Mar 27 2007
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Economía

ECOLOGÍA, CRISIS Y CAPITALISMO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Pareciera que nuestra falta de voluntad para considerar seriamente la crisis ecológica reflejara aquello que Marx y luego Sloterdijk (Cultura del Cinicismo”) dijeran “Sabemos muy bien lo que estamos haciendo y, sin embargo, lo seguimos haciendo”.

fotoSabemos muy bien que las cosas son en este momento mortalmente serias y lo que, en realidad, está en la balanza es nuestra sobrevivencia misma como especie, pero igualmente seguimos haciéndolo, no lo creemos seriamente, no estamos, al parecer, preparados para integrar esta amenaza en nuestro universo simbólico, por lo que continuamos actuando como si el peligro ecológico no tuviera consecuencias permanentes en nuestra vida.

Los que sí, en cambio, toman la crisis ecológica como algo trágicamente serio lo hacen respondiendo con una actividad obsesiva, o creyendo que esta es una “respuesta de lo Real” (“La Madre Naturaleza esta realmente enojada con nosotros”).

El psicoanálisis nos dice que el obsesivo neurótico se las arregla para mantenerse frenéticamente activo, trabajando sin descanso todo el tiempo ¿Para que? Para evitar que alguna catástrofe inusual sobrevenga si su actividad se detuviera, actividad que pareciera estar basada en la presunción de que si no hace esto –el ritual compulsivo– algo espantosamente horrible ocurrirá.

Para el movimiento ecológico, ese algo horrible será la perturbación fatal del ritmo natural, el fin de la biosfera. Y los otros, los que ven la crisis del sistema ecológico como una “respuesta de lo Real”, como un signo que contiene un cierto mensaje a ser leído, como una amenaza de lo trascendente, operan en la misma forma que la “mayoría moral,” para quienes SIDA, por ejemplo, es un castigo divino por nuestros pecados mundanales.

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La crisis ecológica aparece como un castigo o respuesta de la naturaleza por nuestra explotación desmesurada de ella, por el hecho de tratarla como un mero deposito de nuestros deshechos y no como lo otro con lo que tenemos que entrar en dialogo para sustentar la base de nuestro ser.

En el movimiento llamado ecología profunda es posible distinguir una doble tendencia. Un anti-antropocentrismo sin compromiso para el que todas las formas vitales son estrictamente equivalentes. Los derechos de todos los entes naturales, incluyendo los ríos y las rocas, poseen el mismo peso que los derechos humanos. Y por otro lado, un animismo espiritualista “New Age” que ve el universo como un organismo viviente cuyo desarrollo ha culminado hoy en el ser humano, su guardián y custodio, su punto-Omega que esta al borde de otro salto espiritual que lo liberara de su patético egoísmo, inaugurando una nueva era de solidaridad e igualdad universal.

Ambas tendencias afirman una declarada actitud anti-humanista, desechando todo intento de ubicar al animal humano en una posición central privilegiada o trascendente, intento que solo ha ocasionado, según va la historia, el desastre ecológico que hoy sufrimos.

Pero… ¿no es posible discernir, también, en ambos lados de este movimiento una profunda ambivalencia que subrepticiamente trae de vuelta el privilegio humano?

La paradoja de la ecología profunda, basada en una visión espinosista, radica en que su rechazo antropocéntrico hace a la especie humana depositaria del deber de subordinar sus estrechos intereses a los intereses de toda otra forma de vida, incluyendo la totalidad de la biosfera. ¿No es esto, en el fondo, la elevación del ser humano a la categoría de funcionario de la vida, “ser universal”, en el que la totalidad de la existencia se hace consciente de si misma?

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Dicho de otra manera: los animales, las plantas, los ríos o las rocas no son capaces de afirmar sus propias causas. Según Zizek, la ecología profunda de ninguna manera escapa a la acusación de antropocentrismo, ya que la mera exigencia dirigida al ser humano de sacrificarse por el interés de la totalidad de la biosfera le confiere estatus excepcional, vale decir, la habilidad de auto-separarse de su limitada situación y auto-objetivarse, de mirarse a sí mismo como una parte insignificante de una totalidad mas vasta.

¿No es esto, justamente, lo que nuestra creencia estándar considera la mas alta y exclusiva capacidad espiritual del ser humano? Con lo que nos encontramos aquí es con la misma acusación que la ecología profunda espinosista le hace al movimiento “New Age”: el de ser más antropocentrista que el mismo cartesianismo al concebir al animal humano como el Punto Omega del universo entero, reafirmando un sujeto pre-moderno, la corona de la creación, el eslabón mas alto en la cadena de los seres en donde el Organismo Global, finalmente, arriba a la auto-conciencia.

Uno de los temas mas populares de la tecno-ideología a la “New Age” es la de creer que estamos en el umbral de una transformación de la inteligencia en algo mas que humano, en una entidad de orden mas alto, en un mega-cerebro que nos llevara a un nuevo estadio en la evolución cósmica.

La atención puesta en Espinosa no es exclusiva de la ecología profunda. Espinosa, junto con Batalle, también proporcionan al esquizo-análisis de Deleuze y Guattari con una alternativa a la filosofía hegeliana de la historia y al dualismo cartesiano de sujeto-objeto.

Cada forma vital o forma social se expande en la medida en que la producción, apropiación y consumo de los recursos es posible dentro de los límites impuestos por el ambiente. El capitalismo desafía la ley de la “historia natural” en el sentido de que su forma de organización social subordina el gasto (anti-produccion) a la producción de plusvalía. La conciencia socio-histórica de esta subordinación es el “productivismo”. El capitalismo al desarrollar sus fuerzas productivas en persecución de la plusvalía cuenta como medios y fuerzas productivas solo aquellas que pueden registrarse en su sistema de contabilidad y ganancias.

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Notablemente, el trabajo y la tecnología. Las “fuerzas productivas” de la naturaleza, tales como el agua y el aire puro, las reservas energéticas, la diversidad de las especies y la integridad del sistema ecológico son, en su mayor parte, dejados fuera de la ecuación, situación que obligaría a cualquier movimiento ecológico a considerar al capitalismo como elemento significativo en sus análisis.

Si partimos del supuesto de que el desarrollo del capitalismo no es ilimitado la pregunta obvia que se plantea es la de si su límite es, principalmente, económico o ambiental. El sistema de producción mercantil trata o convierte todo en mercancía a pesar de que mucho de lo que entra en el sistema no es producido como tal. El trabajo humano se paga como mercancía a pesar de que es reproducido fuera de la esfera de producción (familia, sistema educacional). Los recursos naturales, como el agua por ejemplo, no pueden calcularse en términos de costo de producción, porque tales recursos no son producidos como mercancías. Los seres humanos y los recursos naturales, en un sentido primordial, son pre-condiciones de la producción que entran al sistema desde fuera de su lógica y procesos.

La explotación capitalista, como Marx demostró, es parte inherente de la producción mercantil cuando el trabajo se transforma en mercancía. A pesar de que los seres humanos se reproducen fuera del sistema productivo, su poder laboral es reproducido, en verdad, a través de mercancías.

El poder laboral tiene un valor de mercado en sentido estricto, al igual que cualquier otra mercancía, que es igual al valor de los materiales que se requieren para producirlo. Sólo que este valor mercantil es siempre menor que el valor que el poder laboral contribuye a producir. La apropiación privada de esta diferencia queda en manos del capitalista. Pero no solo para su disfrute exclusivo. Inevitablemente, la competencia mercantil lo obliga a re-invertir la plusvalía en nuevos medios de producción desencadenando una dinámica que empuja al sistema a un proceso productivo infinito integrando cada vez mas áreas del planeta y de la vida humana dentro del sistema mercantil.

La cuestión clave, dentro de este sistema productivo, es la de si contiene limites inherentes a su dinámica económica. De acuerdo a la interpretación marxista estándar los hay y, por tanto, el derrumbe capitalista es históricamente inevitable. Hoy día, esta visión teleologica de la historia se hace cada vez más difícil de sostener. Durante la última centuria hemos visto que el capitalismo es capaz de desplazar continuamente cualquier límite a su crecimiento al expandir su sistema axiomático.

Cuando limites biológicos o políticos se presentan como obstáculos a la extracción de plusvalía absoluta (supresión brutal de salarios, extensión de las horas de trabajo) el capital agrega axiomas a la tecnología para aumentar la productividad dentro del sistema, de tal forma que mas valor –plusvalía relativa– pueda obtenerse con el mismo salario y el mismo numero de horas de trabajo. O cuando el poder comprador se reduce al punto de desencadenar una crisis de sobre-produccion, axiomas de mercado y propaganda se agregan para energizar o fabricar una mayor demanda.

Hoy día, la extensión de la axiomática capitalista a escala global renueva la extracción de plusvalía absoluta en algunos lugares y en otros provee mercados adicionales para la re-distribución de plusvalía relativa, todo lo cual indica que el sistema de producción mercantil no posee limites económicos intrínsecos al desplazar cualquier limite aparente en su proceso de expansión e intensificación.

¿Qué pasa si los límites no provienen desde dentro del sistema, sino desde fuera, de sus pre-condiciones, de sus relaciones con aquello que se origina mas allá de su lógica, en otras palabras, de sus fuentes humanas y naturales?

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En tanto el sistema más se desarrolle más y más deberá introducir los recursos naturales y la población humana del planeta dentro del ciclo de la mercancía, producción y consumo. El problema es que estos recursos no son infinitos y su continua reproducción de ninguna manera esta garantizada. La conclusión paradójica es que la crisis ecológica ocurre, no tanto porque el capitalismo gasta y derrocha demasiado, sino porque gasta muy poco mientras acumula demasiado. Su economía se enfoca primariamente en desarrollar fuerzas productivas capaces de generar ganancias en detrimento de las fuerzas productivas de la biosfera lo que lo convierte en una fuerza opuesta a las capacidades del planeta…

El desarrollo continuo, eventualmente, se vuelve imposible de sostener.

Si, debido a la inclinación humana a invertir siempre con mayor intensidad en las fuerzas productivas, el desarrollo capitalista excede los límites ambientales de nuestra biosfera y causando la declinación de las fuerzas productivas de la vida del planeta, entonces, obviamente, algún otro tipo de relacion más productiva con la tierra será necesario establecer. Una relacion que reconozca la identidad del animal humano con la naturaleza y un modo de desarrollo industrial que favorezca la conciliación de la producción social con la producción de deseos.

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* Escritores y docentes. Residen en Canadá.

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