May 26 2006
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Economía

Curiosamente amarillo. – LA ORQUESTA DEL TITANIC

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Las hordas que siguen al candidato presidencial peruano Ollanta Humala hicieron lo suyo: un acto electoral de esos vándalos produjo un muerto en la tarde del jueves 25 de mayo de 2006. El asesinado hubiera dado su voto a Humala, pero lo mataron seguidores de Alan García.

No importa: Humala es el peligro. El comando de García –todo en él es paz– debería exigir que los “humalistas” se suicidaran en masa. O seguir ayudándolos a desaparecer. García es socialdemócrata, una víctima de los extremos políticos, y Ollanta Humala un tipo –Fujimori dixit– que pone en peligro a la democracia.

Y si democracia hablamos, ¡qué muestra de fervor democrático la del gobierno de Chile! Le prohibe hablar a Fujimori. No, no por intención aviesa; sólo que perdió de vista la Constitución Política del Estado (ojalá fuere así: es de la dictadura y mal enmendada) que por lo menos en la forma asegura la libertad de expresión. Revolución francesa, o sea.

No está mal callar al japonés, que sus coterráneos peruanos, es un decir, llaman “Chino”: lo cierto es que él no tiene nada que decir –salvo que García va camino de ser un buen hombre (¿intuición de presidario que reconoce a un igual?)–. Lo melancólico en esta boutade democrática es que se priva ilegalmente a alguien de hablar sobre asuntos que ocurren, u ocurrirían, fuera de Chile, asuntos que en nada perturban la convivencia entre las gentes del país.

Probablemente una trampa puesta para lograr un contrapie de la presidenta.

Es lógico, por otra parte, callar a Fujimori. Como a los estudiantes chilenos, que también fueron conminados a no hablar luego de que les maltrataron de palabra, mojaron, pegaron, apresaron, “ningunearon”.

La democracia puede ser algo extraño. Volveremos sobre el asunto. ¿Pero no era que la democracia se defiende sólo con más democracia? Round para la no-democracia.

Maese Kirchner tuvo su día glorioso en la Plaza de Mayo de Buenos Aires. Se atrevió a hablar de los 30.000 mil desaparecidos como de 30.000 duelos de su corazón. Bien por el señor K. Un dirigente –¡uno!– que reconoce las heridas militares-cívicas-estadounidenses infligidas a las sociedades del denominado Cono Sur.

Venezuela continúa como una curiosidad continental. Oficialmente recién el MERCOSUR tomará nota formal de su ingreso a la asociación en los próximos días –aunque tratándose de cosas de la diplomacia el asunto podrá darse un plazo quizá extenso–.

Pocos proyectos sociales menos conocidos que el bolivariano. Aunque, claro, sí se sabe que el teniente coronel (r) no gana la tradicional batalla contra la corrupción en muchos organismos del Estado. Nadie habla de la privada.

Proyecto, el bolivariano, que en los países del sur de América no conoce la ciudadanía y menos todavía el sector político –que ahora gusta llamarse “clase”, horro atribuible a la pésima educación de periodistas, sociólogos, politólogos y fauna semejante–. Una prueba de ello es la poca suerte de TeleSur.

TeleSur –caramba, tampoco la mejor televisión posible– conforma una iniciativa comunicacional en comandita estatal de la Argentina, Cuba, Uruguay y Venezuela, y a la que se ha sumado –nos parece– Bolivia. ¡Anatema! Los intelectos más esclarecidos “saben” que es el canal de Chávez. Ninguno ha visto qué transmite. ¿Usted, caro lector, lo puede ver en su casa? ¿Qué opina?

El título de esta columna menciona al Titanic, leyenda de naufragios por antonomasia. Quienes traen a colación al desventurado navío son algunos miles de chicas y chicos cuyas edades oscilan entre los 14 y 19 años –que comenzaron por estos días a usar ropa adecuada a la estación fría de su país–. Son estudiantes. Y, ¡vade retro!, estudiantes secundarios chilenos.

Recuerdan al Titanic porque son el iceberg. Volvamos a Chile.

En la noche del jueves 25 de mayo había –las noticias de la tele son la fuente– decenas de colegios (liceos) tomados por una rara especie de okupas: sus alumnos. Alrededor de 75.000 muchachas de júpmer azul y muchachos con saco del mismo color y la incipiente barba crecida, cerraron por dentro las puertas de sus liceos y escuelas técnicas. El movimiento se extiende desde Santiago a las provincias.

¿Qué piden?

Piden algunos asuntos menores, que deberían –por su realidad de ser estudiantes haberse solucionado hace tiempo, pero que no lo están. Y exigen –exigen– que no duerma Perogrullo, que la educación sirva para algo, que al Estado se le “avive el seso y despierte”, como quería Andrés Bello.

Sólo que, como a veces hacía don Andrés, el Estado debe andar en chinganas con la vihuela al hombro.

Debe andar. Porque si no ¿cómo se explica la torpeza del ministro de Educación? No hablaba con estudiantes levantiscos, luego los llama, como gallina a sus polluelos; piensa que nada hay para reclamar, luego dice que son buenos tipos. En la mañana anterior al jueves mencionado 37 chicos terminaron en un juzgado “por desorden en la vía pública”. El juez, menos idiota, los mandó a casa. Los chicos seguro que regresaraon a los lugares de su trinchera.

Exigen los alumnos que termine el Estado de jugar a las escondidas y creer que “enfriando” la movilización los doblegará. Quieren que la educaciòn sea democrática, equitativa y de calidad para todos y no sólo para quienes pueden pagarla. Que los profesores reciban atención digna de los gobiernos. Que si se extiende el horario escolar sea en provecho de su formación –y se extienda también el pasaje rebajado para escolares en los medios de locomoción colectiva–. Quieren que la prueba de suficiencia para aspirar a las universidades sea gratis. Que, en suma la sociedad acepte discutir el rollo de la educación.

En esta lucha no sólo el (señor) ministro del ramo ha visto su imagen disminuida. Todo el sector –la “clase”– que hace de la política su oficio ha quedado, como solía decirse hace un siglo, “a la altura del unto”.

Inútiles, lerdos, torpes, egoístas, desmemoriados, autoritarios, atrabiliarios, faltos de reflejos, ignorantes, pagados de sí mismos, crueles, traidores con vocación de serlo, usureros de su pasado, inmorales, son términos que se develan a esta luz como adjetivos justos.

En una lección magistral de política en serio se escuchó a uno de sus voceros (“los voceros dependemos de la asamblea del colegio, si no transmitimos lo acordado dejamos de serlo”) decir que están conscientes de que no verán ellos una solución, pero quieren ver instalado el asunto de la educación en la sociedad.

Y a otro: “Recibimos con alegría la actitud de las autoridades de conversar con nosotros … Pero el movimiento depende de las asambleas de curso”.

Y a otro más: “¿Deponer las tomas (de colegios)? El año pasado tuvimos 15 mesas de discusión… Ni una solución. Las tomas seguirán hasta saber a qué atenernos”.

Profesores, no todos, cierto, madres y padres y un porcentaje creciente de la ciudadanía les encuentra –espanto– razón a los alumnos.

Caben ante la oscuridad que echa sobre el país de Chile su gobierno, oscuridad que se demuestra, además del asunto estudiantil, algunas consideraciones sobre: a) los presos políticos mapuche que siguen en huelga de hambre y la legislación antiterrorista vigente; b) el caso libertad de expresión Fujimori; c) el tembloroso agitar de membranas porque algunos diputados plantearon la necesidad de legislar sobre muerte digna –mal llamada eutanasia pasiva–; d) la cuestión salida al mar de Bolivia, y las opiniones al respecto vertidas por el ministro de RREE, que entraron en un cono de sombra; e) los asuntos ambientales; f) los feriados dominicales y las horas de trabajo por jornada; g) etcétera, etcétera.

El gobierno de la señora Bachelet no llega a los 75 días, la situación de la población no ha empeorado en el lapso ni se ve desde el carajo de la nave del Estado crisis económica o falta de supernumerario. ¿A qué se debe, entonces, tantas metidas de pata?

Nadie en su sano juicio, cuando las elecciones presidenciales, hubiera entregado un cheque en blanco para avalar la gestión Bachelet, pero la costumbre otorga un plazo a la nueva administración para que se haga cargo en santa paz de sus funciones –y después reviente, o no, a los ciudadanos, que es lo que hacen los gobiernos–.

Bachelet, de acuerdo con esta tradición, “armó” los ministerios con la absurda desnudez del rey del cuento: para que todos dijeran ¡que bella ropa! y nadie comenzara el período presidencial a lo que son dentelladas.

Está a la vista que no sirvió. Las preguntas, entonces, adquieren un matiz dramático: ¿Despertará la ciudadanía? ¿Qué hará la presidenta? ¿Qué pasa con la educación y los alumnos?

Por ahora una suerte de respuesta la dio el principal accionista del Colegio Altamira de Santiago y entre los “autores” de la Concertación. El Altamira, que se considera establecimiento educativo elitista, es prohijado por Fernando Flores probablemente para formar a los ciudadanos de la posmodernidad, pero él, Flores, está con los estudiantes en huelga.

Los alumnos de Altamira han programado, incluso, jornadas de reflexión y solidaridad con sus pares del sistema municipal. No es culpa de Flores, candidato por otra parte a la presidencia del Partido por la Democracia, que integra la concertación de partidos en el gobierno.

La lucidez de Flores no debe sorprender. Sergio Bitar –tambien candidato a presidir el PPD–, ex ministro de Educación, apoya a los estudiantes.

Palabras más, guiños menos, no resulta idiota en modo alguno afirmar que a las debilidades políticas de la heredera de Ricardo Lagos se suma un no tan soterrado esfuerzo por convertir su mandato en fracaso. Unos por temor a que de repente recuerde su pasado de militante socialista –socialista de verdad–, otros porque es mujer metida en cosas de hombres, y otros más por las dos razones.

Hipótesis mal formulada, pero realista: Si la presidenta se desembarazara –es una manera de hablar– de las rémoras del gabinete y se dispusiera a cumplir el programa que se votó, ¿haría mal en designar un gabinete de estudiantes secundarios?

Bastaría mantenerles el boleto estudiantil, presentarles profesores descansados y –tal vez– permitirles un “pito” o dos al día. Las cosas no podrían andar peor que ahora. Aunque el riesgo es que mejoren.

(riveraw@mixmail.com).

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