Jul 31 2006
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Opinión

Dos textos imperdibles. – SOBRE FANÁTICOS

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

FANÁTICO

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Horacio Marchand*

 

Al fanático hay que observarlo. Puede definir una elección, llevar al poder a un héroe o a un tirano, acabar con un sistema de vida para que nazca uno nuevo. Las teorías sobre liderazgo abundan pero al que hay que estudiar es al fanático. El seguidor convencido escoge a un líder mientras que el fanático desespera por uno. 

Platón, en su República, proponía que los más ilustres y nobles de la sociedad fueran los que tuvieran el poder, pero la historia nos ha demostrado que es más importante el sistema que gobierna al gobernante que la figura misma del gobernante. Es decir, tienen que institucionalizarse procedimientos para poder cambiar, regular, y en su caso quitar a los que están en el poder si no hacen bien su trabajo. 

Pero el fanático no piensa. Quiere secretamente morir por su causa, fundirse en un movimiento y quedar diluido para dejar de cargar con él mismo. Y es el fanático el mercado meta de los movimientos sociales, religiosos, políticos. El fanático católico, en el fondo, es igual al fanático musulmán, al judío, al budista, al comunista, al fascista, al chauvinista. 

Es que en el fondo predomina la frustración personal y un sentido de vacío, por lo que el fanático se aferra a algo externo que promete cambiar al mundo, porque el mundo actual está equivocado, y por su culpa, él es un fracasado. El unirse plenamente a un movimiento lo lleva a experimentar sentimientos de orgullo, confianza y, más importantemente, de propósito. 

El presente es lo menos para el fanático, porque la promesa se centra sobre un futuro mejor, donde “todos creamos, sintamos, actuemos, como debe de ser”. Y como la causa es tan grande entonces puede sacrificarse el presente con digna abnegación. 

¿Qué une a los fanáticos? ¿Qué los hace fuertes? ¿Qué los convierte en movimientos?
(Esquema basado en material de Eric Hoffer). 

1.- El Odio. Nada une como odiar a lo mismo. Cuando a Hitler le propusieron exterminar, de una sola vez, a todos los judíos contestó “no, porque tendríamos que inventar a otros judíos”. Hitler sabía de la la fuerza unificadora del odio. 

Otra cita directa de Hitler “no hay que confundir a las masas presentándole demasiados demonios. Es mejor concentrarse en un solo adversario”. Al respecto Eric Hoffer corrobora: “Los movimientos masivos pueden nacer sin creer en Dios, pero no pueden hacerlo sin creer en el diablo. Usualmente la fuerza de un movimiento masivo es proporcional a la viveza y lo tangible de su demonio”. 

Chiang Kai-Shek falló en encontrar un nuevo demonio una vez que los japoneses dejaron de ser amenaza, mientras que el Kremlin rápidamente escogió a occidente como su nuevo demonio al terminar la segunda guerra mundial. 

Fox en campaña escogió “al Sistema PRI” –y sus siete décadas de monopolio de poder– como su demonio; Hugo Chávez y Fidel Castro adoptaron a Estados Unidos como el suyo. Estados Unidos –ya sin el fantasma comunista y la guerra fría– a su vez, o más específicamente G.W. Bush, obsesiona como demonio al terrorismo y se posiciona como líder moral y explota –sin pudor– la tragedia de las Torres Gemelas del 11 de Septiembre. 

En México la lucha de clases es uno de los candidatos más viables a este respecto: pobres contra ricos; el que tiene demasiado contra el que tiene muy poco; el explotador vs. el explotado. Cuidado con este discurso mesiánico. 

2.- Imitación. El desarrollo de un grupo necesita de elementos que unifiquen tanto en lo cotidiano como en lo extraordinario. Es inevitable pensar en el saludo nazi de levantar al brazo y gritar, en la swastica (símbolo mesopotámico/hindú que representaba espiritualidad), en los uniformes. La imitación es una forma sutil de obediencia. Y me imagino a los generales y soldados comunes y corrientes, levantándose en la mañana como cualquier mortal, poniéndose el uniforme, colgándose las insignias, para luego transformarse y ser parte del colectivo, ¡Hail Hitler! 

3.- Persuasión y coerción . la retórica puede ser el arte de justificar cualquier cosa con las palabras. Tolischus describe a Mein Kampf, la obra escrita de Hitler, como “10% autobiográfico, 90 % dogma, y 100 % propaganda”. Algunas frases del libro: 

“Es posible, por medio de una astuta y repetitiva propaganda, hacer que la gente crea que el cielo es el infierno, y que el infierno es el cielo”. 

“La grandeza de la mentira es un factor para que sea creída. Cuando se miente en pequeño es más fácil ser desacreditado pues una gran mentira es vergonzante que se diga”. 

La persuasión es mayor cuando se refuerza con coerción, naturalmente. 

4.- El líder. La teoría del Gran Líder es considerada mítica por muchos. Tolstoy la ridiculizaba argumentando que hasta los héroes son prisioneros de fuerzas históricas que están fuera de su control. El poder “se le avienta” a la persona en función de ciertas variables del entorno y etapas definidas. 

5.- Acción. Artistas, creativos y personas del intelecto rara vez trabajan juntos, pero las personas de acción cooperan y se aglutinan para concretarse en el terreno de los hechos. Un grupo se une cuando lo pones a hacer algo. 

Reconstruír un país en ruinas, edificar una torre que simbolice al nuevo gobierno, transformar a un país. Obras faraónicas, que rebasan un fin práctico, tienen el potencial de convertirse en un fin divino. Desfiles, demostraciones, marchas, tienen una implicación parecida. 

6.- Sospechas y “complots”. Este sentimiento de paranoia le da fuerza al movimiento que parece ser tan importante que constantemente está en la agenda del enemigo/demonio. Por eso el clima de: nos oyen, traman, nos buscan, nos siguen. El enemigo es tan malo que se infiltró. 

Una nota final: el fanático más fanático es el líder. Un individuo repleto de duda, miedo, odio; sólo ve en otros duda, miedo, odio.

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* MBA Universidad de Texas en Austin, 1991, Lic. Administración de Empresas ITESM, Campus Monterrey, 1980.

¿CÓMO CURAR A UN FANÁTICO?

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Amos Oz*

Perseguir a un puñado de fanáticos por las montañas de Afganistán es una cosa. Luchar contra el fanatismo, otra muy distinta. Me temo que no sé exactamente cómo perseguir fanáticos por las montañas, pero puede que consagre una o dos reflexiones a la naturaleza del fanatismo y a las formas, si no de curarlo, al menos de controlarlo.

Se trata de una lucha entre los que piensan que la justicia, se entienda lo que se entienda por dicha palabra, es más importante que la vida, y aquellos que, como nosotros, pensamos que la vida tiene prioridad sobre muchos otros valores, convicciones o credos. La actual crisis del mundo, en Oriente Próximo, o en Israel/Palestina, no es consecuencia de los valores del islam. No se debe a la mentalidad de los árabes como claman algunos racistas. En absoluto. Se debe a la vieja lucha entre fanatismo y pragmatismo. Entre fanatismo y pluralismo. Entre fanatismo y tolerancia.

El 11 de septiembre no es consecuencia de la bondad o la maldad de Estados Unidos, ni tiene que ver con que el capitalismo sea peligroso o flagrante. Ni siquiera si es oportuno o no frenar la globalización. Tiene que ver con la típica reivindicación fanática: si pienso que algo es malo, lo aniquilo junto a todo lo que lo rodea.

El fanatismo es más viejo que el islam, que el cristianismo, que el judaísmo. Más viejo que cualquier estado, gobierno o sistema político. Más viejo que cualquier ideología o credo del mundo. El fanatismo es un componente siempre presente en la naturaleza humana, un gen del mal. La gente que ha volado clínicas donde se practicaba el aborto en Estados Unidos, los que queman sinagogas y mezquitas en Alemania, sólo se diferencian de Ben Laden en la magnitud pero no en la naturaleza de sus crímenes. Desde luego, el 11 de septiembre produjo tristeza, ira, incredulidad, sorpresa, melancolía, desorientación y, sí, respuestas racistas –antiárabes y antimusulmanas– por doquier. ¿Quién habría pensado que al siglo XX le seguiría de inmediato el siglo XI?

Mi propia infancia en Jerusalén me ha hecho experto en fanatismo comparado. El Jerusalén de mi niñez, allá por los años cuarenta, estaba lleno de profetas espontáneos, redentores y mesías. Todavía hoy todo jerosolimitano tiene su fórmula personal para la salvación instantánea. Todos dicen que llegaron a Jerusalén –y cito una frase famosa de una vieja canción– para construirla y ser construidos por ella. De hecho, algunos (judíos, cristianos, musulmanes, socialistas, anarquistas y reformadores del mundo) han acudido a Jerusalén no tanto para construirla ni ser construidos por ella como para ser crucificados o crucificar a los demás, o para ambas cosas al mismo tiempo.

Hay un trastorno mental muy arraigado, una reconocida enfermedad mental llamada «síndrome de Jerusalén»: la gente llega, inhala el aire de la montaña y, de pronto, se inflama y prende fuego a una mezquita, a una iglesia o a una sinagoga. O si no, se quita la ropa, trepa a una roca y comienza a profetizar. Nadie escucha jamás. Incluso hoy, incluso en la Jerusalén actual, en cada cola del autobús es probable que estalle un exaltado seminario callejero entre gente que no se conoce de nada pero que discute de política, moral, estrategia, historia, identidad, religión y de las verdaderas intenciones de Dios.

Los participantes en dichos seminarios, mientras discuten de política y teología, del bien y del mal, intentan no obstante abrirse paso a codazos hasta los primeros puestos de la fila. Todo el mundo grita, nadie escucha. Excepto yo. Yo escucho a veces y así me gano la vida.

Confieso que de niño, en Jerusalén, yo también era un pequeño fanático con el cerebro lavado. Con ínfulas de superioridad moral, chovinista, sordo y ciego a todo discurso que fuera diferente del poderoso discurso judío sionista de la época. Yo era un chico que lanzaba piedras, un chico de la i>Intifada judía. De hecho, las primeras palabras que aprendí a decir en inglés, aparte de yes o no, fueron British go home!, que era lo que los chicos judíos solíamos gritar a las patrullas británicas de Jerusalén mientras las apedreábamos.

Tal vez sea hora de que toda escuela, toda universidad, organice al menos un par de cursos de fanatismo comparado, ya que surge por doquier. No me refiero sólo a las manifestaciones obvias de fundamentalismo y fervor ciego. No me refiero sólo a los fanáticos declarados, ésos que vemos al otro lado de la pantalla del televisor entre multitudes histéricas que agitan sus puños contra las cámaras mientras gritan eslóganes en lenguas que no entendemos. No, el fanatismo surge por doquier. Con modales más silenciosos, más civilizados. Está presente en nuestro entorno y tal vez también dentro de nosotros mismos.

¡Conozco a bastantes no fumadores que te quemarían vivo por encender un cigarro cerca de ellos! ¡Conozco a muchos vegetarianos que te comerían vivo por comer carne! Conozco a pacifistas –algunos de mis colegas del Movimiento de Paz israelí, por ejemplo– deseosos de dispararme a la cabeza sólo por defender una estrategia ligeramente diferente de la suya para lograr la paz con los palestinos.

No estoy diciendo que cualquiera que alce su voz contra cualquier cosa sea un fanático. No estoy sugiriendo que cualquiera que manifieste sus opiniones vehementes sea un fanático. Digo que la semilla del fanatismo siempre brota al adoptar una actitud de superioridad moral que impide llegar a un acuerdo. Es una plaga muy común que, por supuesto, se manifiesta con diferentes grados. Un o una militante ecologista puede adoptar una actitud de superioridad moral que le impida llegar a un acuerdo pero causará muy poco daño si lo comparamos, digamos, con un depurador étnico o un terrorista. Aún más, todos los fanáticos sienten una atracción, un gusto especial por lo kitsch. Al mismo tiempo, descubriremos que, a menudo, los fanáticos son sentimentales sin remedio.

Un querido amigo y colega, el novelista israelí Sammy Michael, tuvo una vez la experiencia –que de vez en cuando tenemos todos– de ir en un taxi durante largo rato por la ciudad con un conductor que le iba dando la típica conferencia sobre lo importante que es para nosotros, los judíos, matar a todos los árabes. Sammy Michael le escuchaba y, en lugar de gritarle: “¡Qué hombre tan terrible es usted! ¿Es usted nazi o fascista?”, decidió tomárselo de otra forma y le preguntó:

–¿Y quién cree usted que debería matar a todos los árabes?

El taxista dijo:

–¿Qué quiere decir? ¡Nosotros! ¡Los judíos israelíes! ¡Debemos hacerlo! No hay otra elección. ¡Y si no mire lo que nos están haciendo todos los días!

–Pero ¿quién piensa usted exactamente que debería llevar a cabo el trabajo? ¿La policía? ¿O tal vez el ejército? ¿El cuerpo de bomberos o equipos médicos? ¿Quién debería hacer el trabajo? –El taxista se rascó la cabeza y dijo:

–Pienso que deberíamos dividirlo entre cada uno de nosotros, cada uno de nosotros debería matar a algunos.

Y Sammy Michael, todavía con el mismo juego, dijo:

–De acuerdo. Suponga que a usted le toca cierto barrio residencial de su ciudad natal en Haifa y llama usted a cada puerta o toca el timbre y dice: “Disculpe, señor, o disculpe señora. ¿No será usted árabe por casualidad?”. Y si la respuesta es afirmativa le dispara. Luego termina con su barrio y se dispone a irse a casa, pero al hacerlo –dijo al taxista– oye en alguna parte del cuarto piso del bloque llorar a un recién nacido. ¿Volvería para disparar al recién nacido? ¿Sí o no? –Se produjo un momento de silencio y el taxista le dijo:

–Sabe, es usted un hombre muy cruel.

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* Escritor israelí. Extracto de una conferencia, publicado en la revista peruana Etiqueta Negra (http://www.etiquetanegra.com.pe).

Amos Klausner nació en Jerusalén poco después de estallar la II Guerra Mundial. Estudió en la Universidad Hebrea de Jerusalén y en la de Oxford. Hizo el servicio militar en el ejército israelí y alcanzó el grado de oficial. Entre 1957 y 1973, trabajó como obrero y profesor en el kibbutz en el que vive actualmente.
Maestro de la prosa hebrea moderna, Oz explora los conflictos y tensiones de la sociedad israelí contemporánea; las tensiones y presiones que soportan las personas por la ideología, las fronteras geográficas y el pasado histórico brutal. Dibuja un retrato elocuente y objetivo, muchas veces pesimista, de la sociedad israelí y palestina en los años que condujeron al acuerdo de paz de 1994.
Entre sus obras más famosas se encuentran Donde aúllan los chacales y otros cuentos (1965), Mi marido Mikhael (1968), Tocar el agua, tocar el viento (1973), Una paz perfecta (1982), (1985), La caja negra (1987) y La tercera condición (1991). 
Fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura de Israel. 

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