Sep 12 2011
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Opinión

Ecuador: ni olvidan, ni perdonan, ni quieren acuerdos

El sábado tres de septiembre los opositores, de todos los colores, convocaron a “una gran concentración” contra el “autócrata (Rafael) Correa” en el sector de la Tribuna de los Shyris —centro-norte de Quito—. Según El Comercio de Quito (el principal medio de oposición) no asistieron sino unas 700 personas; y, según otros testigos, no estuvieron ni 200. ⎮ALBERTO MALDONADO S.*

En todo caso, un gasto inútil en convocatorias pagadas (en prensa escrita, radios y televisión) y una concentración que bien pudo habérsela convocada en el domicilio (entre amigos y amigas) de cualquiera de los convocantes o dirigentes.

Pero, en tan pobre reunión política ocurrió algo que se salió de madre. Uno de los “líderes” convocantes (el periodista radial Diego Oquendo) pretendió decir a los congregados que debía respetarse el derecho de (Rafael) Correa a cumplir el mandato para el que fue elegido (abril del 2013) Y, en uso de la “sagrada libertad de expresión” que ellos dicen tener, no le dejaron ni hablar peor expresar sus puntos de vista. El vocinglero le calló a los gritos de “que se vayan todos” (los de gobierno) “que se vaya yaaa…”, “fuera el tirano” y otros de este estilo.

Sin duda, el ambiente era de golpe de estado o de promoción de golpe de Estado. En especial, porque nos acercamos al primer aniversario del 30-S (septiembre 30/2010) en el que se cocinó en el Ecuador un golpe de Estado en el más puro estilo de los golpes de estado seculares en América Latina.

Un grupo de uniformados que se subleva (el cuartel de policía Quito No. 1) se suspenden otros servicios (el aeropuerto internacional de Quito sale de servicio y es ocupado por fuerzas militares) la escolta policial del parlamento no deja entrar sino a los asambleístas de oposición, los delincuentes comienzan a hacer de las suyas en Guayaquil, y un largo etc.

No cabe la menor duda que se trató de un ensayo de golpe de estado, del que, por suerte, salió bien librado el mandatario Rafael Correa (aunque hubo voces de que debían matarlo) y salió fortalecida la democracia representativa. Sin embargo, desde entonces, las fuerzas reaccionarias tratan de convencernos a los ecuatorianos y a los latinoamericanos, que no; que solo se trató de una rebelión policial y que el imprudente fue el presidente Correa, por haberse ido a meter en la boca del lobo (ir al cuartel sublevado) Y la desfachatez ha llegado a tanto que la prensa sipiana dice y asevera que el único culpable de lo que pasó (8 muertos, más de 200 heridos y una situación nebulosa) fue Correa. Ahora, han sacado la tesis (falseando un vídeo) de que Correa ha ordenado invadir el hospital en el cual fue encerrado todo el día; y que el único culpable de todo es él, y nadie más que él.

Podría pensarse que estas versiones son echadas a andar por los
abogados defensores de los implicados en la aventura; pero, no hay que ser ducho en política casera para advertir que la extrema derecha (ahora aliada de grupos que hasta hace poco se definían de
izquierdistas) lo que trata, por todos los medios, es derrocar a Correa, sea como sea. Y el todo vale en esta opción, es aplicado sin más. A este tipo de personas, el propio Rafael Correa los califica de “care-tucos” y en el lenguaje popular, son caras duras. Aplican una vieja enseñanza que le atribuyen a Maquiavelo; que, en la vieja política sipiana se reduce a un también viejo consejo: cuando se trata de lograr un objetivo político, no importan los recursos (medios) que se empleen; no hay ni moral ni ética desechables.

Es evidente que la derecha ecuatoriana se ha quedado con la sangre en el ojo, del 30-S. Y lo que anhela y quiere es derrocar a Correa (con cualquier pretexto) ya que han llegado a la conclusión de que, por la vía electoral, aquello es cuento chino. Y es cuento chino en la medida en que, hasta la fecha, la derecha no ha logrado ensamblar un frente de oposición único ni tampoco ha dado con el candidato que, muy eventualmente, pueda hacerle frente, con olor a algún éxito, al seguro candidato Rafael Correa y su revolución ciudadana. Correa sigue teniendo un nivel de aceptación popular superior al 70%

En el Ecuador —país del tercer mundo, al fin— como que les cuesta
trabajo salir, de una vez por todas, de las viejas tradiciones políticas. Una de ellas ha sido el golpe de estado con cualquier pretexto o sin él. Al extremo que (de 1997 al 2007) tuvimos tres gobernantes, legítimamente elegidos en las urnas (Abdalá Bucaram, Jamil Mahuad y Lucio Gutiérrez Borbúa) y tres suplentes principalizados (Fabián Alarcón Rivera, Gustavo Noboa, Alfredo Palacio) Antes de esta década, hubo un remanso democrático (del 79 al 96) pero como herencia de una larga y doble dictadura militar (72 al 79)

Es Rafael Correa el que rompe con esta “tradición” A partir de su
elección (fines del 2006) hasta la fecha, es el único que ha roto el
fetichismo presidencial: lleva ya más de 4 años en el poder y ha sido elegido dos veces: una primera, para un período de 4 años (según la vieja Constitución) interrumpido por una Asamblea Nacional Constituyente que promulgó una nueva Constitución y que, según este documento básico, fue elegido para una nuevo período que va hasta el 2013. Y, lo que les da erisipela a los pelucones, es que puede presentarse a una reelección y llegar hasta el 2017. En el Ecuador, sería el primer caso de un líder político que logra semejante hazaña. Lo tradicional ha sido que la gran oligarquía se turne en el poder y alterne con una que otra dictadura militar o civil.

¡Se puede entender, fácilmente, el porqué de los afanes golpistas de la derecha! No puede entender (la peluconería) cómo es posible que un “mono cualquiera” (Correa es nativo de Guayaquil; pero de los barrios populares) un desconocido hasta el 2006, haya roto “con una tradición” y, sobre todo, que esté haciendo obra pública, que les quiera cobrar impuestos, que tenga un sabor a dignidad nacional, que hable todos los sábados contra los “sagrados medios comunicacionales” (en especial, los tradicionales) y un largo etcétera.

En el ámbito internacional, que haya tenido actitudes de soberanía y dignidad, que no esté alineado con el imperio y los imperitos, etc. Y, lo más trágico (para ellos) que la peluconería no tenga (ni a corto ni a largo plazo) una opción cierta de volver al poder político ya que el real, lo siguen teniendo, pero algo disminuido. Como les falló el del 30-S, pues entonces hay que programar uno nuevo, pero que esté bien hecho y mejor preparado. Y en eso andan.

Por eso, el rechazo abierto y terminante a la insinuación de Diego Oquendo, el sábado 3 de sbre. Y por eso las ofertas, que para eso son maestros. Si se recuerda la historia de América Latina, la peluconería criolla está plagada de ofertas que nunca se cumplieron. Ni se cumplirán. Pero tienen a su favor los medios sipianos de comunicación, que para eso han quedado.

Solo hay que recordar un poco de historia, reciente, para no creer en semejantes ofertas. Hace poco años, se constituyó en este país una de las tantas comisiones de la verdad, integrada por dirigentes políticos de distinto signo ideológico. Según el informe final de esta esta comisión, uno de los gobiernos más violentos (a pesar de haber sido democrático y representativo) fue el del Ing. León Febres Cordero, de la más pura y rancia aristocracia guayaquileña (descendiente de libertadores) y dueño del que se llamó Partido Socialcristiano (derecha pura).

Cómo habrá sido de represivo este gobierno (1984-1988) que sus herederos (entre ellos, el Alcalde de Guayaquil, a quien apodaban El Delfín) para poder seguir en la política local, tuvieron que cambiarse de nombre: hoy se hacen llamar “Maderas de Guerreros”, aunque los chistosos de Quito dicen que en verdad son “guerreros de madera”. Febres Cordero ofreció a los y las ecuatorianas “pan, techo y empleo” y no hubo ni pan, ni techo —peor empleo.

En cualquier caso —a lo que voy— son ellos los que una vez que toman o retoman el poder, no perdonan. Aquel discurso simplista y milenario de que para ser feliz hay que perdonar, hay que olvidarse de los adversarios, hay que perdonar a los enemigos, solo es pertinaz para cuando ellos no están en el poder pleno. Entonces, llenos de indignación, preguntan: ¿por qué no llegar a un consenso? ¿por qué no ensayar un gobierno de “unidad nacional”? ¿por qué el presidente no deja de “insultar” a los medios y sus periodistas estrella?

Según ellos, las viejas prácticas del respeto mutuo, del ablandamiento, solo le corresponden al Jefe de Estado. Mientras, ellos pueden mentir, tergiversar, manipular o silenciar las informaciones y las opiniones, a su gusto.

Mas, cuando llegan al poder, ni perdonan, ni consensan, ni olvidan. Todo lo contrario. Y no voy a recordar lo genocidios de Pinochet y su corte; de los “piadosos” gorilas argentinos. Del caso Fujimori, de Honduras. De México. De Colombia. Y aun cuando en Ecuador (por otras razones) no se han dado casos como estos, ¿quién nos garantiza que, vueltos al poder político, desaten una represión como no hemos conocido en estas tierras?

Por eso y mucho más, el incidente del sábado 3 de septiembre, en la tribuna de los Shyris, es muy decidor, aunque de él los medios
sipianos no dijeron media palabra. Si a un periodista (muy conocido y respetado, además) no le dejaron hablar, le bajaron de la tribuna, ¿qué podría esperarse si, por esas cosas que tiene nuestro haber político, vuelven al poder?

Preguntamos: ¿no pasará lo mismo que está sucediendo en la invadida Libia, al paso de vencedores que, a título de “rebeldes” respaldados por EE.UU. y la OTAN (la de los bombardeos “humanitarios”) no están dejando vivos a ningún sospechoso de haber estado junto a Gadaffi o sus hijos? Desde luego, la prensa sipiana mundial, no dice ni denuncia nada de semejante acción.

Hay antecedentes: muchos de ellos fueron aliados incondicionales de bestiales dictaduras. Casos de El Mercurio de Santiago, La Nación y Clarín, de Buenos Aires, El Tiempo de Bogotá y el angelito Álvaro Uribe, para no citar sino unos pocos.

Dijo el montubio (campesino de la Costa ecuatoriana): eso de las
ofertas y de las oraciones de paz, es solo hasta pasar el río.
Después, nadie sabe lo que puede pasar.

* Periodista.

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