Jun 25 2007
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Cultura

David Huerta: – VIDA Y LITERATURA ESTÁN FUNDIDAS HASTA LA IDENTIDAD

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

fotoPolíticamente identificado a la izquierda fue columnista por 13 años en El Universal de México, antes había sido activista; el 2 de octubre de 1968 casi muere asesinado por militares, pues se encontraba manifestándose en la Plaza de Tlatelolco.

Al intelectual y “proletario de la literatura” David Huerta (1949) lo conocí en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (2004), donde rendía un homenaje a Neruda, y hasta ahora se dio tiempo de compilar sus conferencias por el centenario del Nobel chileno. El 8 de octubre de 2006 publicó bajo la coedición de Acrono y Umbral su libro El Correo de los narvales, ese mismo año La calle blanca salió bajo los sellos Era y Conaculta.

Recibió el Premio Xavier Villaurrutia 2005 por su libro Versión (reeditado por Era & Conaculta); alguna vez fue becario del Centro Mexicano de Escritores y de la Fundación Guggenheim. Actualmente se desempeña como profesor de la Universidad Autónoma de la ciudad de México y realiza, también, otras actividades estrictamente literarias.

–¿Qué es el azar? Te lo pregunto por tu primera antología publicada en la UNAM cuando los otros invitados no llegaron con sus textos a tiempo. ¿Y en la creación, qué tanto juegas con las palabras del diccionario?

–Hay una parte muy grande de irracionalidad en el azar, en la presencia y en la actuación del azar, en la vida de todos los días. Es azaroso que dos personas se encuentren y terminen casadas, el matrimonio de esas personas es deliberado y voluntario pero a la vez es azaroso e inexplicable, ni por las causas finales, ni por las causas científicas causa/efecto…

Efectivamente, parece que hubo algo azaroso en el hecho de que varios poetas convocados a una antología de poesía joven en 1971, nunca me he podido explicar, cómo de los tres o cuatro, quizás cinco autores no hayan entregado sus materiales a tiempo; muy pacientemente el profesor Rubén Bonifaz Nuño y el maestro Jesús Arellano en la UNAM los esperaron, pero llegó un momento en que ya no pudieron seguir y el único que a esas alturas había entregado su material era yo. Por modosito y bien portado llevé mis poemas a tiempo para contribuir con la Antología, yo iba lleno de timidez a entregar mis poemas.

–¿Tus pininos?

–Sí, tenía 19 años, era muy tímido y sentía que era una gran oportunidad para dar a conocer mis poemas. Al no entregar sus poemas los otros convocados, Bonifaz y Arellano decidieron publicar mi libro solamente. Tuve entonces que ampliar el material originalmente previsto, que era una quinta parte, hasta cubrir las 100 páginas de mi primer libro El Jardín de la luz (1972): ese libro son los restos de un naufragio, que consiste en la frustrada Antología de poesía joven que la UNAM nunca publicó.

¿Por qué no entregaron su material y me dejaron solo? Nunca podré explicarlo. Yo me considero beneficiario del azar absolutamente. Muchas veces uno busca palabras al azar en el diccionario de ocio y las encuentras, alguna vez leí una definición –si quieres cursi, pero no deja de ser bonita– de la poesía como “una negociación entre el diccionario y el sueño”; el diccionario representa la parte del lenguaje ordenado alfabéticamente y el sueño la parte irracional, afectiva, profundamente emotiva. Me parece una definición muy justa, podrá ser cursi, pero a mí me gusta.

–Otra vez el azar, nadie te preguntó si querías ser hijo de Efraín Huerta. ¿Pesa mucho En el nombre del padre? ¿Cómo distanciarse de él? ¿Cómo encontraste tu voz propia?

–Esa es una pregunta muy buena y conforme yo voy cumpliendo años va cambiando (la respuesta), porque veo ahora a una cierta distancia de ya más de 30 y tantos años de mis pininos literarios; en alguna parte de mi primera adolescencia el nombre de mi papá y su obra pesaban, pero no de un modo desagradable, pesaban como una responsabilidad, como un compromiso de satisfacer y cumplir.

¿Cómo siendo el hijo de un poeta tan bueno quiero hacer lo mismo que él hace? Soy incapaz de competir con él, siquiera emularlo, mucho menos pensar en superarlo, pero de todas maneras lo voy a hacer y ahora ya tengo no sé cuántos libros publicados y algún camino andado.

Procuré no sé si consciente o inconscientemente distinguir mi escritura de lo que había hecho mi papá, así que mis poemas no se parecen mucho a los de mi papá, o mejor dicho se parecen que casi yo solamente puedo distinguir. Ya tendremos tiempo para que te diga yo “mira en este verso hay resonancia de Efraín”, son mensajes cifrados a mí mismo; entonces en una primera época me pesó y mucho, pero no desagradablemente, conforme fui trabajando y definiendo ciertos rasgos de lo que tú llamas una ‘voz propia’, ese peso empezó a aliviarse, se volvió una especie de escenario en el que ocurría un diálogo entre mi padre y yo.

Murió en 1982, lo recuerdo con un inmenso amor; están muy presentes las lecciones que me dio, literarias y de todo tipo. Ahora creo que más bien, con la perspectiva que me dan mis 57 años de edad, que su presencia en mi vida fue un papel de liberador, nunca me ató las manos ni me vendó los ojos sino que me permitió hacer lo que yo tenía que hacer para ser yo.

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Mi padre me dio una gran lección –que todavía no sé si es literaria–: tomar todo a la trágica y al mismo tiempo ser capaz de reírme de mí mismo. No distingamos, Mario, entre vida y literatura: están fundidas hasta la identidad. Una cosa más, mi principal influencia y la personalidad que realmente me formó fue la de mi madre, mi primera lectora, ella me sugería cambiar frases, mucho antes que mi padre o mis amigos, era una gran interlocutora.

–La constante será el azar, te escuché en CNN con Carmen Aristegui; a raíz del Premio Villaurrutia ¿te significó nuevos lectores? Más allá de la plata y la ceremonia en Bellas Artes o ¿viejos recuerdos al acompañar a tu padre a la tumba de Xavier Villaurrutia?

–El Premio tiene un nombre muy bonito: “Xavier Villaurrutia de escritores para escritores”, entonces para mí significa una especie de refrendo, de un reconocimiento a mi ser escritor, que otros escritores me lo digan, me parece de un gran valor para mi vida y trabajo. Discernido por un jurado constituido por escritores, por una comunidad que yo respeto, por mis colegas, es un Premio extraordinario. No es una institución gubernamental, no es una empresa privada, ni una Secretaria de Estado, ni un gobierno extranjero. Es un grupo de escritores que reconoce el trabajo de otro escritor.

La cuestión del prestigio hace muchos años que me interesa bien poco, pero en cambio el dinero fue bienvenido, el fondo es administrado por la Sociedad Alfonsina, encabezada por Alicia Zendejas viuda de Paco Zendejas, periodista literario muy querido por nosotros, hay un asunto de transparencia muy interesante. Yo no hice nada para ganar el Premio, sino escribir lo que buenamente pude hacer a lo largo de un montón de años; una anécdota muy simpática fue cuando muchos amigos, o conocidos o gente que sabe por azares de mi existencia decían ¿qué ya no le habían dado el Premio Villaurrutia? ¿Se puede otorgar dos veces al mismo autor?

–¿Por “default”?

–O por esa otra forma de “default”, piensan que yo ya soy viejo, formo parte del paisaje, entonces ya “estoy con mis medallitas colgadas por allá”. Me permite no tomarme las cosas con demasiada seriedad, en medio de esa fiesta me permite reírme de mí mismo, de las costumbres literarias mexicanas, de las imágenes que se van haciendo de los escritores, al margen de su trabajo. Eso también forma el azar en los estereotipos de los escritores.

–¿Cómo te sientes frente a la crítica? ¿Cuánta importancia le brindas?

–Apenas leo crítica: eso quiere decir que ando releyendo a grandes autores que no forman parte del canon crítico mexicano, por ejemplo entre los que yo considero buenos críticos literarios mexicanos, leo a Alfonso Méndez Plancarte. ¿Quién es este señor? Un sacerdote que se ocupó de estudiar la obra de Sor Juana Inés de la Cruz con todo pormenor. Leo los ensayos de Antonio Alatorre en la Nueva revista de filología hispánica. Leo a Jorge Aguilar Mora que me parece un hombre extraordinariamente brillante de mi generación; también leí con mucho provecho los ensayos sobre José Gorostiza de Arturo Cantú (especialista en el poema Muerte sin fin).

El resto no me interesa, todos son profesores muy aburridos que hacen fichas o periodistas literarios, que con todo lo que yo respeto el trabajo periodístico no satisfacen mis necesidades de consumo de crítica literaria.

–Y tú, ¿nunca has sido objeto de un buen crítico literario?

–Sí, bueno de comentarios y reseñas por supuesto, pero procuro casi no leer esos textos.

–¿Por salud mental?

–Sí, prefiero quedarme generalmente con lo que ocurre en el trance de las conversaciones, como la que estamos teniendo ahorita; Christopher Domínguez escribió un comentario que me pareció muy interesante, pero yo con Christopher hablo de muchas otras cosas, esa parte de su trabajo literario queda un poco al margen de nuestras conversaciones habituales.

–Pero tú no descuidas la crítica, El correo de los narvales es análisis de un altísimo nivel.

–Te agradezco la observación, yo quise hacer un libro útil. Como sabes soy profesor, entonces me interesa que otro profesor lo tome y pueda dar una clase; es decir, porque veo tu gesto de extrañeza, es que si tú lo lees porque tienes un interés en Neruda puede resultarte útil, sé que no te voy a decirte nada nuevo sobre Neruda, pero no estoy pensando en tí necesariamente –no quiero sonar descortés– ni en Hernán Loyola ni en Saúl Yurkievich (Q. E. P. D.), qué pena mencionarlo ahora, él me hubiera dicho un par de cosas útiles aunque fueran duras.

No estoy pensando en ustedes –los nerudianos– sino en el profesor de secundaria o preparatoria que con el libro en la mano les diga a sus estudiantes: “miren lo bonita que es la Oda a la cebolla, fíjense como en este pasaje del Canto general Neruda habla de la naturaleza”. El merito principal es de don Pablo, nos reconozcamos en los poemas de Neruda.

–Ahora que mencionas el carácter pedagógico de tu último libro, háblanos del Seminario Cervantes que diriges en la Universidad Autónoma de a Ciudad de México. ¿Impartir clases es tu sortilegio para la erudición técnica de la poesía e historia de la literatura?

–Yo he dado clases irregularmente prácticamente desde mi adolescencia, podían pasar uno o dos años sin que diera clases, pero hasta el año 2005 comencé a darlas con regularidad, entonces toda esa experiencia dispersa antes de 2005 se ha convertido en la UACM en mi trabajo principal. Yo estoy convencido de que las cosas que creo saber las puedo saber realmente si doy clases sobre ellas.

Un buen maestro no es tanto el que les enseña a los demás, sino el que al momento de dar clases realmente aprende y consolida lo que ya sabía. Por ejemplo, estamos leyendo el libro Teoría literaria de R. Wellek y A. Warren, es un libro que yo he leído dos o tres veces a lo largo de mi vida como quien lee una novela, ahora lo leo sistemáticamente y tomando notas, todo lo que yo creía saber de teoría literaria ahora sí lo estoy aprendiendo, soy el primer beneficiado y el primer alumno.

–Regresando a El correo de los narvales, Efraín Huerta escribió el poema Praga, mi novia. Allí se menciona a Jan Neruda. ¿Por ese verso de tu padre y su amistad con “el otro Neruda” te obsesionó la investigación de Enrique Robertson sobre el origen onomástico de Neftalí Reyes?

–Me parece digno de una obsesión patológica, pero no me quedo sólo en la acusación: contigo y Neruda hay mucho de ello (risas), saber por qué Neruda se puso así, creo que Enrique Robertson aclara la mayor parte de los datos, yo me fui con Crepusculario y los “Pablos” que aparecen allí. El enigma inaugural es enormemente instructivo y lleno de informaciones que ya no se usan, muy iluminadoras sobre temas de la literatura que tanto nos interesa. Neruda procede con malicia, nunca dijo categóricamente “yo tomé el nombre de Jan Neruda”.

–¿Cómo fue la recepción de tus ponencias sobre Neruda en 2004? ¿De dónde sacaste la idea de una conferencia en verso sobre Neruda de mil endecasílabos sin rima?

–Por una vez en mi vida fui previsor y en 2003 pensé: se aproxima el centenario de Neruda, voy a prepararme, voy a escribir sobre Neruda muchas cosa que quise decir hace años. Me invitaron a dar las conferencias en Durango, DF (Bellas Artes y Casa del poeta) y finalmente en la FIL de Guadalajara abrevié El correo de los narvales, que escuchó Antonio Skármeta.

Me dijo que le gustó mucho, que nunca había oído algo tan original. No sé si me envolvió con su simpatía irresistible de la que hablábamos hace rato, ¿será que eso le dice a todos? (risas). Pero yo me sentí muy satisfecho, tenía en la mesa de la FIL a un chileno que había escrito Neruda por Skármeta y Ardiente paciencia. En la banca de un parque se me ocurrió un verso con endecasílabos que no estaban mal acentuados, seguí con la misma enumeración, después decidí sobre qué hablaría el poema. No quise que me distrajera del trabajo por las conferencias, decidí volver una conferencia este poema con un puntito epistolar a Neruda.

–Tu último libro, El correo de los narvales, tiene un tiraje de mil ejemplares, en broma dices: “para mí es un éxito editorial como Harry Potter”. ¿Cuál es tu expectativa al publicar un libro de poesía? ¿Mil lectores?, o ¿por lo menos que alguno descifre tu propuesta poética?

–Pueden ser mil y uno, como las noches árabes. Mira, el gran enemigo de Neruda Juan Ramón Jiménez hablaba de la “inmensa minoría” que formamos los lectores de poesía. ¿Cuántos son exactamente? Mil ejemplares si llegan a agotarse no significan mil lectores, son muchos más. Los libros se roban y prestan. Pero cada vez somos menos lectores de poesía, hay serias posibilidades de que la poesía desaparezca.

–Para finalizar un poco de biografía ¿puede ser?… 1968. Escribiste un poema fechado nueve años después. ¿Qué piensas casi 40 años a posteriori de Tlatelolco? Y 1988. Santiago de Chile ¿un poeta tiene que resignarse a la tinta y papel? ¿Por qué David Huerta estaba en las calles y barricadas del no a Pinochet?

–El 2 de octubre de 1968 yo estaba en la Plaza de Tlatelolco, estuvieron a punto de matarme y fue un milagro salir vivo de allí. El 2 de octubre de 1988 yo estaba en Santiago de Chile manifestándome en contra de la dictadura de Pinochet, contribuyendo en medida de mis posibilidades, a que la alternativa por el no al gobernante despótico.

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El 2 de octubre de 1968 yo me encontraba en medio de una trifulca pavorosa durante la matanza y el 2 de octubre de 1988 en Chile estaba en una situación parecida ¿te das cuenta?

–¿20 años no es nada?

–Qué lata y hermoso, no me he movido, sigo en lo mismo, en la oposición, en la izquierda.

–¿Y la moraleja sobre si un poeta tiene que resignarse a la tinta y papel?

–La tinta y el papel son una combinación peligrosa, colocar una sílaba en un papel es un acto de poder. Yo lo plantearía al revés ¿habría que resignarse a los medios electrónicos de información? La civilización del papel y la tinta sigue siendo fundamental: si desaparece habremos perdido algo muy valioso, yo soy maniático tengo una pluma fuente con tinta verde (la busca en su portafolios).

–¿Al estilo Neruda?

–Absolutamente, yo nunca podré escribir tan bien como don Pablo, como nunca podré escribir tan bien como mi padre, pero podré escribir con esa tinta verde en un papel y hacerlo con amor y toda la honradez que sea capaz. Sé que estoy en esa minoría y tú también Mario (risas), es por pura malicia tu pregunta.

David Huerta ha publicado: El Jardín de la luz (1972); Cuadernos de noviembre (1976); Huellas del civilizado (1977); Versión (1978); Incurable (1987); Historia (1990); Los objetos están más cerca de lo que aparentan (1990); La sombra de los perros (1996); La música de lo que pasa (1997); El azul en la flama (2002); La calle blanca (2006) y El correo de los narvales (2006).

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* Periodista.
La conversación se publicó originalmente el 24 de junio de 2007 en el diario La Jornada Morelos y en El Clarín de Chile. Se reproduce aquí por gentileza del autor.

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