Feb 25 2011
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Cultura

De vuelos y alas rotas

Martín Carrillo.*

No se puede robar (impunemente) la memoria de un pueblo; tampoco la de una generación que tal vez —sólo tal vez— no había madurado lo necesario para hacerse cargo de todo lo que implica la memoria cuando ella será amarga y de luchas y frustraciones. Éste es un relato que la recupera. La memoria es más que los recuerdos que la definen.

Estoy al borde de los acantilados disfrutando el vuelo de las gaviotas en su diálogo con el viento. Un viento fuerte, definido, que empuja. Los vuelos rasantes, las contorsiones acrobáticas, la suspensión en la altura. Las aves completamente inmóviles a veces. Como volantines. Luego dibujando tirabuzones en picada, a gran velocidad y planeos suaves de trazos largos, muy largos.

La bajada es veloz hasta casi sumergirse, abrazándose con la brisa húmeda de las olas.

Y vuelta a subir, dibujando una larga curva diagonal hacia el cielo para detenerse en la altura y bajar nuevamente veloz casi besando las olas.

Hay una complicidad sobrenatural con el viento. Las empuja, las levanta suavemente, les quita fuerza, les dá. Participa del juego de las aves.

Observo de pie sobre unas inmemsas rocas de cortes rectos, casi perfectos. En ninguna otra parte he visto rocas de líneas tan rectas. Siento que estoy sobre una especie de lego gigante, pétreo y eterno.

Estoy sobre un escenario pero soy espectador. El protagonista está en el entorno.

A la distancia se desplazan tres pelícanos solitarios, como bombarderos de una vieja película de Guerra. Subrayan con precisioón el horizonte con su vuelo pesado y cancino en perfecta formación hacia alguna parte.

El ruido del vehículo a la distancia me regresa a la realidad. A otra realidad. La mía.

Siento tirante el rostro. Son los  surcos secos de las lágrimas arrancadas a golpes de viento.

Trato de divisarlos por entre las ventanas del auto. No los distingo bien. Viene Pablo manejando, Simón a su lado,  y atrás otras personas. Mariana y la otra compańera, pareciera.

 Me dirijo hacia la casa sin despegar la vista en el vehículo que serpentea bajando la quebrada. Entro en la casa para esperar su llegada. Una pequeña ordenada a los cojines de los sillones y al mantel de la mesa. Una arregladita por aquí y otra por allá. Los ceniceros, los vasos. Todo en orden.

Estacionan cerca de la higuera y salgo a recibirlos. Simón  y Pablo derrochan buen humor. Las mujeres un poco más serias, a ninguna de las dos conocía de antes, me las presenta Simón. Entramos a la casa estorbándonos con los bolsos y mochilas.

Me llama la atencion el aroma de perfume caro.

Pablo habla en forma atolondrada, a borbotones, y se sienta frente a mí. Mariana muestra el vino orgullosa pidiendo aprobación. Busca con qué destaparlo. La mesa se llena de quesos, pan, bolsas de papas fritas, maní y pistachos. Me piden un cuchillo para partir el queso y el salame que han traido.

Ya es todo ruido y movimientos. La otra compañera también habla. Simón le recuerda una anécdota del camino y ríen a carcajadas. Los miro y no los oigo, como película en mute. La verdad es que aún no oigo nada, solo sé que han llegado, que hacen ruido y que estamos juntos, por fín.

Ella ríe a carcajadas, con la boca totalmente abierta y mostrando casi todos sus dientes. En cada carcajada mira al cielo y se echa levemente atrás levantando una rodilla. Trae puesto un pantalon negro y zapatos con cordones. Lo mas llamativo es su largo chaleco mapuche de lana cruda tejido a mano que la cubre hasta los muslos. Seguramente está teñido con tintes naturales. La adivino de la onda ecológica. Puedo distinguir las paredes de su garganta llenas de su risa ronca y sonora. Sus fosas nasales abiertas y su fuerte mentón cuadrado. Su cuello es fuerte y perfumado. La rodea una fina bufanda roja de cachemira, con la que juega constantemente enredándosela en los dedos. Cuando está más interesada en la conversación, coge la bufanda con las dos manos colgándose de sus dos puntas. Como afirmándose de algo para intervenir con propiedad. Ella atrae toda mi atención. Su cuello se destaca más aún con el pelo recogido y apresado por una traba de madera estilo japonés que de tanto en tanto reacomoda con un ademán experto y veloz.

Me produce una atracción difícil de disimular. Inmediata y en aumento. Ella es la dueña del aroma a perfume.

Tras esos ojos achinados por el gesto de la risa, pude sentir en un momento su mirada fija y poderosa adivinando mis pensamientos. O creyendo adivinarlos. También la adivino entretenida con mi atención.

—Es difícil conseguir financiamiento —asegura Simón, y agrega— casi todos los que antes nos ayudaron hoy están en el gobierno o en sus empresas, ganando platita. Es difícil conseguir compadres que todavía estén dispuestos a jugársela por algo…

—Eso está claro—comenta Mariana— y además no son tontos. Así es que debemos tener cuidado, pueden cachar de qué se trata el asunto…yo creo que tenemos que buscar plata de otra forma…

—¡Cómo!, ése es el problema, ¡cómo conseguimos la plata!— insistió Simón.

—¡De otra forma!. Inventemos algo…no séee…¡algo!— contestó Mariana mirándonos a todos. Invitándonos a pensar.

—¡Cómo no se nos va a ocurrir alguna cosa!— agregó descorchando la botella con cierta maestría.

El atardecer es un verdadero incendio en el cielo. La extensa capa de nubes de múltiples tonos anaranjados y rojizos es el techo de nuestra conversación. A la distancia, el mar de la tarde sin perder su vigor, en cámara lenta golpea con violencia sobre las rocas.

Las gaviotas, pelícanos y cormoranes se sumejen en la alfombra oceánica en  clavados perfectos, premiados con los últimos peces del atardecer.

Es especial observar desconectando el audio. Se transforma en costumbre. El  silencio potencia los sentidos. Se ve lo invisible. Como una droga.

Mirando el mar por encima de los hombros de Pablo y Mariana, adivino el sonido ronco de las olas chocando con fuerza en las rocas y el posterior chirrido largo de la espuma que se retira peinando los cochayuyos. Lo asemejo al golpe seco de un hacha en el bosque y luego al sonido de la espuma del champú, escabulléndose por los rizos de mi hija cuando le lavo su larga cabellera.

El sol entra por la ventana inundando con su foco ancho todo objeto que encuentra a su paso en un lento barrido. Muy lento. En los rayos de luz casi horizontales danzan el polvo en suspensión y las volutas de humo del cigarro de Simón. Parecen pequeńas galaxias, pequeńos quasars girando en el espacio. Un universo sobre nuestra mesa, expandiéndose y contrayéndose al alcance de nuestras manos.

Ella se mantiene atenta a la conversación pero también apreciando el espectáculo del atardecer por la ventana. La luz penetra en sus ojos color miel hasta muy adentro. El atardecer se ha guardado en sus ojos.

Todo el paisaje se tiñó con el filtro anaranjado del atardecer. La conversación se fue haciendo mas pausada hasta quedarnos casi en silencio. En un momento estamos todos silentes mirando hacia el mar a través del rectángulo de la ventana.

A lo lejos estallaban luminosas las olas. Se cuelgan de la altura para caer dichosas y volver a estallar blancas, explosivas y espumosas nuevamente hacia el cielo. Y volver a atacar como manada de búfalos blancos al galope sobre las rocas y nuevamente estallar en gotas desintegradas hacia el cielo en un juego eterno.

Permanecemos absortos, fundidos en una sola mirada. A lo mejor, en un solo pensamiento. Seguramente en la manera de solucionar cada uno de los detalles de la operación. De esta gran operación.

Apenas nos distinguimos a través de las veladuras de humo y luz de los últimos rayos solares de este viernes.

—Con la bomba no hay problema— dijo Pablo, rompiendo el silencio— está lista y equipada, tiene como diez trajes de bombero completos y uno de comandante, ¡hasta la camioneta de comandancia me puedo conseguir!.

—El armamento me preocupa —dije.

— Bueno…ese es mi tema— dijo ella y agregó— y no se qué te preocupa… ¿la cantidad, la calidad, el tipo, la marca? —remató con sorna.

— Según el plan necesitamos bastante y diverso armamento, se suponía que contábamos con la mitad. Eso me preocupa, sobre todo los RPG— dije, mirándola con amabilidad, pero fijamente a los ojos.

Su rostro se endureció aún más. Su fuerte mentón cobró mayor protagonismo junto a sus manos que en todo momento reforzaban lo que hablaba con movimientos enérgicos y variados. Estaba muy bien escogido su nombre: Valentina.

—Cuando contemos con el contingente completo y el plan acabado, podremos definir las necesidades de armamento y sus características —agregó, dando bruscamente por terminado el tema.

La noté agresiva para conmigo, como predispuesta por algo. Fue notorio el cambio al enfrentarnos. Su mirada fija y los labios muy tensos, sus palabras roncas y bajas, casi en susurro, arrastradas, intimidantes.

El ambiente en general es optimista y cargado de mucha mística. Estamos concientes de la envergadura  de nuestra operación y nos sentimos honrados de participar en ella. Cada uno de nosotros es una pequeña historia repetida. Cada uno un montón de esperanzas y sueños truncados con violencia.

Algunos ya eramos adolescentes ese maldito martes gris del 73. Eramos muchachos que levantábamos el vuelo hacia el futuro.  Ese martes quedamos caídos, con las alas rotas, para siempre.

* M.C. era un niño todavía cuando la noche aciaga del 73  anidó en Chile. Los personajes —nombrados y no— de este relato existieron; algunos son parte de la memoria que pugna por regresar. 

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