios simples, sino cambios en la estructura interna de la existencia humana, alimentados por la expansión política, la explotación de la gente y de los recursos hallados en los lugares adonde se extendió la expansión, la centralización económica para administrar la subsecuente actividad y, como resultado, la acumulación de riqueza.

Antes de que ocurrieran estos cambios, la vida estaba basada en la autosuficiencia de la vida de la villa, y las villas de Gran Bretaña eran entonces muy parecidas a los pueblos del norte de Nuevo México. Cada villa tenía un centro, al que llamamos plaza. Cada villa tenía su propia iglesia y su propia cantina. Había una zona silvestre, común a todos, colindante a cada villorrio –la merced de agua- donde las familias llevaban a sus ovejas a pastar, los hombres cazaban, las mujeres juntaban yerbas y leña, y los niños jugaban. Las casas eran hechas con materiales naturales -tierra, piedra, heno- y eran construidas por las familias que las habitaban. Cada hogar contaba con un huerto familiar.

Generalmente, ambos padres trabajaban en la casa. Muchos hombres sabían tejer y toda la familia participaba en el proceso de autosostenimiento familiar: los niños carmenaban la lana y se ocupaban de las ovejas, las mujeres teñían la lana y jardineaban. La cultura no era enseñada por instituciones ajenas a la vida del pueblo, tales como las escuelas, sino que era enseñada a través de la experiencia directa de acuerdo al modo de vida de cada villorrio.

El cambio que alteró todo esto se inició a través de un proceso llamado cercamiento. A partir de 1770, y hasta 1790, el parlamento le arrebató el campo comunal –o ejidos- al pueblo inglés a través de una legislación que pretendía transferir legalmente al gobierno dos millones cuatrocientas mil hectáreas, compuestas de terrenos húmedos, praderas, campo abierto y bosques. Posteriormente, en actos ilegales de pillería y robo, los capitalistas afuerinos emergentes robaron otras 2 millones cuatrocientas mil hectáreas, convirtiendo el autosostenimeinto de las villas en algo imposible.

En concomitancia a esta drástica alteración vino otro proceso: la construcción del imperio británico. Los cartógrafos y aventureros habían navegado por el mundo en los siglos XV y XVI. El principio rector de sus exploraciones quedó al descubierto al constatar lo que ocurrió cuando los mapas finalmente fueron trazados: no se puede saquear un lugar sin antes saber cómo se llega a él. Y cuando supieron cómo llegar, los imperialistas británicos arrebataron territorios de Irlanda, partes de África, el Medio Oriente y China, Nueva Zelanda, Australia, Ceilán [hoy Sri Lanka], varias islas en el Caribe e India en su totalidad. En 1914, Inglaterra, junto a otras naciones europeas, poseía el 85 por ciento de la masa terrestre del planeta.

Éste es otro principio importante para interpretar los asuntos humanos: la cultura autosustentable no tiene la capacidad de crecer más allá de sus propios límites. Usando los recursos de su propio territorio, Gran Bretaña jamás podría haber producido la revolución industrial que produjo. Necesitaba un imperio para hacerlo.

La piedra angular de este proceso fue el arreglo comercial instaurado por la compañía British East India Company en conjunto con el ejército de Gran Bretaña. Los campesinos de la India que tradicionalmente cultivaban comida para sus propias comunidades fueron forzados a plantar opio y algodón como cultivos de consumo masivo. La savia del opio fue empaquetada en barras transportables y enviada por los mares de la China a ciudades tales como Canton y Hangzhou. Al principio, el opio era repartido en las calles gratuitamente hasta que ya hubiese suficiente gente adicta para comenzar a venderlo. En 1770 sólo se embarcaron quince toneladas de opio; hacia 1900 un total de trece millones y medio de ciudadanos inhalaban 39.000 toneladas de opio ; y hacia 1906 uno de cada cuatro chinos era adicto. Luego, con el dinero generado, la compañía East India Company compró sedas chinas, té y artículos de porcelana para vendérselos a las clases media y alta que emergían en la espiral de la acumulación capitalista a lo largo y ancho de Europa e Inglaterra.

Como resultado se amasó una fortuna desconocida hasta ese momento en la historia humana. Los británicos usaron dicha fortuna para construir grandes compañías comerciales e industrializar Inglaterra. La primera tentativa de este tipo fue la industria textil. Curiosamente, el algodón hecho tela en las nuevas industrias provino de los campesinos de la India, que ahora dependían del dinero en efectivo; la maquinaria industrial fue construida usando el capital generado en el Oriente; y los trabajadores eran en realidad campesinos sin tierra desplazados por las políticas de cercamiento. ¿Pero cómo fue este desplazamiento para ellos?
En 1912 el escritor británico George Strut escribió al respecto: “El cercamiento dejó a la gente sin esperanza alguna contra las influencias que minaban sus intereses, robaban su seguridad y territorio, neutralizaban sus conocimientos y habilidades de valor menor, y afectaba seriamente a su orgullo personal y carácter”.

Sitúemosnos en la villa Lancashire. En 1780 no era una villa tan distinta al pueblo de Chimayó: era una comunidad unida por la artesanía y sus costumbres. Había quintas campestres, huertos, ejidos y las familias eran sólidas, los niños crecían felices, mientras el tiempo fluía al ritmo del sol y de las estaciones. En 1810, sólo treinta años después, cientos de industrias de seis pisos han ensombrecido a lo que se ha convertido ahora en una ciudad, arrojando mugre al aire. Las quintas campestres, si es que aún queda alguna, han sido completamente abandonadas, los huertos se han secado debido a la contaminación y al descuido y el río ha comenzado a heder como si fuese un tambor industrial de anilina. La vida campestre ha sido eliminada abruptamente para que los hombres, las mujeres y los niños del antiguo villorrio se hayan transformado en esclavos asalariados, trabajando dieciséis horas al día, los siete días de la semana. Era la Inglaterra de Charles Dickens.

El poeta romántico William Wordsworth escribió con rabia:

¿No hay acaso un rincón seguro en suelo inglés
Contra el asalto descarado? Sueños de descanso sembrados
En la juventud y en medio del ocupado mundo se mantienen puros
como primeras flores de esperanza que recién han brotado,
Deben perecer; ¿Cómo pueden soportar esta plaga?

En esta época, Wordsworth también compuso su frase más famosa: “El mundo es demasiado para nosotros”. Y Percy Bysshe Shelley escribió:

El poder, como una desolada pestilencia,
Contamina todo lo que toca; y la obediencia,
Envenena toda gracia, virtud, libertad, verdad,
Hace a los hombres esclavos, y del cuerpo humano
Un autómata mecanizado

Y ENTONCES SURGIERON LOS LUDDITAS.

¿Es que acaso estoy repitiendo una historia conocida aquí? ¿Habían escuchado hablar de ellos? Probablemente no. O si ya habían tenido noticias de ellos, tal vez fue en una breve nota a pie de página en algún texto de historia económica europea. Y claro, ellos fueron cualquier cosa, menos una nota a pie de página. De 1811 a 1813 su rebelión fue tan masiva, que la reina tuvo que mandar más tropas para combatir contra ellos que las que mandó a Europa para combatir contra Napoleón.

¿Quiénes fueron? ¿Por qué fueron reprimidos y, luego, su recuerdo borrado de la historia? La novelista británica, Charlotte Brontë, describió su sicología de la siguiente manera: “La miseria genera odio: estos seres amargados odiaban a las máquinas que ellos consideraban ladronas de su pan; odiaban los edificios donde estaban esas máquinas; odiaban a los fabricantes que poseían los edificios”.

Al principio, los trabajadores textiles expresaron su miseria llamando a reuniones comunitarias y realizando debates públicos. Luego trataron de escribir panfletos de protesta y de entregar petitorios formales tanto a los empleadores como al gobierno. Pero todo fue en vano. Y como ustedes y yo sabemos muy bien: las inversiones del capital, apoyadas por la propiedad privada y la protección policíaca, son una fuerza poderosa.

Y así explotó la rebelión popular. Para mantener el anonimato, los Ludditas adoptaron este nombre a propósito de un personaje ficticio: “Ned Ludd” o “Rey Ludd”, y declararon que era “Él” quién decretaba las “órdenes” que llamaban a la acción. En la oscuridad de la noche, en secreto, los antiguos vecinos del villorrio entrraban a las fábricas y ¡destruían las máquinas! La canción que cantaban dice así:

Y noche tras noche cuando todo está quieto
Y la luna se esconde tras el cerro,
Marchamos adelante a hacer nuestra voluntad
¡Con hacha, picota y arma!
Oh, los muchachos comuneros para mí,
Los muchachos galantes para mí,
Que con vigoroso golpe
Destrozaron el bastidor de la esquiladora,
¡Los muchachos comuneros para mí!

El autor norteamericano Kirkpatrick Sale informa en Rebels Against the Future [Rebeldes contra el futuro] que dentro y fuera del pueblo de Nottingham, se destruyeron en un año 1.200 bastidores para telares y cincuenta máquinas de tejidos de encaje. En Yorkshire’s West Riding, una fábrica completa fue incendiada hasta quedar hecha cenizas; y otra dañada, la ropa destruida y las máquinas texturizadoras y los bastidores de esquiladoras fueron desarmados. En Lancashire dos fábricas fueron destruidas, y en Manchester el intercambio mercantil fue estropeado.

Y entonces el ejército de la reina los aprehendió: sacándolos a la rastra de sus camas, sobornándolos, disparándoles en acción, golpéandolos, encarcelándolos y desterrándolos a Australia en calidad de criminales. Hacia el año 1813 el movimiento había sido aplastado.

Uno de los regalos que los Ludditas nos dejaron fue su valentía, puesto que por lo que sabemos o imaginamos, se requiere mucha fortaleza de espíritu para alzarse contra un poder militar. Los Ludditas también nos dejaron el eco de un inteligente modo de organización que les sirvió para tener una efectiva y sólida resistencia durante los tres años que ésta duró. Los seguidores de Nedd Ludd operaban en pequeñas células que se basaban en la confianza mutua de sus miembros, protectoras del anonimato de cada participante, y que operaban de un modo anárquico y por tanto de una manera difícil de ser detectadas.

Pero el legado más importante que los Ludditas nos dejaron fue algo incluso mayor: el análisis sistémico de la tecnología, que idearon a fin de describir sus propios problemas. Su resistencia a la maquinaria se orientaba no sólo contra los bastidores de las máquinas texturizadoras y de tejidos de encaje que los esclavizaba a la economía monetaria y contaminaba sus queridas tierras, sino que era fundamentalmente un desafío al industrialismo mismo. Los Ludditas no concebían la tecnología como un artefacto neutral, sino que político.

Entendieron que las máquinas que manufacturaban productos textiles masivos privilegiaban la eficiencia, la velocidad y el enriquecimiento de la clase poseedora. Se dieron cuenta además de que las máquinas estaban reformulando sus vidas, destruyendo la cultura que adoraban, basada en la tierra, sustentable y limpia, con participación de todos y con una orientación familiar y comunitaria.

Espero que esta historia les suene a algo conocido. Muchos de nosotros podemos rastrear el robo de la tierra comunal como punto crítico de la pérdida de nuestro pueblo de su soberanía y capacidad de autosuficiencia local. En Nuevo México, el fin de la guerra de agresión de Estados Unidos contra México fue un momento decisivo crucial: 1848. En el Tratado de Guadalupe Hidalgo firmado por los dos países, se estipuló que EE.UU. tomaría la mitad del territorio de México, lo que eventualmente devino en el suroeste norteamericano: Arizona, Nuevo México y parte de California, Texas y Colorado, pero se aseguraba también que se mantendría el respeto a la tierra comunal –o ejido- y a los acuerdos de agua que habían servido tanto a los nativoamericanos como a los mestizos indo hispanoamericanos.

Obviamente, eso no es lo que sucedió. Los Estados Unidos pronto comenzaron a medir las tierras comunales, demarcando sus límites en el mapa con menores dimensiones de lo que la gente recordaba. Posteriormente, a principios del siglo XX, el gobierno comenzó a reclamar “legalmente” la mayoría del territorio que estaba fuera de los límites de las ya disminuidas parcelas comunales de tierra para sus “bosques nacionales” y “terrenos públicos”: casi 800.000 hectáreas en Nuevo México. Al mismo tiempo, rancheros y abogados emprendedores robaron extensiones de tierra que alguna vez fueron las llamadas mercedes o parcelas vecinales.

El gobierno de los EEUU se apropió nuevamente de más terrenos durante la Segunda Guerra Mundial; esta vez de una meseta a los pies de las montañas Jemez, a fin de instalar una planta secreta para diseñar y construir una bomba atómica. La tarea inmediata del Laboratorio Nacional de Los Álamos fue realizar las investigaciones a fin de producir las primeras armas nucleares del mundo, con la misión de proteger el Estado-nación que originalmente se había robado estas tierras. La declaración de principios de la guerra en curso era “hacer del mundo un lugar seguro para la democracia”.

Con los EE.UU. en control de Nuevo México, la región quedó a disposición de cualquier actividad que impulsara su ocupación y unificación al resto del país. Los árboles fueron talados. Se explotó el oro de la región. La plata, el cobre, la piedra turquesa, el uranio fueron excavados. El petróleo, el gas natural y el agua fueron canalizados. La gente que había vivido previamente en forma sostenible era ahora forzada a trabajar dependiendo de una economía monetaria en labores tales como obreros de empresas forestales, ganaderos y vaqueros en ranchos patronales, trabajadores ferroviarios, meseras y personal de mantención del nuevo sistema industrial.

…Y LAS COSAS CONTINÚAN

Las directrices de esta historia continúan. El turismo es hoy una de las principales industrias en Nuevo México. Los descendientes de los habitantes originarios son a menudo acorralados como empleados para servir a los visitantes, haciendo artesanía -que solían hacer en forma independiente para ganarse la vida- y recreando las viejas costumbres y ceremonias para que así la gente de otros lugares pueda ver cómo era la vida antes. Industrias tales como Intel en Río Rancho están comprando toda el agua que antes regaba los campos de los lugareños, mientras que empresas transnacionales como Wal-Mart están instalando salas comerciales en Grandes Cajas de Cemento en medio de las villas y pueblos históricos. Mientras tanto, la misión de los laboratorios de Los Álamos ha derivado en la producción aramamentística moderna para hacer del mundo, en palabras del cientista político Michael Parenti, “un lugar seguro para la Fortuna de los 500”.

En las décadas del 70 y 80, un grupo dispar de intelectuales y activistas empezó a aplicar un pensamiento sistémico al rol que cumple la tecnología de masas en el desarrollo de las injusticias sociales y de los daños ecológicos generados por la globalización corporativa. Al principio, estos individuos estaban trabajando solos, hasta que un grupo pequeño de sujetos perspicaces se dio cuenta de la necesidad de trabajar juntos. W. H. Ferry, del Instituto de Estudios Gubernamentales con sede en Washington D.C., convocó a una reunión inicial. Ferry era un viejo amigo de Lewis Mumford, crítico de la tecnología que se opuso en forma solitaria a ella en la tradición del pensamiento estadounidense de principios del siglo XX. Otra reunión se llevó a cabo en San Francisco, por cortesía del diseñador publicitario Jerry Mander, miembro del Centro de Medios Públicos de Comunicación.

Y la Fundación por la Ecología Profunda de San Francisco inició una serie de reuniones, convocando a un amplio espectro de críticos de la tecnología de todo el mundo. En forma audaz nos hicimos llamar Neo-Ludditas.

Kirkpatrick Sale estaba entre nosotros: autor de Rebels Against the Future: The Luddites and Their War on the Industrial Revolution [Rebeldes contra el futuro: Los Ludditas y su guerra contra la revolución industrial]. El cientista político norteamericano Langdon Winner había escrito Autonomous Technology: Technics-Out-of-Control as a Theme in Political Thought [Tecnología autónoma: Técnicas fuera de control como tema para el pensamiento político]. El trabajo de Jerry Mander incluía Four Arguments for the Elimination of the Television [Cuatro argumentos para la eliminación de la televisión] e In the Absence of the Sacred: The Failure of Technology and the Survival of the Indian Nations [En la ausencia de lo sagrado: El fracaso de la tecnología y la sobrevivencia de las Naciones Indígenas]. El ex jesuita Godfrey Reggio había hecho la producción fílmica de la sociedad anti-tecnológica “Koyaanasqatsi”. Vandana Shiva, de la India, estaba luchando contra la ingeniería genética. Yo había escrito el “Manifiesto Neo-Luddita” y un libro sobre los efectos sicológicos de las tecnologías peligrosas: When Technology Wounds [Cuando la tecnología hiere]. Gustavo Esteva, ex ministro de planificación de México, era consejero del Ejército Zapatista de Liberación Nacionál, etcétera.

Estuvimos de acuerdo en que el sociólogo francés Jacques Ellul estaba en lo correcto al nominar la sociedad contemporánea de masas como “sociedad tecnológica” y que la metáfora incorporada a ese agregado social era, tal como lo puntualizó Lewis Mumford, “La Máquina”. Entendimos que en esta sociedad estamos invadidos por la tecnología y que nuestras acciones y nuestros pensamientos internos están determinados por ella. Y pudimos ver que, en la mente pública, este mundo tecnológico había sido disociado de la misión imperial que lo había creado, mediante las relaciones de poder que lo mantienen a través del uso o el lenguaje sociológico neutralizador, tal como “naciones Desarrollamos una lista de cuestionamientos a través de la cual poder juzgar la tecnología. La ecologista Stephanie Mills incluyó esta lista en su libro, Turning Away from Technology [Rechazando la tecnología], sobre las reuniones que llevamos a cabo. Algunos de estos cuestionamientos son:

ECOLÓGICOS.
¿Cuáles son sus efectos en la salud del planeta y de la gente?
¿Preserva o reduce la integridad de los ecosistemas?
¿Cuánto y qué clase de desperdicio genera?

SOCIALES.
¿Sirve a la comunidad?
¿Cómo influye en la percepción de nuestras necesidades?
¿Tiene coherencia con la creación de economías humanas comunitarias?

PRÁCTICOS.
¿A quién beneficia la tecnología en cuestión?
¿Adónde se debe arrojar un artefacto roto u obsoleto?
¿Puede ser reparado? ¿Lo puede reparar una persona común?

ÉTICOS.
¿Qué nos fuerza a ignorar?
¿En qué medida distancia al agente de su efecto?

PROFESIONALES.
¿Cuál es su impacto en la artesanía?
¿Reduce, aminora o aumenta la creatividad humana?
¿Reemplaza o ayuda al ser humano y a sus manos creadoras?

POLÍTICOS.
¿Instituye o requiere de una elite con conocimientos especializados?
¿Qué requerimientos legales necesita?
¿Necesita de la defensa militar? ¿O da realce a los objetivos militares?
¿Fomenta la conducta y el pensamiento de masas?
¿Fortalece las instituciones de la globalización?
¿Extirpa de sus manos el poder del pueblo?

No quisiera aplicar ahora un análisis de inspiración Luddita a un sistema tecnológico que ha sido impuesto actualmente sobre nosotros: el sistema global de telecomunicaciones. Y más específicamente, sus tecnologías inalámbricas, que operan vía radiación electromagnética sin ionización: teléfonos celulares, localizadores, agendas electrónicas, computadores portátiles, etc.. Y las tecnologías masivas que hacen posible que estos artefactos funcionen: torres de frecuencia de radio, antenas parabólicas receptoras y satélites emisores de radiación.

Yo sé que tal análisis sería herético. Hay muchas posibilidades que a ustedes les gusten estas cosas. Las posibilidades son que, si alguno de ustedes usa alguno de estos aparatitos, estos artefactos les ayuden a maniobrar sus vidas en la sociedad tecnológica. O incluso les ayuden a mantener sincronizado el movimiento político al que pertenecen.

Por cierto, tanto ustedes como yo ya hemos cuestionado muchas otras tecnologías llamadas “esenciales”, tales como los automóviles, la energía nuclear, la ingeniería genética, los bulldozers, etc… Las tecnologías comunicacionales inalámbrcas funcionan como si fuesen el sistema nervioso de la economía corporativa mundial. Si no existieran estos medios de comunicación tan penetrantes y generalizados en la vida cotidiana, ¿de qué otro modo podrían las corporaciones transnacionales realizar sus negocios? ¿Cómo podrían trasladar instantáneamente el capital de un continente a otro? ¿Tomar decisiones para sus intrépidas y distantes operaciones? ¿Irse de vacaciones y mantener la actividad en el mercado bursátil?

Y no sólo como un lamentable efecto secundario, las comunicaciones inalámbricas aceleran la destrucción y, por lo tanto, la asimilación de las comunidades autosustentables y de su cultura local. Pero, quizás de un modo más descarado, nos está matando. La funcionaria de más alto rango en expresar alarma por los efectos en la salud de las frecuencias de radio electromagnéticas sin ionización es Gro Harlem Brundtland, ex Primera Ministra de Noruega y actual directora de la Organización Mundial de la Salud.

Más allá de sus preocupaciones personales, hay miles de estudios realizados en el mundo que establecen una conexión entre la radiación a la que son expuestos los individuos y las enfermedades cardíacas y los distintos tipos de cáncer, la leucemia, el deterioro de los sistemas nervioso e inmunológico, los trastornos de hiperactividad, el insomnio, la sordera, el destrozo del material genético y otras enfermedades.

En un estudio de la Fuerza Aérea norteamericana hecho a personas expuestas a frecuencias de radio de bajo nivel durante un largo período de tiempo se descubrió que dichas frecuencias causan una disfunción en el sistema inmunológico. Los doctores de la Universidad de Washington, con sede en Seattle, documentaron destrozos en las células de ADN cuando se tiene contacto con las emisiones de microondas de los teléfonos celulares. Seis estudios hechos por separado muestran que las ondas de frecuencia radial deterioran la barrera sanguínea del cerebro, cuya función es bloquear la entrada de toxinas, bacterias y virus en la masa cerebral. Un estudio de la Universidad de Lund en Suecia revela que incluso un contacto de dos minutos con un teléfono celular tiene dicho efecto. Y la inspección hecha por el Instituto Nacional del Cáncer de EE.UU. a los trabajadores de siete industrias que tuvieron contacto con frecuencias de microondas muestra que en ellos los tumores cancerosos aumentan en una proporción de diez veces.

Los ambientalistas alegan que la emanación de las radiaciones electromagnéticas de las torres de telefonía celular confunde el vuelo migratorio de los pájaros, bloqueando sus sistemas nerviosos a tal nivel que pierden el sentido de orientación (en EE.UU. mueren, al menos por esta razón, cinco millones de pájaros al año, y quizás muchos otros más, llegando casi a 40 millones). Los agricultores han revelado que los animales domésticos también están pagando el pato: las vacas que pastan cerca de las torres de telefonía celular están desarrollando desórdenes y enfermedades en su sistema nervioso que no se pueden tratar con medicina. Están pariendo terneros deformes y los pajarillos caen muertos de sus nidos en los establos.

Y con todo esto, yo pregunto, ¿aparte de la “conveniencia” que estos aparatos inalámbricos tienen para aquellos que podemos comprarlos y que estamos siendo separados de sopetón del contacto cara a cara por la sociedad tecnológica, a quién realmente benefician? Me gustaría contarles que ahora hay un movimiento internacional que se está oponiendo a los múltiples efectos mortíferos de la industria de las telecomunicaciones.

Se han estado llevando a cabo por muchos años conferencias que reunen a investigadores científicos, oficiales de gobierno y activistas, centradas fundamentalmente en los efectos médicos que produce el contacto con la radiación electromagética y en los mecanismos gubernamentales disponibles para limitar dichas emisiones. Como resultado, los estándares de contacto en Austria, Suiza, China, Italia y Australia han variado su nivel de 100 a 100.000 veces más bajo que los estándares existentes en los Estados Unidos: foco del poder industrial. En Irlanda, los ciudadanos descontentos están desmontando por su propia cuenta con vehículos bulldozer -en una forma Luddita- las torres ya existentes. Y en nuestro pequeño pueblo de Chimayó, en Nuevo México, derrotamos –a través de la organización y la rabia ciudadanas- once torres de frecuencia radial que el consejo de educación ya había contratado para construir en las escuelas de enseñanza básica y media.

Voy a poner punto final a mi presentación con tres propuestas concernientes a la tecnología.
Uno: No sólo apoyemos en nuestros movimientos antiglobalizadores la invención de economías autosustentables a través de las ferias de productos locales, cooperativas –o economatos- de alimentos, construcción de adobe, etc., sino que también apoyemos a los pueblos que todavía tienen tales economías. Esto se traduce aquí, en Nuevo México, en el apoyo que le podamos brindar a los habitantes nativos originarios y a los hispanoamericanos para que recuperen sus tierras en las zonas conocidas como pueblos y mercedes, y para que preserven el derecho al agua que hace posible la existencia de pequeños campos agrícolas.

Dos: Propongo que tomemos seriamente los lineamientos Ludditas a fin de urdir un análisis sistémico y atento de la tecnología en nuestro trabajo contra la globalización.

Tres. He estado esperando hace mucho tiempo para decir esto. He estado esperando desde que la Ley de Telecomunicaciones de 1996 dio a la industria los mismos privilegios que la Organización Mundial de Comercio le entregó a las corporaciones transnacionales. He estado esperando a través de los ojos agitados de los consumidores que promueven las telecomunicaciones inalámbricas como la próxima manifestación del “progreso” y que rechazan a los compañeros activistas que han insistido en que el sistema inalámbrico es sólo otro contaminante en un mundo ya contaminado. Con todo esto, he querido gritar: ataquemos a la industria de las telecomunicaciones como la asesina y perpetradora del sistema tecnológico que es, y que arriesga la vida en esta Tierra.

Y ahora, antes de regresar a mi pueblo en el norte (es primavera después de todo y estoy muy ocupada trabajando con mi alambre enfardador), quisiera seguir participando con todos ustedes en esta importante reunión: Otro México mejor es posible.

———————————-

* Psicóloga y autora de cinco libros. Vive en Chimayó, Nuevo México, donde trabaja en pro de la obtenciòn de equilibrio ambiental, preservación de la cultura y los derechos de los inmigrantes.

El texto corresponde a una charla dictada en la conferencia Otro Nuevo México mejor es posible, en Santa Fe, Nuevo México, Estados Unidos, en mayo de 2004, cuya traducción al castellano pertenece al escritor Jesús Sepúlveda.

X

Envíe a un amigo

Su nombre (requerido)

Su Email (requerido)

Amigo(requerido)

Mensaje

Añadir comentario