Abr 1 2005
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Cultura

Don Quijote después de cuatro siglos

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

foto¿Resulta extraño que la fecha de publicación de los tres rivales sea prácticamente simultánea? La Biblia del rey Jacobo apareció en 1611, seis años después de que se publicara la primera parte de Don Quijote, en 1605 (la segunda parte salió una década después, en 1615). En 1605, Shakespeare igualó la grandeza de la obra maestra de Cervantes con El rey Lear, a la que siguieron Macbeth y Antonio y Cleopatra.

James Joyce, al hacerle la pregunta de la isla desierta, dio una respuesta magnífica: “Me gustaría poder decir Dante, pero tengo que quedarme con el inglés, porque es más rico”. Se puede percibir cierto resentimiento irlandés ante Shakespeare y una envidia personal por el público que tenía Shakespeare en el Globe Theatre, que se manifiesta en una obra aún poco leída –salvo por los especialistas y unos cuantos entusiastas–, Finnegans Wake.

fotoEn los países de habla inglesa, la Biblia se lee, a Shakespeare (der.) se le lee y se le representa, pero Cervantes parece tener menos presencia de la que tenía en otro tiempo. Han sido numerosas las buenas traducciones al inglés desde la de Thomas Shelton, en 1612 –que Shakespeare conocía sin duda–, pero la extraordinaria versión de Edith Grossman, publicada en 2003, merece ser leída por los que no podemos absorber con facilidad el español de Cervantes.

Cervantes (1547-1616) murió el mismo día que Shakespeare (1564 1616), e indudablemente nunca oyó hablar del dramaturgo inglés. Shakespeare tuvo una vida tan corriente y anodina que no puede haber ninguna biografía suya que resulte atractiva. Los hechos importantes se pueden contar en unos cuantos párrafos. Cervantes, por el contrario, vivió una existencia difícil y violenta y, sin embargo, todavía no existe en inglés ningún relato de su vida que le haga justicia. Sólo el resumen parece un guión de Hollywood.

Los especialistas no se ponen de acuerdo en si la familia de Cervantes era de “cristianos viejos” o “nuevos”, los judíos conversos que se hicieron católicos en 1492 para evitar ser expulsados. Quien deseaba entrar en el ejército imperial español tenía que jurar que era de sangre “sin mancha”, y así lo hicieron Cervantes y su hermano, pero llama la atención que un héroe que perdió para toda la vida el uso de la mano derecha en la gran batalla naval de Lepanto contra los turcos, en 1571, nunca recibiera la menor promoción por parte del rey Felipe II, ferozmente católico.

Hasta que llegó a una vejez relativamente cómoda gracias al tardío mecenazgo de un noble, la historia personal de Cervantes es un desfile de privaciones. Enviado al exilio en 1569, tras participar en un duelo, fue a Italia y un año después se alistó en el ejército conjunto hispano- italiano para luchar contra el Imperio Otomano bajo las órdenes de don Juan de Austria, el hermano bastardo de Felipe II.

Recuperado en parte de las heridas sufridas en Lepanto, pero aún maltrecho, Cervantes participó en varias batallas navales más hasta 1575, año en el que los turcos le capturaron; soportó cinco años de esclavitud en Argel, y Felipe II se negó a comprar su libertad. En 1580, por fin, su familia y un monje amigo pudieron rescatarle.

Sin poder obtener empleo del rey, Cervantes inició una precaria carrera literaria, con repetidos fracasos como dramaturgo. La desesperación le llevó a hacerse recaudador de impuestos, pero en 1598 le encarcelaron, acusado de desfalco. En la cárcel empezó a escribir el Quijote, terminado en 1604 y publicado al año siguiente por un editor que estafó a Cervantes y no le pagó sus derechos.

El libro, magnífico, se convirtió en un éxito inmediato, pero eso sirvió de poco a la hora de cubrir las necesidades de Cervantes y su familia.

En 1614 apareció una falsa segunda parte del Quijote, pero Cervantes publicó la suya en 1615. Un año después, el mayor autor de la lengua española murió y fue enterrado en una tumba sin nombre.

Al leer el Quijote, no estoy convencido, en absoluto, de que tengan razón los estudiosos que consideran religiosos tanto al autor como al libro, aunque sólo sea porque pierden de vista su ironía que, a menudo, es demasiado amplia para captarla. Claro está que también muchos estudiosos nos dicen que Shakespeare era católico, y yo tampoco me lo creo demasiado, porque sus alusiones suelen hacer referencia a la Biblia de Ginebra, una versión muy protestante.

El Quijote, como las últimas obras de Shakespeare, me parece más nihilista que cristiano; dos de los mayores creadores occidentales parecen insinuar que el destino final del alma es la aniquilación. ¿Qué es lo que hace del Quijote la única obra capaz de rivalizar con Shakespeare por la suprema gloria estética? Cervantes tiene una comicidad soberbia, igual que Shakespeare, pero el Quijote tiene de comedia tan poco como Hamlet.

Felipe II, que agotó los recursos del imperio español en defensa de la Contrarreforma, murió en 1598, diez años después del fracaso de la Armada Invencible, destruida por las galernas y los marinos ingleses. La España que aparece en el Quijote es la posterior a 1598: empobrecida, desmoralizada, dominada por el clero, con la tristeza de haberse perjudicado a sí misma un siglo antes al expulsar o forzar a la clandestinidad a sus vastas y productivas comunidades judía y musulmana.

En el Quijote, como en Shakespeare, hay que leer, en gran parte, entre líneas. Cuando el jovial Sancho Panza grita que él es cristiano viejo y odia a los judíos, ¿pretende Cervantes, con su sutileza, que lo leamos sin ironía? El contexto del Quijote es la miseria, salvo en las casas de los nobles, que son bastiones de burla y racismo en los que se somete al maravilloso Don Quijote a terribles bromas pesadas.

La novela de Cervantes –que es el nacimiento del género– es memorable por dos fantásticos seres humanos, Don Quijote y Sancho Panza, y por la relación afectuosa e irascible entre ellos. No existe una relación así en Shakespeare: Falstaff es afectuoso y el príncipe Hal, irascible, y Hamlet, en Horacio no tiene más que a un adorador. En una ocasión dije que Shakespeare nos enseña a hablar con nosotros mismos, pero Cervantes nos enseña a hablar entre unos y otros.

Aunque uno y otro construyen realidades capaces de darnos cabida a todos, Hamlet es, en definitiva, un individuo indiferente hacia sí mismo y hacia los demás, mientras que el hidalgo español es un hombre que se preocupa por sí mismo, por Sancho y por quienes necesitan ayuda.

Maestros de la representación, tanto Shakespeare como Cervantes son vitalistas, de ahí que Falstaff y Sancho Panza tengan la alegría de vivir. Pero dos autores tan modernos son, al mismo tiempo, escépticos, y por eso Hamlet y Don Quijote están llenos de ironía, incluso en medio de la locura. El padre castellano de la novela y el poeta y dramaturgo inglés comparten un entusiasmo y una exuberancia que constituyen su talento genial, superior al de todos los demás, en cualquier otra época y en cualquier otra lengua.

Para Don Quijote y Sancho, la libertad es una función del orden de juego, que es desinteresado y precario. El juego del mundo, para Don Quijote, es una visión depurada de la caballería, el juego de los caballeros errantes, las bellas damiselas virtuosas y en peligro, los magos poderosos y malvados, gigantes, ogros y búsquedas idealizadas.

Don Quijote está valerosamente loco y es obsesivamente valiente, pero no se engaña a sí mismo. Sabe quién es, pero también quién puede ser si quiere. Cuando un cura moralista acusa al hidalgo de que no vive en la realidad y le ordena que se vuelva a casa y deje de viajar, Don Quijote le replica que, para ser realistas, como caballero errante, ha corregido entuertos, castigado la arrogancia y aplastado a diversos monstruos.

¿Por qué tuvo que esperar la invención de la novela a Cervantes? Ahora, en el siglo XXI, da la impresión de que la novela sufre una larga agonía. Nuestros maestros contemporáneos -Pynchon, Philip Roth, Saramago y otros- parecen forzados a volver a la picaresca y al romance, las formas precervantinas. Shakespeare y Cervantes crearon gran parte de la personalidad humana tal como la conocemos, o, al menos, las formas de representar esa personalidad: el Poldy de Joyce, su Ulysses irlandés y judío, es al mismo tiempo quijotesco y shakesperiano, pero Joyce murió en 1941, antes de que el Holocausto de Hitler llegara a conocerse del todo.

En nuestra era de la información y el terror permanente, es posible que la novela cervantina se haya quedado tan anticuada como el drama shakesperiano. Me refiero a los géneros, no a sus maestros supremos, que nunca pasarán de moda.

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* Uno de los críticos y ensayistas de habla inglesa más respetados. Entre otras obras suyas, puede citarse El canon occidental: la escuela y los libros de todas las épocas.

Aretículo publicado en El País de Madrid. Traducción de M. L. Rodríguez Tapia, de la versión aparecida en New York Times

Ver en Piel de Leopardo Don Quijote cabalga por América.

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