Mar 19 2012
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CulturaEconomía

Eduardo Pérsico* ⁄ Esos ruidos entre industrialistas y financieros

Cuando ya los malabares del liberalismo económico en Europa se desinflan y el daño ocasionado en el área fue evidente, los centros de poder atienden los conflictos con mano dura —aunque en algunos países la clase dominante local ya delibera maquillajes del sistema más o menos factibles.

 

“Los centros nacionales de decisión están incapacitados de instrumentar su política monetaria y fiscal…a causa de la dirección internacional de los circuitos financieros”.
Celso Furtado, economista brasileño.

 

Era esperable que al darse un futuro tan cenagoso y caerse varios nombres y cuadros dominantes de la escena, los remezones internos diluidos por años en un bienestar acaso artificial, pero apreciado por la gente como bienestar y punto, se dierann las discusiones postergadas.

 

Y esta vez con síntomas y ejes que quizá no difieren mucho de los enfrentados hace diez años en América Latina, cuando comenzó a ganar impulso la voz de los industrialistas afirmando que sin aumento ocupacional verdadero, a corto plazo el capitalismo financiero acabaría en una tragicomedia con falacia financiera. Opinión que en Argentina desprecian los mentores del liberalismo prestamista y quienes propugnan que su dinero genere dinero y a otra cosa.

 

Analistas más que ambiguos, pero bien difundidos por la prensa corporativa, que en estos días se molestaran por la modificación de la Carta Orgánica del Banco Central de la Argentina, el retiro del FMI de su sede en Buenos Aires y dos medidas proteccionistas a las importaciones; todo ello escandalizó a los herederos intelectuales de una oligarquía que aún venera la dependencia argentina del capitalismo inglés.

 

Aquel reflejo que rubricara Bernardo de Irigoyen a fines del siglo diecinueve diciendo: “La deuda externa nos demandará grandes esfuerzos pero lo haremos en honor del país”. Confesión o deschave del apriete —por entonces se le aplicaba al pobrerío— que secundaba las comitivas de ingleses llegados al país a obtener concesiones de caminos, palacios de gobierno, ferrocarriles y cualquier tipo de empresa pública a “financiar con intereses altamente rentables”. Una oferta impensable en cualquier país pero acorde a esa emprendedora clase ya entonces involucrada en turbios “créditos del exterior para hacer progresar el país”.

 

Todas expresiones del sector mitrista, autocrático pero liberal…

 

Estas disyuntivas de independencia o dependencia persisten hoy en todo el campo de la actividad económica. Por un lado los partidarios del liberalismo económico liderados por el sector agroexportador, el más ortodoxo y cerril contrario a una movilidad modernizadora por encima de cualquier poder político elegido, enfrentan conjurados al capitalismo de producción que propicia un mayor empleo de mano de obra tan apropiada a esta coyuntura histórica y tecnológica.

 

Digamos, acceder a una instancia que sin duda nos remite al New Deal de los años treintas en Estados Unidos, que en línea con el pensamiento del británico John Maynard Keynes estimulara —por sobre toda otra concepción— el poder de la oferta agregada para salir de la recesión. Además de refrescarnos a Henry Ford, que nunca fuera un mecenas dadivoso aunque invertía en mejoras por abaratar el costo de producción diciendo “el primer comprador de mi automóvil debe ser el obrero de mi fábrica”.

 

Definición de un empresario que hoy ni menciona ese liberalismo financiero, sólo implementa raudales en hipotecas de préstamos incobrables, y que prosigue sacando del circuito consumidor a multitudes de personas por día en esa Europa de marzo del 2012.

 

Una hecatombe del sistema generada por esos prestamistas de quienes ninguna escuela o tendencia académica de la elogiada ciencia económica se hace cargo. Como tampoco asumen las desigualdades en América Latina y el resto del planeta, pero embisten el menor proyecto que intente un mayor empleo que dinamice la movilidad social.

 

Aunque parezca enigmático que tantos países llamados del Primer Mundo persistan en creencias fuera de tiempo pese al descalabro, también en Argentina y otros países de América Latina los nuevos grupos políticos nunca liquidaron del todo a los anteriores. Por astucia o lo que fuera, al caer el Irigoyenismo en 1930 y el Peronismo en 1955 —dos expresiones populares que ni hablaron de reforma agraria— la clase alta se ufanó de voltear por ineficaces o autoritarios a dos legítimos gobiernos y, en ambos escenarios, esa reaccionaria y lustrosa derecha contó con el apoyo de algún sector de izquierda y otro tanto de cierto estudiantado militante que defeccionara de su prédica progresista.

 

Así que al hablar de la cohesión de grupo que tiene la derecha en Argentina y el resto de América Latina, sería apreciar mejor si la riqueza de ellos proviene de algún olfato político muy desarrollado o más bien, a su ubicuidad para insertarse como sea en los caudales financieros más rentables.

 

Y que en cuanto los industrialistas se obligan a cierta actualización cotidiana del mundo y su circunstancia, al ver en la función pública a dirigentes venidos de esa clase tan jugada a favor del liberalismo económico absoluto, pareciera que sus resultados de gestión están siempre por debajo de lo imprescindible.
——
* Escritor.
www.eduardopersico.blogspot.com
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