Nov 20 2010
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Cultura

Eduardo Pérsico / Milonga con japoneses

—El tango me pone triste porque soy sentimental. —Engolando la voz, desde el primer asiento del ómnibus el pianista burlaba al cantor del grupo. 
— Dejame dormir, curda incurable —protestó el otro desde el fondo.
Desde salir de Calafate a Río Gallegos al amanecer en la ruta patagónica el día sombreaba un contorno anaranjado.

 

—El frío marca dieciséis bajo cero y más al invierno llega a treinta —anunció el chofer como si eso fuera un record propio.

—Qué disparate —se afirmó Ricardo el pianista —cuánto paisaje perdido en soledad y un frío para pingüinos.

"Muchas veces al pensar en las duras madrugadas de mil colores pintadas por paleta singular me dan de encordar mi guitarra abandonada", entonó con su memoria porque, para él, la milonga sureña viene por meditaciones, vacas en la aguada y calderones de silencio.

"A veces creo escuchar galopear la caballada rumbo a la acequia anhelada en la hora crepuscular"; un ataque gauchesco que al pianista enredaba a la nostalgia y buscó zafar mirando por la ventanilla. Por ahí en setiembre no era zona de nevada, pero las ruedas seguían quebrando escarcha y el desierto sólo cedía ante una majada de ovejas y el picotear de las aves kaikenes. Bicho enamoradón el kaikén, él sabía; de los arbustos enanos cada pareja se remonta inseparable al aire y dicen que los kaikenes al enviudar mueren de pena, algo que por ahí tendría desolaciones de milonga…

Pero de pronto al pianista algo le sobresaltó su meditación: como llegadas de otra representación aparecieron unas figuras con ropa de oficinista corriendo al borde del camino. Un asunto confuso, se dijo, porque si él luego de tocar como de costumbre apenas se demoró en el bar a tomar una ginebra — o dos— sus espectros no eran resaca nocturna y sí japoneses trotando contra el vientazo del sur.

Se veían cuatro o cinco tipos bien vestidos de sobretodo a solapa levantada, zapatos con brillo y gente de saludar enarbolando un  brazo —apariciones más propicias a una imaginería de fogón en mitad de la pampa—, aunque algo lo tranquilizó: por más que la gimnasia matutina fuera moda, él anoche muy pocos tragos.
      
Al fin, siguió pensando, por Nuestra Amada Patria Argentina los españoles se pelearon con ingleses y franceses, luego llegaron a protegernos los yankis y ahora por la gélida estepa sureña con dieciseis bajo cero, vienen a invadirnos estos hijos del Sol Naciente. Y es tiempo de sentir al menos un cachito de orgullo, porque si en el cine del cuarenta los japoneses eran unos sangrientos traicioneros hoy sabemos que además de bien informados ellos son altamente industriosos. Siempre al calificar a un japonés se debe agregar industrioso —sin olvidar que si estos nipones como Uchima en mi barrio sur eran tintoreros todos iguales, hoy debemos saludarlos con educación.

En principio por las dudas y ser gente ajena al peligro chino, esos mil cuatrocientos millones que ante el hambre pueden desenfundar una atómica grandota y no habrá Sociedad Rural que les frene la reforma agraria. Porque los chinos no son japoneses —son comunistas chinos, no jodamos— y los japoneses son educados floristas que aprecian tararear "el tango me pone triste".

Sí, eso mismo que los antropólogos tangueros curten en la feria del pasado adoran estos japoneses invasores a transistor con reproducción automática. ¿Buscarán en el tango quejumbroso y lagrimero a la suerte que es grela fayando y fayando los largue parao, o andar bien en la vía sin rumbo y desesperao..?

Qué contradicción, se dijo Ricardo y recordó aquel amigo atorrante que para venderle un viejo bandoneón a un japonés, le agregó un curso para tocar algunos temas bien sencillos. Un negoción, vaya un fuelle Doble A. más veinte clases de enseñanza Menozzi para desparramar arrabal por los bailongos del Social Kioto o el Defensores de Osaka, incitando en dos por cuatro a bailarines de presuroso paso. Sí, nada es casual; estos tipos nos estudiaron antes de entrar por la Patagonia a ocupar la naturaleza más rica del planeta, y como ellos se caen del mapa inventaron su derecho a invadir. Tá bien.
 
Por ahí el ómnibus se detuvo. El chofer se calzó un abrigo y bajó al borde de la ruta donde había una camioneta con cuatro o cinco japoneses alrededor. Alguno daban saltitos de boxeador y saludaba a todo aquello que se moviera; son invasores bien educados creyó Ricardo si ya reventaron el bar del aeropuerto donde cada trago vale un dineral, bienvenidos kamikazes… Pero cómo, ¿antes nadie se avivó que la vocación japonesa por el tango era un avance del espionaje nipón en la región? Estos se aprendieron desde nuestra inmutable nostalgia a nuestro estilo de cambiar todo a cada rato, y bien se enteraron que para recuperar las Malvinas nosotros no sabíamos qué whisky tomaban los kelpers, si preferían jugar póker abierto o cerrado, y ni apenas si las isleñas hacen mejor el amor cuando afuera llueve.

El mundo tiene mal hecha la repartija y esta invasión es inevitable, sí señor. Hay millones de hambrientos que hacen artilugios para comer algo y en esta inmensidad repetimos el discurso de la abundancia hace quinientos años. Y aunque estos tipos sean educados y atentos quien parece ser el jefe podría hacernos el harakiri uno por uno; y además de masacranos las ballenas no vinieron a cobrar la bomba de los yankis en Hiroshima. Por lo menos, así que a ensayar Aquel kimono de armiño o Geisha que te manyo de hace rato, que pronto tendremos gardeles sintetizados cantando "silercio er la noche" mejor que el mismo Gardel. De aquí en adelante afinaremos en escala pentatónica y a comer arroz con cuero.

Estos nipones de saludarnos "sayonara sayonara" conocen nuestro silbido a solas y el quejoso llanto que amontonamos dentro. Sí, nos han tomado el tiempo y hasta saben porqué el tango me pone triste…

El chofer volvió del frío y de un respingo retomó el volante.
—Qué mala suerte tuvo mi colega chileno: reventó una cubierta llevando cinco japoneses de excursión y si los tipos no corrían se congelaban —dijo el hombre. Y una repentina mezcla de frescura y vergüenza hundió tanto a Ricardo en el asiento que casi lo desfonda.

E.P. es escritor; nació y vive en la Argentina.
 

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