Dic 10 2011
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Cultura

Eduardo Pérsico* / Ella del recuerdo a la imaginación

Cada palabra arrastra su propia memoria. Y al final del juego, el rey, la reina y los peones caen a la misma caja —balbuceó don Ricardo al juntar las piezas del ajedrez—. Afuera el domingo pintaba algo anochecido y el viejo emprendió un relato que Carlos, su enfermero, conocía en detalles. 



—Por el año cuarenta en todo el país sólo veraneaban los bacanes, y Mar del Plata iba del asilo Unzué, la Perla, la Bristol y barrios de calles rellenadas con escombros del Casino viejo. Yo andaba por los veinte años y promesa del ajedrez nacional entré a un torneo magistral en el hotel Provincial.

—Ahí secaba la frase el viejo, recuperaba aire y seguía conque los extranjeros se juntaban a chupar whisky por litros y un español muy divertido, al sentarse a jugar le propuso si me aguantas cuarenta jugadas te pago a esa buscona que anda por ahí.

Como por la movida cincuenta él pudo ganarle, el tipo cumplió su palabra y la Bety lo visitaría en la habitación.

—Era hermosa, algo mayor que yo y como las cosas no salieron bien al repintarse los labios ella me prometió que volvería por su cuenta —dijo don Ricardo, que por ese renglón solía pedir “Carlitos, serví dos vasos de vino, por favor”.



—Hoy a eso no lo acompaño, Ricardo —contestó el muchacho sin moverse de su lado. 


—… Así que dos días después la Bety volvió a verme en el hotel; sin tacos altos ni medias negras ella era una piba común de veinticinco años que a sonrisa y ternura me enseñaría a jugar en la cama sin apremio. “En el amor nadie gana ni pierde, nene”, y ella que al nombrarla Beatriz se apretó a mi pecho como si me necesitara, esa tarde inauguró mi sentir a una mujer entre mis brazos.

“Y pasados tantos años, suele retornar la imagen de ella al irse: “gracias por llamarme Beatriz pero yo seré siempre la Bety”, y acariciarme la cara. Una visión que revivo junto al momento de aquel único cuerpo que construimos juntos, algo que en mi añoranza ni le imagino los rigores del tiempo sobre nosotros dos.

“Algo extraño, ¿no?. Pero ella era una pupila de Matías Argüello que ahí pesaba mucho y la iba de taxista sobre un Nash de color verde. Un renombrado personaje que cierta noche le supo manotear el revolver de un malandra que lo apuntaba, “mañana te lo devuelvo, guacho”, y con los años su grito resonaría por la costa siempre más estridente”.

Desde la habitación se veía a las sombras adueñadas del patio y Carlos, el enfermero, bien sabía que luego de cierto silencio el viejo hablaría de las fotografías de los jugadores extranjeros en la Villa Ocampo con Victoria, la dueña de casa, y enseguida entraba en unos fraseos divagantes y contradictorios.

Nunca iguales eran esas invenciones que lo harían sentir mejor, admitía el enfermero y bien lo escuchaba, pero que en ese atardecer en retirada parecieron suspendidas. Igual a a otra parrafada que don Ricardo repetía con fruición:

“Siempre recupero la mirada lluviosa de la Betty en un bar de Buenos Aires, cuando perdió de vista al Argüello y eligió venirse conmigo a Barracas. La época del adiós a la ropa llamativa con medias negras aunque a toda hora éramos dos cachorros insaciables.

“Aunque vos lo sabés, pibe, esta ciudad pareciera borrar a la gente pero nada le costó al Argüello encontrarme una tarde en el Argentino de Ajedrez. ¿Usted me busca, don?, me le animé, y quizá por andar lejos de su ámbito aquel guapo perdió firmeza y me invitó a charlar el asunto con buen modo, tomando un café. Y si usté está seguro que ella vivirá mejor, yo me abro. Pero si no, ojo, me apuró pero yo me la jugué, Carlitos:

“Argüello, váyase de aquí tranquilo que yo sé bien lo que hago. Y el tipo se fue”. 

El enfermero prefería no desangelar aquel desplante de guapeza imaginario que contenía cierto estilo, y esa vez el viejo tampoco pronunciaría.

—Viviendo en Buenos Aires un tiempo anduvimos bien, como ya te dije, hasta que al llevarla conmigo a un torneo en Necochea, y todavía el apareo se fogoneaba por su cuenta, volvimos a pasarla mal. Peor que la primera vez y tal vez por eso yo perdí tan mal con Rosetto, y del regreso recupero el tornasol de la tarde sobre su pelo y que casi sin hablarnos nos bajamos los dos en Mar del Plata.

“Su mirada había perdido adolescencia y anduvimos la estación ferroviaria en silencio, si al fin una palabra o un roce aumentaría la pena. Y hasta supongo ver unos rasgos de neblina al partir el tren a Buenos Aires y allá la Bety, otra vez de cintura ajustada y medias oscuras subiendo al Nash del Argüello. Reducida a ser siempre ella sólo en mi memoria…” —una frase que ya ni asomaría.

El enfermero no reprimió una lágrima al prolijarle un mechón de pelo y acomodar su cuerpo sobre la cama. Y recién levantó el teléfono.

* Escritor argentino.
Del autor puede leerse y descargar en Biblioteca Logos El infierno de Rosell, relatos.

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